Algún día me compraré un país,
será pequeño y de población corta.
Regimentaré a los ciudadanos
como mi discresión lo ordene,
impondré mis antojos
todo dependerá
del genio con que amanezca.
No habrá tal cosa que llaman patria
ni himnos,
ni escudos,
nos identificarán por algún distintivo
como el silencio
o la falta de interés en los símbolos.
Daré la orden de prohibir los pasaportes
nadie podrá viajar a ningún lado
pero recibiré visitantes despistados,
periodistas
y cascos azules.
En mi país seré un tirano,
el único que allí habite
pero me aclamarán las multitudes.
Estará prohibido celebrar que a otro lo priven de la libertad
y el desprecio por el ser humano
será el pecado capital.
No habrá multinacionales
y las empresas no tendrán departamentos de bienestar
ni esas tonterías
Se trabajará poco
y se ganará mucho,
los horarios de trabajo y de estudio serán cortos
cortísimos
hasta que todo colapse.
La insostenibilidad será mi único lema.
Pero recordarán
lo bien que la pasamos
en esa pequeña cuadra del globo.
En nuestra patria chica.
La comida en los hospitales
será la mejor y la más codiciada,
también la más cara.
Los periódicos serán frívolos
ojalá solo se informe sobre deportes
y tonterías.
Quedarán proscritos los programas radiales
en que solo se habla mierda que a todos y nadie interesa.
Solo habrá música,
la música que me gusta a mi
porque es mi país,
porque soy el dictador
porque seré un tirano.
Es más,
la música la pondré yo
no habrá otro Disc Jockey
solo yo
y quien yo designe.
La arepa será la comida nacional,
la arepa delgada
la que es crujiente.
No habrá derecho a réplicas al respecto.
Tampoco habrá derecho a oir vallenato
y quien lo oiga en público o en privado,
recibirá un pelotazo en la cabeza
y de espaldas
para que todos rían,
y el muy osado resultará humillado.
Que se atreva a repetir su hazaña.
Desvergonzado.
Porque es mi país
porque yo soy el supremo,
"Yo, el supremo",
como lo dijo Roa Bastos,
¡carajo!
Me compraré un país
lo haré frívolo a él y a su población,
será volatil y fútil.
Allí, la gente se preocupará por las maricadas
que le preocupan a las celebridades
y el único estado civil
será el de jubilado,
se adquiere con el nacimiento,
y no se hereda ni se transmite,
es un derecho absoluto,
a mi antojo.
Ni religión,
ni barras bravas.
Únicamente circulará la revista "Hola!",
para las señoras;
y "El Gráfico",
para los señores.
No habrá etiqueta
y se podrá andar descalzo
y desnudo,
se comerá marrano
con la mano
por virtud de un decreto
con fuerza de ley.
Quien se haga llamar 'famoso'
será mi gran enemigo,
y los lustrabotas
serán héroes nacionales,
serán condecorados
mientras la plata alcance,
para sostenerlos
como sostiene un país de verdad
a sus veteranos de guerra.
Solo llegarán a tal honor
los mejores
y ser anciano da puntos extra
que otorgará con capricho
el mejor jugador de parqués
de este país mio.
¿Por qué?
Porque sí
En el país que algún día me compraré
todas las mañanas habrá neblina
y habrá una fábrica gigante,
desproporcionada
que preparará el café,
y de sus chimeneas
ambientará el país entero
a ese olor montañero.
Y se comerá arepa
con quesito antioqueño.
Y a mi no me llamen Presidente,
yo solo soy el dueño
de mi país.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Incendios (Parte II)
(Soundtrack)
...Israel no salió del centro comercial. Con su nueva tarjeta en un bolsillo y su cédula falsa en el otro, ingresó a uno de esos almacenes de venta de objetos para el hogar, para los constructores de profesión, de gusto y de resignación. No escatimó en gastos: en el carrito llevaba tuberías de media pulgada, metros de mecha, y kilos de estopa; fósforos, un tarro de líquido inflamable. Un coctel extraño. El valor de la compra superaba el salario mínimo del país.
Diana Manrique se comunicó con Doña Mónica, le dijo que la demanda estaba lista para interponerla ante el juzgado pero que no lo haría hasta quee le cancelara los honorarios restantes. Le hablaba con un mal genio evidente. Un tono prepotente. Mónica se mordía las uñas, los 50 mil pesos que faltaban los tenía, pero no los 100 mil adicionales que exigió la abogada, pues según ella, la demanda se había tornado más compleja y dado el afán y otras arandelas que todavía no logró entender Mónica, el precio había subido, como suben de precio la cebolla junca y el tamarindo en pulpa en la plaza de mercado, igual hay que pagar por ellos, así había que pagarle a la abogada. Dionisio, un vecino, le prestó el dinero. Mónica lo llevó donde su abogada, bebé a cuestas, y saldaron las deudas. Las de antes y las de después. Las pactadas y las leoninas, las justas y las disgustas. Lo que nunca supo es que la demanda se la rechazarían a la abogada por falta de requisitos formales. Se enteraría después.
Ya había perdido el afán, ahora se encontraba más tranquilo, caminaba con parsimonia por los callejones del supermercado tomando lo que necesitaba y depositándolo en el carrito, silbaba bajo, echó un paquete de dulces ácidos para su hijo. Hizo la fila en las cajas, enseñó su tarjeta de crédito con orgullo, olía a plástico recién horneado, seguía silbando mientras salía por la puerta cargado de bolsas de plástico cuando fue abordado por dos agentes de seguridad del centro comercial y dos policías. Le pidieron que les enseñara un documento de identificación y el pobre viejo Israel, con las manos temblorosas, empapadas en sudor, apenas se atrevió a preguntar para qué los documentos. Las autoridades insistieron, escupían impaciencia y mal genio como si ya lo supieran todo. Ante la insistencia, el viejo Israel sacó un documento de identidad: José Vicente Lemus Albornoz, nacido en Yopal Casanare, en el solsticio de invierno de 1945, cuando la segunda guerra se terminaba. Los agentes no sabía que se llamaba Israel, según el documento él era José Vicente Lemus Albornoz, pero él era Israel, en la tarjeta de crédito que recién había utilizado decía que era José Vicente Lemus, pero él era Israel. No pudo importarles menos. Las manos atrás de la nuca, lo encadenaron con las esposas y fue conducido a la Fiscalía para legalizar la captura de José Vicente Lemus Albornoz (Israel) por falsedad en documento público y estafa en grado de tentativa.
