En los conciertos, como en la humanidad se ven demasiados tipos de audiencias, demasiados públicos:
Hay públicos agradecidos que chiflan y rebosan de exaltación y éxtasis. Se ampollan las palmas de tanto chocarlas, una y otra vez. Al tiempo que hay otros públicos demandantes y exigentes, que no se lo piensan mucho, sólo contragolpean, de modo que cuando unos reconocen, ellos restan. Siempre se sentirán vacíos en algún lugar. Sus antagónicos, en cambio, se tatúan recuerdos felices por siempre y para siempre.
Hay públicos sensatos que logran interpretar los pros y los contras. Procuran ubicarse en un llano distante de la vara de la perfección. Con el lápiz rojo en mano, intentan ser moderados al poner la nota. Los calificativos no desbordan como cascada, son solo cautos y críticos. Retribución justa para quien merece lo que merece. Van y vienen del 3.5 al 4.5. No más lejos, no más cerca.
Hay públicos desmesurados que haga lo que haga su ídolo, lo apoyarán como un fiel escudero. Le toleran las excentricidades más irracionales. Hablen el idioma que hablen, le aplauden. No es cuestión de entenderlo, es cuestión de oirlo. Públicos que, si el silencio se lo permite, aúllan y braman con fuerza para que el artista les oiga, como quien cumple con la contraprestación firmada: tu cantas para mi, yo rompo mis cuerdas vocales para ti.
Todos tienen derecho a rebuznar o a chiflar en delirio hipnótico. Todos tienen derecho a ser el público y la audiencia que les convenga o con la que se sientan cómodos. Yo francamente, no he podido ubicarme en uno solo de aquellos especímenes, los definidos y los que queda por definir. Supongo que sólo me corresponde pararme del lado del biotipo que se entrega en alma al concierto, al que se desvive en el físico, puro y duro tributo a la música: cantarla y bailarla a viva voz.
Lo que no soporto es que haya públicos que todo lo dan por hecho sin detenerse, con la morbosa y deliciosa manía de pensar de dónde proviene cada detalle de un producto que ya está fabricado para su consumo. Para ellos no tiene relevancia que el sonido sea impecable y que incluso la vibración de un platillo insignificante, en un foro de 40 mil espectadores al aire libre, suene como ha de sonar en un cuarto cerrado. Para ellos no tiene relevancia que las pantallas destilen efectos esquizofrénicos que ayudan al soporte audiovisual del espectáculo, videoclips, implosión, multimedia, la representación visual del contenido de una canción, hecho arte. Poco les importa que la banda esté afinada hasta en el paraje más remoto del pentagrama. Filuda, como el engranaje de un reloj. Qué les importa que el hombre haya descubierto la rueda, que haya viajado al espacio y que 100 pares de manos hayan trabajado antes en el producto final, en el pan del desayuno que se come automáticamente, por que para ellos desayunar es una cuestión de hábitos, no por que represente el goce pagano que tiene mojar la harina y levadura hecha pan en el café que humea caliente.
Solo puedo sentir compasión de los que salieron decepcionados del concierto de los Red Hot Chili Peppers en el que lograron poner en un marco, en esta geografía nuestra, tan autóctona, un pedazo del rock and roll de los años 90 en tiempo presente, en una escena que se congeló en el tiempo, anacrónica, inmortal y para siempre.
Arte hecho música y música hecha arte.
Hay públicos agradecidos que chiflan y rebosan de exaltación y éxtasis. Se ampollan las palmas de tanto chocarlas, una y otra vez. Al tiempo que hay otros públicos demandantes y exigentes, que no se lo piensan mucho, sólo contragolpean, de modo que cuando unos reconocen, ellos restan. Siempre se sentirán vacíos en algún lugar. Sus antagónicos, en cambio, se tatúan recuerdos felices por siempre y para siempre.
Hay públicos sensatos que logran interpretar los pros y los contras. Procuran ubicarse en un llano distante de la vara de la perfección. Con el lápiz rojo en mano, intentan ser moderados al poner la nota. Los calificativos no desbordan como cascada, son solo cautos y críticos. Retribución justa para quien merece lo que merece. Van y vienen del 3.5 al 4.5. No más lejos, no más cerca.
Hay públicos desmesurados que haga lo que haga su ídolo, lo apoyarán como un fiel escudero. Le toleran las excentricidades más irracionales. Hablen el idioma que hablen, le aplauden. No es cuestión de entenderlo, es cuestión de oirlo. Públicos que, si el silencio se lo permite, aúllan y braman con fuerza para que el artista les oiga, como quien cumple con la contraprestación firmada: tu cantas para mi, yo rompo mis cuerdas vocales para ti.
Todos tienen derecho a rebuznar o a chiflar en delirio hipnótico. Todos tienen derecho a ser el público y la audiencia que les convenga o con la que se sientan cómodos. Yo francamente, no he podido ubicarme en uno solo de aquellos especímenes, los definidos y los que queda por definir. Supongo que sólo me corresponde pararme del lado del biotipo que se entrega en alma al concierto, al que se desvive en el físico, puro y duro tributo a la música: cantarla y bailarla a viva voz.
Lo que no soporto es que haya públicos que todo lo dan por hecho sin detenerse, con la morbosa y deliciosa manía de pensar de dónde proviene cada detalle de un producto que ya está fabricado para su consumo. Para ellos no tiene relevancia que el sonido sea impecable y que incluso la vibración de un platillo insignificante, en un foro de 40 mil espectadores al aire libre, suene como ha de sonar en un cuarto cerrado. Para ellos no tiene relevancia que las pantallas destilen efectos esquizofrénicos que ayudan al soporte audiovisual del espectáculo, videoclips, implosión, multimedia, la representación visual del contenido de una canción, hecho arte. Poco les importa que la banda esté afinada hasta en el paraje más remoto del pentagrama. Filuda, como el engranaje de un reloj. Qué les importa que el hombre haya descubierto la rueda, que haya viajado al espacio y que 100 pares de manos hayan trabajado antes en el producto final, en el pan del desayuno que se come automáticamente, por que para ellos desayunar es una cuestión de hábitos, no por que represente el goce pagano que tiene mojar la harina y levadura hecha pan en el café que humea caliente.
Solo puedo sentir compasión de los que salieron decepcionados del concierto de los Red Hot Chili Peppers en el que lograron poner en un marco, en esta geografía nuestra, tan autóctona, un pedazo del rock and roll de los años 90 en tiempo presente, en una escena que se congeló en el tiempo, anacrónica, inmortal y para siempre.
Arte hecho música y música hecha arte.
Los RHCP ni me van ni me vienen, sólo espero que hayás estado acompañado de un público chévere, del que brinca, canta y baila y no se queda tieso grabando al grupo con la cámara. Creo que la mitad del concierto la hace el público
ResponderEliminarLo malo de esos públicos ni siquiera es su criticadera. Antes de empezar a criticar a la banda deberían verse a ellos mismos. 40000 personas de las cuales solo saltaban 1000 aprox. Uno da lo que recibe y Colombia tiene un publico fatal, exigente y efímero, donde la gente va por moda y a criticar. Basta con solo ver cualquier concierto en Argentina donde nuestros hermanos latinoamericanos logran devolver al artista al escenario a punta de cantos increíblemente fuertes, es como tener a "la 12" pero multiplicada por 10 cantándole a una banda. Nosotros nos debemos conformar con un "oe oe oe RED HOT RED HOT" que ni saben pronunciar los no bilingues colombianos.
ResponderEliminarhttp://s3.amazonaws.com/theoatmeal-img/comics/photos/4.jpg
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