viernes, 2 de septiembre de 2011

Incendios (Parte I)

(Soundtrack)

Parte I

Israel se presentó con una cédula falsa a tramitar una tarjeta de crédito. Era tan plástico el documento que el agente sonrió, se paró del escritorio e inmediatamente avisó al departamento de seguridad para que hicieran la investigación según lo ordena el protocolo. Israel lo miraba y el banquero aún sonreía, la boca corta, hipócrita. En medio del disimulo, a Israel se le dijo que se acercara al día siguiente para recoger la tarjeta de crédito. El funcionario de nuevo sacó a relucir la mueca mojigata. Enseguida, una vez se marchó el hombre, el departamento de seguridad del banco coordinaba con los celadores del super mercado donde se encuentra la sucursal del banco la estrategia para avisar a la policía y capturarlo al día siguiente por falsedad en documento público. Una última risa diplomática, como un conejo que deja ver los dientes frontales. Israel salió del lugar con el diafragma expandido, la barriga a sus anchas.

La abogada Diana Manrique atendió en su despacho a doña Mónica, una mujer dedicada al hogar y a dos hijas, una apenas gateaba, la otra tenía la edad en que se comen los mocos que burbujean y asoman por la nariz. Doña Mónica necesitaba que su casa de tejas de eternit, la que compró con su marido con el esfuerzo con que compra la clase media-baja colombiana, fuera desafectada de una medida jurídica que la hacía inermbagable. El trámite se debía a que tenían una oportunidad única de, por fín, comprar la casa de dos pisos con la que soñaron siempre, lo que obligaba a levantar el llamado "patrimonio de familia inembargable" para proceder a la compra. Cosa de abogados. -Bendita sea mi madre Lucrecia- rezaba Mónica cuando se enteró de la ganga -Bendita sea mi madre misericordiosa- repetía.

Don Israel llegó a la hora y fecha acordada con el agente del banco. Llevaba puesto un saco de lana azul percudido, unos pantalones cafés a los que le escurrían gotas de pintura seca y blanca que olían a una mezcla entre formol y taller de carpintería, como al acerrín árido. Estaba convencido de que el crédito era suyo. Su cabeza estaba adornada por un mar de pelos cortos, blancos, atornillados a ésta, como luce cepillo para lustrar botas. Cepillo que supo utilizar durante los primeros años de la década de los 80 cuando la situación estuvo dura. Culpó al Presidente Belisario, culpó a los comunistas. Culpó a la decendencia de los Kennedy y al Movimiento 19 de abril. Le sudaban las manos, no solo estaba nervioso, lo parecía. Israel era un tipo de varios oficios, tenía 62 años y ya conocía la minucia y el arte de los oficios varios. El crédito era suyo. Israel ha sido independiente desde que su padre lo abandonó a él y a sus 14 hermanos, la mayoría de ellos con nombres irrepetibles, como Viruelo, Fulgencia y Agripina, la mayor. Frotaba la palma de las manos, mientras aguardaba paciente.

La doctora Diana Manrique aceptó llevar el trámite que necesitaba la señora Mónica. El asunto era realmente sencillo: demanda ante la jurisdicción voluntaria, admisión, sentencia y honorarios. Pan comido. El pan estaba servido en la mesa, Mónica vació la olla de ague'panela en los pocillos, dejó a su hija mayor en la escuela y a cuestas llevó a su hija menor, la que gateaba, no la que se los comía mocos. La cita con la abogada Manrique era a las 8:30. En Bogotá, para no ser ajenos a la rutina, llovían agujas de agua, las que más mojan. El Bus Restrepo-Germania estaba a punto de desbordarse de cuerpos y cabezas humanas que escurrían agua a cántaros, como cascadas de carne húmeda que olían a un collage de verduras, tierra, café y campo. Como al olor de la patria chica que entra por las ventanillas del carro cuando se huye de la capital. Como a ese tufo que expele el campo recién duchado, el que ingresa al carro cuando los chicos bajan los vidrios para sacar sus cabezas y escabullir sus melenas, rompiendo contra el viento. El bebé que aprendía a gatear estaba estampado contra los pechos de su madre, la mano izquierda de ella estaba aferrada al paral superior de la cabina del bus y Mónica, entre tanto, memorizando un discurso sobre como pedir misericordia en caso de que los honorarios fueran más de lo que podía pagar.

Don Israel tomó asiento. Firmó dos formatos que hacían falta y se saboreaba cada vez que el agente se paraba de su lugar para regresar con más formatos, más fotocopias y más trámites. Lamentó su suerte. Después la bendijo. Recibió copia de la solicitud, la cédula falsa que creía había pasado desapercibida, un folleto sobre el uso adecuado de las tarjetas de crédito, y plástico en mano se paró del asiento estrechando la mano del agente y siguió, conforme el plan. No hubo sospechas -pensó-

Mónica no tuvo que dar mayores explicaciones. La abogada Manrique comprendió que la situación era apremiante: los comunistas, el M-19, la familia Kennedy, Belisario. Se fijaron cien mil pesos de honorarios y un anticipo de cincuenta mil para comenzar. Se firmó el poder. Doña Mónica agradeció la benevolencia de su nueva abogada. Le rezó a su madre bendita Lucrecia. Preguntó por cuánto podía durar el trámite ya que los tiempos eran estrechos, si no levantaba el patrimonio de familia inembargable se exponía a que el vendedor de su casita añorada de dos pisos, donde cabrían Tulia, su cuñada, y su descendencia, arreglara con otro cristiano. La doctora Manrique sonrío con prepotencia y habló de dos semanas, un mes a lo sumo. -Bendito sea el niño jesús y mi mamacita Lucrecia- la emoción la embargaba, ¡quien lo creyera...!

4 comentarios:

  1. Ajá y ¿qué pasó?
    No dejé así a los lectores hermano.

    Saludos.

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  2. Habrá que esperar la parte dos, aunque parezca predecible, la escena es triste y necesaria.

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  3. No, no se animen a predecir.
    Esta tarde va el capítulo II

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