Ya habían pasado dos meses. Como no fue liberada la afectación del patrimonio de familia inembargable, la venta se había caído. Ahora el negocio era de otra persona. Doña Mónica lloraba iracunda mientras llamaba 5 y 6 veces al despacho de la abogada Manrique. El teléfono repicaba y repicaba, se hacía infinito el sonido en la bocina, nadie contestaba en la otra orilla, nadie atendería la vocina del otro lado, era un mensaje en una botella que no iría a parar a ningún lado, naufragaría como naufragaban sus intentos desesperados de contactarla. En la recepción ya no aparecía el aviso que acreditaba a Diana Manrique como la abogada de la oficina 813, el espacio estaba vacío. Se había esfumado de la faz de la tierra, un acto de magia, un comportamiento digno de la mala imagen que su gremio se había acreditado durante años. Mónica maldijo en frente del recepcionista, se habían ido los 200 mil pesos que le pagó por los honorarios, se habían ido los sueños de tener una casa de dos pisos, de vivir con su cuñada Tulia y su descendencia, de dar pasos de elefante, de tener un tejado por donde no se filtraba el agua. -Vieja ladrona, la muy hija de puta- dijo en frente de la recepción y se marchó mientras caían las primeras gotas de lluvia de la tarde.
...Israel no salió del centro comercial. Con su nueva tarjeta en un bolsillo y su cédula falsa en el otro, ingresó a uno de esos almacenes de venta de objetos para el hogar, para los constructores de profesión, de gusto y de resignación. No escatimó en gastos: en el carrito llevaba tuberías de media pulgada, metros de mecha, y kilos de estopa; fósforos, un tarro de líquido inflamable. Un coctel extraño. El valor de la compra superaba el salario mínimo del país.
Diana Manrique se comunicó con Doña Mónica, le dijo que la demanda estaba lista para interponerla ante el juzgado pero que no lo haría hasta quee le cancelara los honorarios restantes. Le hablaba con un mal genio evidente. Un tono prepotente. Mónica se mordía las uñas, los 50 mil pesos que faltaban los tenía, pero no los 100 mil adicionales que exigió la abogada, pues según ella, la demanda se había tornado más compleja y dado el afán y otras arandelas que todavía no logró entender Mónica, el precio había subido, como suben de precio la cebolla junca y el tamarindo en pulpa en la plaza de mercado, igual hay que pagar por ellos, así había que pagarle a la abogada. Dionisio, un vecino, le prestó el dinero. Mónica lo llevó donde su abogada, bebé a cuestas, y saldaron las deudas. Las de antes y las de después. Las pactadas y las leoninas, las justas y las disgustas. Lo que nunca supo es que la demanda se la rechazarían a la abogada por falta de requisitos formales. Se enteraría después.
Ya había perdido el afán, ahora se encontraba más tranquilo, caminaba con parsimonia por los callejones del supermercado tomando lo que necesitaba y depositándolo en el carrito, silbaba bajo, echó un paquete de dulces ácidos para su hijo. Hizo la fila en las cajas, enseñó su tarjeta de crédito con orgullo, olía a plástico recién horneado, seguía silbando mientras salía por la puerta cargado de bolsas de plástico cuando fue abordado por dos agentes de seguridad del centro comercial y dos policías. Le pidieron que les enseñara un documento de identificación y el pobre viejo Israel, con las manos temblorosas, empapadas en sudor, apenas se atrevió a preguntar para qué los documentos. Las autoridades insistieron, escupían impaciencia y mal genio como si ya lo supieran todo. Ante la insistencia, el viejo Israel sacó un documento de identidad: José Vicente Lemus Albornoz, nacido en Yopal Casanare, en el solsticio de invierno de 1945, cuando la segunda guerra se terminaba. Los agentes no sabía que se llamaba Israel, según el documento él era José Vicente Lemus Albornoz, pero él era Israel, en la tarjeta de crédito que recién había utilizado decía que era José Vicente Lemus, pero él era Israel. No pudo importarles menos. Las manos atrás de la nuca, lo encadenaron con las esposas y fue conducido a la Fiscalía para legalizar la captura de José Vicente Lemus Albornoz (Israel) por falsedad en documento público y estafa en grado de tentativa.
Ya habían pasado dos meses. Como no fue liberada la afectación del patrimonio de familia inembargable, la venta se había caído. Ahora el negocio era de otra persona. Doña Mónica lloraba iracunda mientras llamaba 5 y 6 veces al despacho de la abogada Manrique. El teléfono repicaba y repicaba, se hacía infinito el sonido en la bocina, nadie contestaba en la otra orilla, nadie atendería la vocina del otro lado, era un mensaje en una botella que no iría a parar a ningún lado, naufragaría como naufragaban sus intentos desesperados de contactarla. En la recepción ya no aparecía el aviso que acreditaba a Diana Manrique como la abogada de la oficina 813, el espacio estaba vacío. Se había esfumado de la faz de la tierra, un acto de magia, un comportamiento digno de la mala imagen que su gremio se había acreditado durante años. Mónica maldijo en frente del recepcionista, se habían ido los 200 mil pesos que le pagó por los honorarios, se habían ido los sueños de tener una casa de dos pisos, de vivir con su cuñada Tulia y su descendencia, de dar pasos de elefante, de tener un tejado por donde no se filtraba el agua. -Vieja ladrona, la muy hija de puta- dijo en frente de la recepción y se marchó mientras caían las primeras gotas de lluvia de la tarde.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Hay públicos
En los conciertos, como en la humanidad se ven demasiados tipos de audiencias, demasiados públicos:
Hay públicos agradecidos que chiflan y rebosan de exaltación y éxtasis. Se ampollan las palmas de tanto chocarlas, una y otra vez. Al tiempo que hay otros públicos demandantes y exigentes, que no se lo piensan mucho, sólo contragolpean, de modo que cuando unos reconocen, ellos restan. Siempre se sentirán vacíos en algún lugar. Sus antagónicos, en cambio, se tatúan recuerdos felices por siempre y para siempre.
