(Soundtrack aquí)
Lo poco que queda del equilibrio de este país está apoyado sobre los hombros de aquellos colombianos abnegados que se dedican a hacer los oficios que otros colombianos con más dinero simplemente no somos capaces de hacer. Muchos nos ahogaríamos en los oceanos de las autoestimas y los egos en el momento en que algún buen día, la vida y su justicia selectiva, buena para nada, decidieran que es hora de que carguemos un trapero en una mano y un destapador de inodoros en la otra.
Precisamente a aquellos me refiero, a los que entre el desprendimiento y la resignación lavan baños y calzoncillos de un grupo familiar de extraños, desatoran la basura que queda entre las tuberías, abren y cierran mecánicamente las puertas para que los inquilinos no se molesten en empujarlas. Los que entre la infelicidad y la simpleza, limpian las joyas de plata de otro, joyas que nunca llegarán a tener. También los que cortan el césped de jardines que son más grandes que la pieza en la que habitan. Los que lustran los zapatos de un millar de desconocidos mientras compran a cambio, unas monedas y un lumbago insoportable.
Este país es pesado como el acero. Igual, sobre los hombros de estos buenos muchachos reposa todo ese peso. Si este fuera un lugar decente un plomero cobraría un ojo de la cara. Solo verdaderas celebridades se darían el lujo de tener una empleada encargada del aseo. En algunos hogares de Colombia trabajan de a pares y aún así no dan abasto. Sus hombros igual son anchos y firmes, soportan ese peso y el mío, que con los años gano kilos. Me hago cada vez más pesado porque para ser honestos, aspiro a ese estilo de vida, de empleadas, conductores y sirvientes. Esas son las cosas que detesto de mi, pero esa es otra discusión.
Otro rasgo de la relación gamonal-jornaleros que un genio logró mitigar usando las expresiones "empleador" y "trabajador", es que además de verse beneficiado por sus manos ampolladas y por sus labores de mierda, uno suele descalificar la labor de estas personas cuando no se llega al punto de satisfacción, que sea dicho de paso, es inalcanzable. Eso me pasó con el nuevo celador que llegó a mi edificio: le cargo bronca por que no saluda con una sonrisa, apenas saluda. Un auténtico hijo de puta en mi idioma.
Ese mismo individuo que apenas musita entre los dientes el "buenos días" que yo exijo oir al atravesar la puerta, me abordó esta tarde. Me preguntó que si era abogado. Yo asentí. Me contó su caso. Sigo conmovido. Se trata de uno de esos "heroes de la patria" voluntarios del ejército. Terminó calando en algún chiquero en el orto del Caquetá. Como contraprestación a su servicio y como muestra de gratitud, el Ejército Nacional lo echó por que contrajo Lesimhaniasis sirviéndole a la patria que defendió durante 8 años. A esa patria que no roba a Luis Carlos Sarmiento Angulo sino a las víctimas del invierno y a los contribuyentes que pagan a tiempo sus obligaciones fiscales.
Para mi, el celador seguirá siendo un vergajo sin buenos modales: al final de la consulta casi que no me da las gracias. Pensándolo bien, el hombre tiene la razón en no estar agradecido del todo: me contó su caso y yo solo pude encogerme de hombros; fruncí el ceño y le expliqué que si lograba hacer esfuerzos para contratar un abogado, con seguridad tendría un proceso judicial tan incierto como ganarse el baloto, y cuya única garantía es que la sentencia saldría en mínimo ocho años.
No hay final feliz...
Lo poco que queda del equilibrio de este país está apoyado sobre los hombros de aquellos colombianos abnegados que se dedican a hacer los oficios que otros colombianos con más dinero simplemente no somos capaces de hacer. Muchos nos ahogaríamos en los oceanos de las autoestimas y los egos en el momento en que algún buen día, la vida y su justicia selectiva, buena para nada, decidieran que es hora de que carguemos un trapero en una mano y un destapador de inodoros en la otra.
Precisamente a aquellos me refiero, a los que entre el desprendimiento y la resignación lavan baños y calzoncillos de un grupo familiar de extraños, desatoran la basura que queda entre las tuberías, abren y cierran mecánicamente las puertas para que los inquilinos no se molesten en empujarlas. Los que entre la infelicidad y la simpleza, limpian las joyas de plata de otro, joyas que nunca llegarán a tener. También los que cortan el césped de jardines que son más grandes que la pieza en la que habitan. Los que lustran los zapatos de un millar de desconocidos mientras compran a cambio, unas monedas y un lumbago insoportable.
