miércoles, 21 de septiembre de 2011

Incendios (Parte II)

(Soundtrack)

...Israel no salió del centro comercial. Con su nueva tarjeta en un bolsillo y su cédula falsa en el otro, ingresó a uno de esos almacenes de venta de objetos para el hogar, para los constructores de profesión, de gusto y de resignación. No escatimó en gastos: en el carrito llevaba tuberías de media pulgada, metros de mecha, y kilos de estopa; fósforos, un tarro de líquido inflamable. Un coctel extraño. El valor de la compra superaba el salario mínimo del país.

Diana Manrique se comunicó con Doña Mónica, le dijo que la demanda estaba lista para interponerla ante el juzgado pero que no lo haría hasta quee le cancelara los honorarios restantes. Le hablaba con un mal genio evidente. Un tono prepotente. Mónica se mordía las uñas, los 50 mil pesos que faltaban los tenía, pero no los 100 mil adicionales que exigió la abogada, pues según ella, la demanda se había tornado más compleja y dado el afán y otras arandelas que todavía no logró entender Mónica, el precio había subido, como suben de precio la cebolla junca y el tamarindo en pulpa en la plaza de mercado, igual hay que pagar por ellos, así había que pagarle a la abogada. Dionisio, un vecino, le prestó el dinero. Mónica lo llevó donde su abogada, bebé a cuestas, y saldaron las deudas. Las de antes y las de después. Las pactadas y las leoninas, las justas y las disgustas. Lo que nunca supo es que la demanda se la rechazarían a la abogada por falta de requisitos formales. Se enteraría después.

Ya había perdido el afán, ahora se encontraba más tranquilo, caminaba con parsimonia por los callejones del supermercado tomando lo que necesitaba y depositándolo en el carrito, silbaba bajo, echó un paquete de dulces ácidos para su hijo. Hizo la fila en las cajas, enseñó su tarjeta de crédito con orgullo, olía a plástico recién horneado, seguía silbando mientras salía por la puerta cargado de bolsas de plástico cuando fue abordado por dos agentes de seguridad del centro comercial y dos policías. Le pidieron que les enseñara un documento de identificación y el pobre viejo Israel, con las manos temblorosas, empapadas en sudor, apenas se atrevió a preguntar para qué los documentos. Las autoridades insistieron, escupían impaciencia y mal genio como si ya lo supieran todo. Ante la insistencia, el viejo Israel sacó un documento de identidad: José Vicente Lemus Albornoz, nacido en Yopal Casanare, en el solsticio de invierno de 1945, cuando la segunda guerra se terminaba. Los agentes no sabía que se llamaba Israel, según el documento él era José Vicente Lemus Albornoz, pero él era Israel, en la tarjeta de crédito que recién había utilizado decía que era José Vicente Lemus, pero él era Israel. No pudo importarles menos. Las manos atrás de la nuca, lo encadenaron con las esposas y fue conducido a la Fiscalía para legalizar la captura de José Vicente Lemus Albornoz (Israel) por falsedad en documento público y estafa en grado de tentativa.

Ya habían pasado dos meses. Como no fue liberada la afectación del patrimonio de familia inembargable, la venta se había caído. Ahora el negocio era de otra persona. Doña Mónica lloraba iracunda mientras llamaba 5 y 6 veces al despacho de la abogada Manrique. El teléfono repicaba y repicaba, se hacía infinito el sonido en la bocina, nadie contestaba en la otra orilla, nadie atendería la vocina del otro lado, era un mensaje en una botella que no iría a parar a ningún lado, naufragaría como naufragaban sus intentos desesperados de contactarla. En la recepción ya no aparecía el aviso que acreditaba a Diana Manrique como la abogada de la oficina 813, el espacio estaba vacío. Se había esfumado de la faz de la tierra, un acto de magia, un comportamiento digno de la mala imagen que su gremio se había acreditado durante años. Mónica maldijo en frente del recepcionista, se habían ido los 200 mil pesos que le pagó por los honorarios, se habían ido los sueños de tener una casa de dos pisos, de vivir con su cuñada Tulia y su descendencia, de dar pasos de elefante, de tener un tejado por donde no se filtraba el agua. -Vieja ladrona, la muy hija de puta- dijo en frente de la recepción y se marchó mientras caían las primeras gotas de lluvia de la tarde.



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