Hay públicos sensatos que logran interpretar los pros y los contras. Procuran ubicarse en un llano distante de la vara de la perfección. Con el lápiz rojo en mano, intentan ser moderados al poner la nota. Los calificativos no desbordan como cascada, son solo cautos y críticos. Retribución justa para quien merece lo que merece. Van y vienen del 3.5 al 4.5. No más lejos, no más cerca.
Hay públicos desmesurados que haga lo que haga su ídolo, lo apoyarán como un fiel escudero. Le toleran las excentricidades más irracionales. Hablen el idioma que hablen, le aplauden. No es cuestión de entenderlo, es cuestión de oirlo. Públicos que, si el silencio se lo permite, aúllan y braman con fuerza para que el artista les oiga, como quien cumple con la contraprestación firmada: tu cantas para mi, yo rompo mis cuerdas vocales para ti.
Todos tienen derecho a rebuznar o a chiflar en delirio hipnótico. Todos tienen derecho a ser el público y la audiencia que les convenga o con la que se sientan cómodos. Yo francamente, no he podido ubicarme en uno solo de aquellos especímenes, los definidos y los que queda por definir. Supongo que sólo me corresponde pararme del lado del biotipo que se entrega en alma al concierto, al que se desvive en el físico, puro y duro tributo a la música: cantarla y bailarla a viva voz.
Lo que no soporto es que haya públicos que todo lo dan por hecho sin detenerse, con la morbosa y deliciosa manía de pensar de dónde proviene cada detalle de un producto que ya está fabricado para su consumo. Para ellos no tiene relevancia que el sonido sea impecable y que incluso la vibración de un platillo insignificante, en un foro de 40 mil espectadores al aire libre, suene como ha de sonar en un cuarto cerrado. Para ellos no tiene relevancia que las pantallas destilen efectos esquizofrénicos que ayudan al soporte audiovisual del espectáculo, videoclips, implosión, multimedia, la representación visual del contenido de una canción, hecho arte. Poco les importa que la banda esté afinada hasta en el paraje más remoto del pentagrama. Filuda, como el engranaje de un reloj. Qué les importa que el hombre haya descubierto la rueda, que haya viajado al espacio y que 100 pares de manos hayan trabajado antes en el producto final, en el pan del desayuno que se come automáticamente, por que para ellos desayunar es una cuestión de hábitos, no por que represente el goce pagano que tiene mojar la harina y levadura hecha pan en el café que humea caliente.
Solo puedo sentir compasión de los que salieron decepcionados del concierto de los Red Hot Chili Peppers en el que lograron poner en un marco, en esta geografía nuestra, tan autóctona, un pedazo del rock and roll de los años 90 en tiempo presente, en una escena que se congeló en el tiempo, anacrónica, inmortal y para siempre.
Arte hecho música y música hecha arte.
Hay públicos agradecidos que chiflan y rebosan de exaltación y éxtasis. Se ampollan las palmas de tanto chocarlas, una y otra vez. Al tiempo que hay otros públicos demandantes y exigentes, que no se lo piensan mucho, sólo contragolpean, de modo que cuando unos reconocen, ellos restan. Siempre se sentirán vacíos en algún lugar. Sus antagónicos, en cambio, se tatúan recuerdos felices por siempre y para siempre.
Hay públicos sensatos que logran interpretar los pros y los contras. Procuran ubicarse en un llano distante de la vara de la perfección. Con el lápiz rojo en mano, intentan ser moderados al poner la nota. Los calificativos no desbordan como cascada, son solo cautos y críticos. Retribución justa para quien merece lo que merece. Van y vienen del 3.5 al 4.5. No más lejos, no más cerca.
Hay públicos desmesurados que haga lo que haga su ídolo, lo apoyarán como un fiel escudero. Le toleran las excentricidades más irracionales. Hablen el idioma que hablen, le aplauden. No es cuestión de entenderlo, es cuestión de oirlo. Públicos que, si el silencio se lo permite, aúllan y braman con fuerza para que el artista les oiga, como quien cumple con la contraprestación firmada: tu cantas para mi, yo rompo mis cuerdas vocales para ti.
Todos tienen derecho a rebuznar o a chiflar en delirio hipnótico. Todos tienen derecho a ser el público y la audiencia que les convenga o con la que se sientan cómodos. Yo francamente, no he podido ubicarme en uno solo de aquellos especímenes, los definidos y los que queda por definir. Supongo que sólo me corresponde pararme del lado del biotipo que se entrega en alma al concierto, al que se desvive en el físico, puro y duro tributo a la música: cantarla y bailarla a viva voz.
Lo que no soporto es que haya públicos que todo lo dan por hecho sin detenerse, con la morbosa y deliciosa manía de pensar de dónde proviene cada detalle de un producto que ya está fabricado para su consumo. Para ellos no tiene relevancia que el sonido sea impecable y que incluso la vibración de un platillo insignificante, en un foro de 40 mil espectadores al aire libre, suene como ha de sonar en un cuarto cerrado. Para ellos no tiene relevancia que las pantallas destilen efectos esquizofrénicos que ayudan al soporte audiovisual del espectáculo, videoclips, implosión, multimedia, la representación visual del contenido de una canción, hecho arte. Poco les importa que la banda esté afinada hasta en el paraje más remoto del pentagrama. Filuda, como el engranaje de un reloj. Qué les importa que el hombre haya descubierto la rueda, que haya viajado al espacio y que 100 pares de manos hayan trabajado antes en el producto final, en el pan del desayuno que se come automáticamente, por que para ellos desayunar es una cuestión de hábitos, no por que represente el goce pagano que tiene mojar la harina y levadura hecha pan en el café que humea caliente.