Este país es pesado como el acero. Igual, sobre los hombros de estos buenos muchachos reposa todo ese peso. Si este fuera un lugar decente un plomero cobraría un ojo de la cara. Solo verdaderas celebridades se darían el lujo de tener una empleada encargada del aseo. En algunos hogares de Colombia trabajan de a pares y aún así no dan abasto. Sus hombros igual son anchos y firmes, soportan ese peso y el mío, que con los años gano kilos. Me hago cada vez más pesado porque para ser honestos, aspiro a ese estilo de vida, de empleadas, conductores y sirvientes. Esas son las cosas que detesto de mi, pero esa es otra discusión.
Otro rasgo de la relación gamonal-jornaleros que un genio logró mitigar usando las expresiones "empleador" y "trabajador", es que además de verse beneficiado por sus manos ampolladas y por sus labores de mierda, uno suele descalificar la labor de estas personas cuando no se llega al punto de satisfacción, que sea dicho de paso, es inalcanzable. Eso me pasó con el nuevo celador que llegó a mi edificio: le cargo bronca por que no saluda con una sonrisa, apenas saluda. Un auténtico hijo de puta en mi idioma.
Ese mismo individuo que apenas musita entre los dientes el "buenos días" que yo exijo oir al atravesar la puerta, me abordó esta tarde. Me preguntó que si era abogado. Yo asentí. Me contó su caso. Sigo conmovido. Se trata de uno de esos "heroes de la patria" voluntarios del ejército. Terminó calando en algún chiquero en el orto del Caquetá. Como contraprestación a su servicio y como muestra de gratitud, el Ejército Nacional lo echó por que contrajo Lesimhaniasis sirviéndole a la patria que defendió durante 8 años. A esa patria que no roba a Luis Carlos Sarmiento Angulo sino a las víctimas del invierno y a los contribuyentes que pagan a tiempo sus obligaciones fiscales.
Para mi, el celador seguirá siendo un vergajo sin buenos modales: al final de la consulta casi que no me da las gracias. Pensándolo bien, el hombre tiene la razón en no estar agradecido del todo: me contó su caso y yo solo pude encogerme de hombros; fruncí el ceño y le expliqué que si lograba hacer esfuerzos para contratar un abogado, con seguridad tendría un proceso judicial tan incierto como ganarse el baloto, y cuya única garantía es que la sentencia saldría en mínimo ocho años.
No hay final feliz...
Uno de mis primeros trabajos fue un Bosi un diciembre.Recuerdo la rabia que me dio con una clienta cuando, al llevarle los zapatos que quería en la talla que pidió, estiró el pie como diciendo “ponémelo”. La señora no era una obesa mórbida de esas que no pueden alcanzarse los pies, se movìa con perfecta soltura. Era, simplemente, una hijueputa.
ResponderEliminarHoy dejé el cuarto vuelto mierda antes de venir al trabajo y sé que Elsy, la empleada del servicio de mi casa, lo va a limpiar.Sè que està mal que ella tenga que recoger mi ropa sucia, pero mi voluntad rara vez se impone sobre la comodidad que representa que lo haga ella. Soy otra hijueputa.
¡Mejía! Datos básicos: ¿cuándo echaron al pisco y cómo? Si aún no ha caducado [sumercé, muñeco sabe como es esa vuelta] dele mi teléfono yo me encargo del asunto si ud no puede o no se le mide a otro proceso administrativo. ¡Jueputa! me da ira de la mala saber la manera en que el Ejército trata a los soldados. ¡hagamos servicio social!
ResponderEliminarEsos empleados a los que nosotros por costumbre discriminamos y menospreciamos deberian ganar mas plata que aquellos que con firmar papeles ganan millonadas. Como diria un amigo " sin saber leer ni escribir ". Y lastimosamente la sociedad colombiana esta plagada de estos individuos, como tambien por politicos que se bañan en plata y se ganan los corazones de la gente prometiendo mentiras.
ResponderEliminarSaludos
Pablo Gonzalez Sierra es la identidad del anonimo de arriba
ResponderEliminarNo hay mucho más que escribir de lo que ya está escrito. Es claro que hace parte de las batallas, y de la guerra que quebranta voluntades todos los días. Seguiré insistiendo en el valor extraordinario.
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