Solo puedo sentir compasión de los que salieron decepcionados del concierto de los Red Hot Chili Peppers en el que lograron poner en un marco, en esta geografía nuestra, tan autóctona, un pedazo del rock and roll de los años 90 en tiempo presente, en una escena que se congeló en el tiempo, anacrónica, inmortal y para siempre.
Arte hecho música y música hecha arte.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Incendios (Parte I)
(Soundtrack)
Parte I
Israel se presentó con una cédula falsa a tramitar una tarjeta de crédito. Era tan plástico el documento que el agente sonrió, se paró del escritorio e inmediatamente avisó al departamento de seguridad para que hicieran la investigación según lo ordena el protocolo. Israel lo miraba y el banquero aún sonreía, la boca corta, hipócrita. En medio del disimulo, a Israel se le dijo que se acercara al día siguiente para recoger la tarjeta de crédito. El funcionario de nuevo sacó a relucir la mueca mojigata. Enseguida, una vez se marchó el hombre, el departamento de seguridad del banco coordinaba con los celadores del super mercado donde se encuentra la sucursal del banco la estrategia para avisar a la policía y capturarlo al día siguiente por falsedad en documento público. Una última risa diplomática, como un conejo que deja ver los dientes frontales. Israel salió del lugar con el diafragma expandido, la barriga a sus anchas.
La abogada Diana Manrique atendió en su despacho a doña Mónica, una mujer dedicada al hogar y a dos hijas, una apenas gateaba, la otra tenía la edad en que se comen los mocos que burbujean y asoman por la nariz. Doña Mónica necesitaba que su casa de tejas de eternit, la que compró con su marido con el esfuerzo con que compra la clase media-baja colombiana, fuera desafectada de una medida jurídica que la hacía inermbagable. El trámite se debía a que tenían una oportunidad única de, por fín, comprar la casa de dos pisos con la que soñaron siempre, lo que obligaba a levantar el llamado "patrimonio de familia inembargable" para proceder a la compra. Cosa de abogados. -Bendita sea mi madre Lucrecia- rezaba Mónica cuando se enteró de la ganga -Bendita sea mi madre misericordiosa- repetía.
Don Israel llegó a la hora y fecha acordada con el agente del banco. Llevaba puesto un saco de lana azul percudido, unos pantalones cafés a los que le escurrían gotas de pintura seca y blanca que olían a una mezcla entre formol y taller de carpintería, como al acerrín árido. Estaba convencido de que el crédito era suyo. Su cabeza estaba adornada por un mar de pelos cortos, blancos, atornillados a ésta, como luce cepillo para lustrar botas. Cepillo que supo utilizar durante los primeros años de la década de los 80 cuando la situación estuvo dura. Culpó al Presidente Belisario, culpó a los comunistas. Culpó a la decendencia de los Kennedy y al Movimiento 19 de abril. Le sudaban las manos, no solo estaba nervioso, lo parecía. Israel era un tipo de varios oficios, tenía 62 años y ya conocía la minucia y el arte de los oficios varios. El crédito era suyo. Israel ha sido independiente desde que su padre lo abandonó a él y a sus 14 hermanos, la mayoría de ellos con nombres irrepetibles, como Viruelo, Fulgencia y Agripina, la mayor. Frotaba la palma de las manos, mientras aguardaba paciente.
La doctora Diana Manrique aceptó llevar el trámite que necesitaba la señora Mónica. El asunto era realmente sencillo: demanda ante la jurisdicción voluntaria, admisión, sentencia y honorarios. Pan comido. El pan estaba servido en la mesa, Mónica vació la olla de ague'panela en los pocillos, dejó a su hija mayor en la escuela y a cuestas llevó a su hija menor, la que gateaba, no la que se los comía mocos. La cita con la abogada Manrique era a las 8:30. En Bogotá, para no ser ajenos a la rutina, llovían agujas de agua, las que más mojan. El Bus Restrepo-Germania estaba a punto de desbordarse de cuerpos y cabezas humanas que escurrían agua a cántaros, como cascadas de carne húmeda que olían a un collage de verduras, tierra, café y campo. Como al olor de la patria chica que entra por las ventanillas del carro cuando se huye de la capital. Como a ese tufo que expele el campo recién duchado, el que ingresa al carro cuando los chicos bajan los vidrios para sacar sus cabezas y escabullir sus melenas, rompiendo contra el viento. El bebé que aprendía a gatear estaba estampado contra los pechos de su madre, la mano izquierda de ella estaba aferrada al paral superior de la cabina del bus y Mónica, entre tanto, memorizando un discurso sobre como pedir misericordia en caso de que los honorarios fueran más de lo que podía pagar.
Don Israel tomó asiento. Firmó dos formatos que hacían falta y se saboreaba cada vez que el agente se paraba de su lugar para regresar con más formatos, más fotocopias y más trámites. Lamentó su suerte. Después la bendijo. Recibió copia de la solicitud, la cédula falsa que creía había pasado desapercibida, un folleto sobre el uso adecuado de las tarjetas de crédito, y plástico en mano se paró del asiento estrechando la mano del agente y siguió, conforme el plan. No hubo sospechas -pensó-
Mónica no tuvo que dar mayores explicaciones. La abogada Manrique comprendió que la situación era apremiante: los comunistas, el M-19, la familia Kennedy, Belisario. Se fijaron cien mil pesos de honorarios y un anticipo de cincuenta mil para comenzar. Se firmó el poder. Doña Mónica agradeció la benevolencia de su nueva abogada. Le rezó a su madre bendita Lucrecia. Preguntó por cuánto podía durar el trámite ya que los tiempos eran estrechos, si no levantaba el patrimonio de familia inembargable se exponía a que el vendedor de su casita añorada de dos pisos, donde cabrían Tulia, su cuñada, y su descendencia, arreglara con otro cristiano. La doctora Manrique sonrío con prepotencia y habló de dos semanas, un mes a lo sumo. -Bendito sea el niño jesús y mi mamacita Lucrecia- la emoción la embargaba, ¡quien lo creyera...!
Parte I
Israel se presentó con una cédula falsa a tramitar una tarjeta de crédito. Era tan plástico el documento que el agente sonrió, se paró del escritorio e inmediatamente avisó al departamento de seguridad para que hicieran la investigación según lo ordena el protocolo. Israel lo miraba y el banquero aún sonreía, la boca corta, hipócrita. En medio del disimulo, a Israel se le dijo que se acercara al día siguiente para recoger la tarjeta de crédito. El funcionario de nuevo sacó a relucir la mueca mojigata. Enseguida, una vez se marchó el hombre, el departamento de seguridad del banco coordinaba con los celadores del super mercado donde se encuentra la sucursal del banco la estrategia para avisar a la policía y capturarlo al día siguiente por falsedad en documento público. Una última risa diplomática, como un conejo que deja ver los dientes frontales. Israel salió del lugar con el diafragma expandido, la barriga a sus anchas.
La abogada Diana Manrique atendió en su despacho a doña Mónica, una mujer dedicada al hogar y a dos hijas, una apenas gateaba, la otra tenía la edad en que se comen los mocos que burbujean y asoman por la nariz. Doña Mónica necesitaba que su casa de tejas de eternit, la que compró con su marido con el esfuerzo con que compra la clase media-baja colombiana, fuera desafectada de una medida jurídica que la hacía inermbagable. El trámite se debía a que tenían una oportunidad única de, por fín, comprar la casa de dos pisos con la que soñaron siempre, lo que obligaba a levantar el llamado "patrimonio de familia inembargable" para proceder a la compra. Cosa de abogados. -Bendita sea mi madre Lucrecia- rezaba Mónica cuando se enteró de la ganga -Bendita sea mi madre misericordiosa- repetía.
Don Israel llegó a la hora y fecha acordada con el agente del banco. Llevaba puesto un saco de lana azul percudido, unos pantalones cafés a los que le escurrían gotas de pintura seca y blanca que olían a una mezcla entre formol y taller de carpintería, como al acerrín árido. Estaba convencido de que el crédito era suyo. Su cabeza estaba adornada por un mar de pelos cortos, blancos, atornillados a ésta, como luce cepillo para lustrar botas. Cepillo que supo utilizar durante los primeros años de la década de los 80 cuando la situación estuvo dura. Culpó al Presidente Belisario, culpó a los comunistas. Culpó a la decendencia de los Kennedy y al Movimiento 19 de abril. Le sudaban las manos, no solo estaba nervioso, lo parecía. Israel era un tipo de varios oficios, tenía 62 años y ya conocía la minucia y el arte de los oficios varios. El crédito era suyo. Israel ha sido independiente desde que su padre lo abandonó a él y a sus 14 hermanos, la mayoría de ellos con nombres irrepetibles, como Viruelo, Fulgencia y Agripina, la mayor. Frotaba la palma de las manos, mientras aguardaba paciente.
La doctora Diana Manrique aceptó llevar el trámite que necesitaba la señora Mónica. El asunto era realmente sencillo: demanda ante la jurisdicción voluntaria, admisión, sentencia y honorarios. Pan comido. El pan estaba servido en la mesa, Mónica vació la olla de ague'panela en los pocillos, dejó a su hija mayor en la escuela y a cuestas llevó a su hija menor, la que gateaba, no la que se los comía mocos. La cita con la abogada Manrique era a las 8:30. En Bogotá, para no ser ajenos a la rutina, llovían agujas de agua, las que más mojan. El Bus Restrepo-Germania estaba a punto de desbordarse de cuerpos y cabezas humanas que escurrían agua a cántaros, como cascadas de carne húmeda que olían a un collage de verduras, tierra, café y campo. Como al olor de la patria chica que entra por las ventanillas del carro cuando se huye de la capital. Como a ese tufo que expele el campo recién duchado, el que ingresa al carro cuando los chicos bajan los vidrios para sacar sus cabezas y escabullir sus melenas, rompiendo contra el viento. El bebé que aprendía a gatear estaba estampado contra los pechos de su madre, la mano izquierda de ella estaba aferrada al paral superior de la cabina del bus y Mónica, entre tanto, memorizando un discurso sobre como pedir misericordia en caso de que los honorarios fueran más de lo que podía pagar.
Don Israel tomó asiento. Firmó dos formatos que hacían falta y se saboreaba cada vez que el agente se paraba de su lugar para regresar con más formatos, más fotocopias y más trámites. Lamentó su suerte. Después la bendijo. Recibió copia de la solicitud, la cédula falsa que creía había pasado desapercibida, un folleto sobre el uso adecuado de las tarjetas de crédito, y plástico en mano se paró del asiento estrechando la mano del agente y siguió, conforme el plan. No hubo sospechas -pensó-
Mónica no tuvo que dar mayores explicaciones. La abogada Manrique comprendió que la situación era apremiante: los comunistas, el M-19, la familia Kennedy, Belisario. Se fijaron cien mil pesos de honorarios y un anticipo de cincuenta mil para comenzar. Se firmó el poder. Doña Mónica agradeció la benevolencia de su nueva abogada. Le rezó a su madre bendita Lucrecia. Preguntó por cuánto podía durar el trámite ya que los tiempos eran estrechos, si no levantaba el patrimonio de familia inembargable se exponía a que el vendedor de su casita añorada de dos pisos, donde cabrían Tulia, su cuñada, y su descendencia, arreglara con otro cristiano. La doctora Manrique sonrío con prepotencia y habló de dos semanas, un mes a lo sumo. -Bendito sea el niño jesús y mi mamacita Lucrecia- la emoción la embargaba, ¡quien lo creyera...!
domingo, 28 de agosto de 2011
Collage
(Click aquí para banda sonora)
Como el más primario de los actos:
querer romper el concreto con los nudillos.
Visitar a la abuela
no por que se quiere,
sino por que toca.
Sonreír cuando todos lloran,
lamentar lo que no todos lamentan.
Romper el asfalto con los puños,
fracturar las muñecas.
Tener licencia para perdones infinitos,
que algún día se agotarán.
Y a cambio: el dialogo y la comprensión
para explicar los malentendidos
y el amor más simple,
el más honesto.
No poder comprar una sola propiedad del monopolio.
Tirar los dados de nuevo, y
arruinar toda la abnegación cuando se pisa una propiedad ya adquirida.
Adquirir los poquísimos defectos del gran mentor
y luchar a muerte por tener sus virtudes,
las que lamentablemente no fue posible heredar.
Hacer trizas los pasados,
los que quedaron crudos,
para reír a carcajadas en futuros infinitos
construidos con coraje.
Llorar sin disimulo
por esas tonterías inexplicables
o por la nostalgia vacía
que dejan los suspiros sin remitente.
Y en un noche de agosto,
fusilar los poemas de Abad Facionlince,
fusionarlos con los de Mirta Aguirre,
la que conocí por un anónimo,
para ganar la admiración del anonimato,
el mismo que me abucheará algún día
a oscuras.
Muy posiblemente
pasado mañana,
o qué se yo,
compraré un Televisor que no necesito
y gastaré mi dinero como un cáncer
solo para sentirme mejor.
Soñaré con jugar bien tenis
y de nuevo a las frustraciones,
para estallar como volcán
para terminar
queriendo romper el concreto con los nudillos.
Hasta que un buen día
cumpla cada una de las promesas hechas,
como aquella que hice:
"no golpear nunca más el pavimento con los puños"
Eso es un collage
Como el más primario de los actos:
querer romper el concreto con los nudillos.
Visitar a la abuela
no por que se quiere,
sino por que toca.
Sonreír cuando todos lloran,
lamentar lo que no todos lamentan.
Romper el asfalto con los puños,
fracturar las muñecas.
Tener licencia para perdones infinitos,
que algún día se agotarán.
Y a cambio: el dialogo y la comprensión
para explicar los malentendidos
y el amor más simple,
el más honesto.
No poder comprar una sola propiedad del monopolio.
Tirar los dados de nuevo, y
arruinar toda la abnegación cuando se pisa una propiedad ya adquirida.
Adquirir los poquísimos defectos del gran mentor
y luchar a muerte por tener sus virtudes,
las que lamentablemente no fue posible heredar.
Hacer trizas los pasados,
los que quedaron crudos,
para reír a carcajadas en futuros infinitos
construidos con coraje.
Llorar sin disimulo
por esas tonterías inexplicables
o por la nostalgia vacía
que dejan los suspiros sin remitente.
Y en un noche de agosto,
fusilar los poemas de Abad Facionlince,
fusionarlos con los de Mirta Aguirre,
la que conocí por un anónimo,
para ganar la admiración del anonimato,
el mismo que me abucheará algún día
a oscuras.
Muy posiblemente
pasado mañana,
o qué se yo,
compraré un Televisor que no necesito
y gastaré mi dinero como un cáncer
solo para sentirme mejor.
Soñaré con jugar bien tenis
y de nuevo a las frustraciones,
para estallar como volcán
para terminar
queriendo romper el concreto con los nudillos.
Hasta que un buen día
cumpla cada una de las promesas hechas,
como aquella que hice:
"no golpear nunca más el pavimento con los puños"
Eso es un collage
martes, 16 de agosto de 2011
Boomerang
(Soundtrack)
Desde que te fuiste el mundo no ha cambiado mucho. Cambian los personajes, los rótulos, los títulos, pero los fenómenos siguen siendo básicamente los mismos.
Desde que te fuiste, Uribe no para de joder. Es un bote que se hunde. No por su persona, su persona está intacta a pesar de las canas. Es su imagen, lo que representa. Menos deidad y más humano. Menos Dios y más equívoco. Bueno, a mi juicio, él si que es una cagada latente. Una tras otra. Pero eso es para discutirlo. La verdad es que, celular en mano, el tipo es un desastre, trina y publica sus comentarios insostenibles, todos injustificables. Todos pesados como el mármol. Todos pérfidos y todo a su alrededor se cae y se hace ruinas y añicos. Sabas, Arias, Edmundo Del Castillo, Bernardo Moreno, Noguera. Todo se desvanece. Un rey midas, a la inversa.
Pocos éxitos ha podido recoger y la fecha de cosecha viene con fecha de vencimiento. Desde que te fuiste, lo más cercano a una victoria uribista posiblemente fue la judicialización de Nicolás Castro, el estudiante que 'amenazó' a Tomás Uribe. Nadie ha podido saber si eso es una amenaza, o un delito. Indignante que los sistemas de inteligencia sólo sirvan cuando se trata de los hijos del presidente. Fue objeto de críticas y de burlas.
Las burlas las encabezó Daniel Samper Ospina. A mi juicio es un bobalicón que se autodenomina humorista. ¡Que caradura! Jugar a ser irónico será siempre la salida más fácil para ocultar las pasiones que mueven al hombre, y entre ironías y sarcasmos, camuflado, dispara para todo lado. Es un humor al que le falta demasiado carisma para llamarse negro. Es un humor destructivo que solo puede partir y culminar en los defectos físicos de la gente. Un petardo, pero mueve masas.
No estabas acá cuando eso pasó, pero hace solo unos días algún cerebro con un perfil ideológico cualquiera ingresó a la cuenta de twitter del mamarracho ese. Publicó datos reservados, bases de datos de la revista que dirige y quien sabe que más cosas. Samper Ospina denunció y fue cuestión de horas: ya tienen detenido al tipo. Era un Samper primero que nada y antes que todo. Eso sí. En su caso particular, se sinceró, salió en los medios, se atrevió a extraer las moralejas más obvias con voz de niño triste. Cuando se trató de Uribe, el arlequín hizo un circo. Clásico. Hoy, de a pocos el uno se convierte en lo que más detesta del otro.
Y es que en verdad nada cambia: Gilma insiste en las cadenas perpetuas. Colombia gana sufriendo, pierde cuando juega bien, gana cuando juega mal, la eliminan cuando la ilusión está en grados nocivos. En Argentina seguramente reelegirán a Cristina. Los pobres más pobres y los ricos más ricos. La bolsa sube, los brokers se tiran a los trenes. La bolsa cae, los brokers se hacen millonarios. Los jueces contra el Gobierno. El Gobierno contra los jueces y el Congreso, ahí. Straus-kahn sigue en juicio. Federer sigue perdiendo y Djokovic sigue ganando. En Somalia hay epidemias de cólera, la gente se muere de hambre ¡menuda novedad! En las elecciones para alcalde juegan los de siempre: Peñalosa, Mockus, Petro, izquierda, centro, derecha. Un monologo, todo se repite una y otra vez...igual que siempre.
Nada ha cambiado desde que te fuiste. Tenía pensado escribir sobre todos estos temas. Lo que no tenía pensado era invocarte, pero el viernes vi una película que te hubiera encantado. Ayer soñé contigo. No fue grato despertarme. Al medio día recibí una cámara que habías mandado reparar antes de irte. Vi videos que habías grabado, y ahí todo se fue a la mierda.
Que tengas buena noche...acá todo sigue igual
Desde que te fuiste el mundo no ha cambiado mucho. Cambian los personajes, los rótulos, los títulos, pero los fenómenos siguen siendo básicamente los mismos.
Desde que te fuiste, Uribe no para de joder. Es un bote que se hunde. No por su persona, su persona está intacta a pesar de las canas. Es su imagen, lo que representa. Menos deidad y más humano. Menos Dios y más equívoco. Bueno, a mi juicio, él si que es una cagada latente. Una tras otra. Pero eso es para discutirlo. La verdad es que, celular en mano, el tipo es un desastre, trina y publica sus comentarios insostenibles, todos injustificables. Todos pesados como el mármol. Todos pérfidos y todo a su alrededor se cae y se hace ruinas y añicos. Sabas, Arias, Edmundo Del Castillo, Bernardo Moreno, Noguera. Todo se desvanece. Un rey midas, a la inversa.
Pocos éxitos ha podido recoger y la fecha de cosecha viene con fecha de vencimiento. Desde que te fuiste, lo más cercano a una victoria uribista posiblemente fue la judicialización de Nicolás Castro, el estudiante que 'amenazó' a Tomás Uribe. Nadie ha podido saber si eso es una amenaza, o un delito. Indignante que los sistemas de inteligencia sólo sirvan cuando se trata de los hijos del presidente. Fue objeto de críticas y de burlas.
Las burlas las encabezó Daniel Samper Ospina. A mi juicio es un bobalicón que se autodenomina humorista. ¡Que caradura! Jugar a ser irónico será siempre la salida más fácil para ocultar las pasiones que mueven al hombre, y entre ironías y sarcasmos, camuflado, dispara para todo lado. Es un humor al que le falta demasiado carisma para llamarse negro. Es un humor destructivo que solo puede partir y culminar en los defectos físicos de la gente. Un petardo, pero mueve masas.
No estabas acá cuando eso pasó, pero hace solo unos días algún cerebro con un perfil ideológico cualquiera ingresó a la cuenta de twitter del mamarracho ese. Publicó datos reservados, bases de datos de la revista que dirige y quien sabe que más cosas. Samper Ospina denunció y fue cuestión de horas: ya tienen detenido al tipo. Era un Samper primero que nada y antes que todo. Eso sí. En su caso particular, se sinceró, salió en los medios, se atrevió a extraer las moralejas más obvias con voz de niño triste. Cuando se trató de Uribe, el arlequín hizo un circo. Clásico. Hoy, de a pocos el uno se convierte en lo que más detesta del otro.
Y es que en verdad nada cambia: Gilma insiste en las cadenas perpetuas. Colombia gana sufriendo, pierde cuando juega bien, gana cuando juega mal, la eliminan cuando la ilusión está en grados nocivos. En Argentina seguramente reelegirán a Cristina. Los pobres más pobres y los ricos más ricos. La bolsa sube, los brokers se tiran a los trenes. La bolsa cae, los brokers se hacen millonarios. Los jueces contra el Gobierno. El Gobierno contra los jueces y el Congreso, ahí. Straus-kahn sigue en juicio. Federer sigue perdiendo y Djokovic sigue ganando. En Somalia hay epidemias de cólera, la gente se muere de hambre ¡menuda novedad! En las elecciones para alcalde juegan los de siempre: Peñalosa, Mockus, Petro, izquierda, centro, derecha. Un monologo, todo se repite una y otra vez...igual que siempre.
Nada ha cambiado desde que te fuiste. Tenía pensado escribir sobre todos estos temas. Lo que no tenía pensado era invocarte, pero el viernes vi una película que te hubiera encantado. Ayer soñé contigo. No fue grato despertarme. Al medio día recibí una cámara que habías mandado reparar antes de irte. Vi videos que habías grabado, y ahí todo se fue a la mierda.
Que tengas buena noche...acá todo sigue igual
lunes, 25 de julio de 2011
Cuento de hadas
(Soundtrack aquí)
Lo poco que queda del equilibrio de este país está apoyado sobre los hombros de aquellos colombianos abnegados que se dedican a hacer los oficios que otros colombianos con más dinero simplemente no somos capaces de hacer. Muchos nos ahogaríamos en los oceanos de las autoestimas y los egos en el momento en que algún buen día, la vida y su justicia selectiva, buena para nada, decidieran que es hora de que carguemos un trapero en una mano y un destapador de inodoros en la otra.
Precisamente a aquellos me refiero, a los que entre el desprendimiento y la resignación lavan baños y calzoncillos de un grupo familiar de extraños, desatoran la basura que queda entre las tuberías, abren y cierran mecánicamente las puertas para que los inquilinos no se molesten en empujarlas. Los que entre la infelicidad y la simpleza, limpian las joyas de plata de otro, joyas que nunca llegarán a tener. También los que cortan el césped de jardines que son más grandes que la pieza en la que habitan. Los que lustran los zapatos de un millar de desconocidos mientras compran a cambio, unas monedas y un lumbago insoportable.
Este país es pesado como el acero. Igual, sobre los hombros de estos buenos muchachos reposa todo ese peso. Si este fuera un lugar decente un plomero cobraría un ojo de la cara. Solo verdaderas celebridades se darían el lujo de tener una empleada encargada del aseo. En algunos hogares de Colombia trabajan de a pares y aún así no dan abasto. Sus hombros igual son anchos y firmes, soportan ese peso y el mío, que con los años gano kilos. Me hago cada vez más pesado porque para ser honestos, aspiro a ese estilo de vida, de empleadas, conductores y sirvientes. Esas son las cosas que detesto de mi, pero esa es otra discusión.
Otro rasgo de la relación gamonal-jornaleros que un genio logró mitigar usando las expresiones "empleador" y "trabajador", es que además de verse beneficiado por sus manos ampolladas y por sus labores de mierda, uno suele descalificar la labor de estas personas cuando no se llega al punto de satisfacción, que sea dicho de paso, es inalcanzable. Eso me pasó con el nuevo celador que llegó a mi edificio: le cargo bronca por que no saluda con una sonrisa, apenas saluda. Un auténtico hijo de puta en mi idioma.
Ese mismo individuo que apenas musita entre los dientes el "buenos días" que yo exijo oir al atravesar la puerta, me abordó esta tarde. Me preguntó que si era abogado. Yo asentí. Me contó su caso. Sigo conmovido. Se trata de uno de esos "heroes de la patria" voluntarios del ejército. Terminó calando en algún chiquero en el orto del Caquetá. Como contraprestación a su servicio y como muestra de gratitud, el Ejército Nacional lo echó por que contrajo Lesimhaniasis sirviéndole a la patria que defendió durante 8 años. A esa patria que no roba a Luis Carlos Sarmiento Angulo sino a las víctimas del invierno y a los contribuyentes que pagan a tiempo sus obligaciones fiscales.
Para mi, el celador seguirá siendo un vergajo sin buenos modales: al final de la consulta casi que no me da las gracias. Pensándolo bien, el hombre tiene la razón en no estar agradecido del todo: me contó su caso y yo solo pude encogerme de hombros; fruncí el ceño y le expliqué que si lograba hacer esfuerzos para contratar un abogado, con seguridad tendría un proceso judicial tan incierto como ganarse el baloto, y cuya única garantía es que la sentencia saldría en mínimo ocho años.
No hay final feliz...
Lo poco que queda del equilibrio de este país está apoyado sobre los hombros de aquellos colombianos abnegados que se dedican a hacer los oficios que otros colombianos con más dinero simplemente no somos capaces de hacer. Muchos nos ahogaríamos en los oceanos de las autoestimas y los egos en el momento en que algún buen día, la vida y su justicia selectiva, buena para nada, decidieran que es hora de que carguemos un trapero en una mano y un destapador de inodoros en la otra.
Precisamente a aquellos me refiero, a los que entre el desprendimiento y la resignación lavan baños y calzoncillos de un grupo familiar de extraños, desatoran la basura que queda entre las tuberías, abren y cierran mecánicamente las puertas para que los inquilinos no se molesten en empujarlas. Los que entre la infelicidad y la simpleza, limpian las joyas de plata de otro, joyas que nunca llegarán a tener. También los que cortan el césped de jardines que son más grandes que la pieza en la que habitan. Los que lustran los zapatos de un millar de desconocidos mientras compran a cambio, unas monedas y un lumbago insoportable.
Este país es pesado como el acero. Igual, sobre los hombros de estos buenos muchachos reposa todo ese peso. Si este fuera un lugar decente un plomero cobraría un ojo de la cara. Solo verdaderas celebridades se darían el lujo de tener una empleada encargada del aseo. En algunos hogares de Colombia trabajan de a pares y aún así no dan abasto. Sus hombros igual son anchos y firmes, soportan ese peso y el mío, que con los años gano kilos. Me hago cada vez más pesado porque para ser honestos, aspiro a ese estilo de vida, de empleadas, conductores y sirvientes. Esas son las cosas que detesto de mi, pero esa es otra discusión.
Otro rasgo de la relación gamonal-jornaleros que un genio logró mitigar usando las expresiones "empleador" y "trabajador", es que además de verse beneficiado por sus manos ampolladas y por sus labores de mierda, uno suele descalificar la labor de estas personas cuando no se llega al punto de satisfacción, que sea dicho de paso, es inalcanzable. Eso me pasó con el nuevo celador que llegó a mi edificio: le cargo bronca por que no saluda con una sonrisa, apenas saluda. Un auténtico hijo de puta en mi idioma.
Ese mismo individuo que apenas musita entre los dientes el "buenos días" que yo exijo oir al atravesar la puerta, me abordó esta tarde. Me preguntó que si era abogado. Yo asentí. Me contó su caso. Sigo conmovido. Se trata de uno de esos "heroes de la patria" voluntarios del ejército. Terminó calando en algún chiquero en el orto del Caquetá. Como contraprestación a su servicio y como muestra de gratitud, el Ejército Nacional lo echó por que contrajo Lesimhaniasis sirviéndole a la patria que defendió durante 8 años. A esa patria que no roba a Luis Carlos Sarmiento Angulo sino a las víctimas del invierno y a los contribuyentes que pagan a tiempo sus obligaciones fiscales.
Para mi, el celador seguirá siendo un vergajo sin buenos modales: al final de la consulta casi que no me da las gracias. Pensándolo bien, el hombre tiene la razón en no estar agradecido del todo: me contó su caso y yo solo pude encogerme de hombros; fruncí el ceño y le expliqué que si lograba hacer esfuerzos para contratar un abogado, con seguridad tendría un proceso judicial tan incierto como ganarse el baloto, y cuya única garantía es que la sentencia saldría en mínimo ocho años.
No hay final feliz...
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