jueves, 29 de julio de 2010

Capítulo X - "La Excepción y la cena"

PREÁMBULO

Por razones que desfilan entre la casualidad, la fortuna y la falta de vergüenza, terminé recibiendo una invitación irresistible de parte de Osaki, el más posicionado restaurante de comida oriental en Bogotá. La invitación consistía en que ellos, entre sus gentilezas, ponían a la disposición de este humilde servidor y su acompañante 5 vinos Aliwen y 5 ejemplares de degustación de su menú, con el aliciente de que Carlos Concha, enólogo invitado de la casa proveedora, en persona, pasaría comentando anécdotas y curiosidades sobre el servicio de bebidas, y los gestores de las viandas harían lo mismo sobre el maridaje. Yo me sentaba, engullía, preguntaba y durante dos horas y media toqué el cielo de la gastronomía con las manos. Ah! Por cierto, a cambio y como irónica contraprestación, yo escribiría en mi blog sobre la experiencia con toda libertad. No me quedan dudas, podría ser denunciado por cometer una estafa. Justo o no: heme aquí.

"OSAKI Y UNA CENA MARINADA CON VINOS ALIWEN"

En nada se parecía a las tradicionales y lánguidas catas de vinos en las que un sujeto sobrenatural dueño de un paladar digno del olimpo dicta cátedra a un improvisado séquito de personas compuesto por dos sectores: uno compuesto por los desapercibidos y los desaliñados; y por otro lado, el de los eruditos y los sofisticados que habitualmente asisten a esta especie de disertación.

No había altares ni atriles para el supremo, de hecho no había supremo alguno, el salón lo componían los retribuidos y otros pocos suertudos que como yo asistieron por cortesía. Todos al mismo nivel y en la misma cubierta de los benefactores que comían y departían con todos. No alcanzaba a ser un festín medieval...tal vez sí, tal vez si era una "Cena Maridada". Con toda gracia le ajusta el título, casi de un sastre.

El orden de los platos era lo único preestablecido, lo demás lo decidía el comensal. Así fueron llegando, uno a uno los platos, y los vinos en complicidad liberados de la botella fueron a parar a las espaciosas copas para que se impregnaran de oxigeno y así liberaran todos los sabores que anduvieron represados dentro de la barrica de fino roble. Uno a uno fueron asomando los temas entre las mesas, eufóricos unos, susurrados y en secreto otros, discreción y carcajada, el tiempo consumía la velada.

Lo cierto es que los sentidos fueron cuidadosamente estimulados. Al tacto y al gusto les bastó descubrir dos sensaciones opuestas: aquella rugosa concentrada en 3 piezas de sushi relleno de palmito sellado que era cabalgado por una mayonesa de tartar de atún, salmón y tilapia con aguacate. La otra percepción era líquida, nadaba entre un caldo tailandés que incitaba al picante pero al tiempo fusionada con el perfume y el aroma dulce con sabor a tamarindo, lima y nampla.

Los vinos que acompañaron las entradas menearon en un sabor de menor rivalidad y contradicción, para mi eran vinos blancos, si acaso frescos, pero no podría descifrarlo bien. Cuando abordé al enólogo, disparó: "...Banana, pera, mermelada" mientras él hablaba, ya podía identificar los sabores. Yo parecía tonto y curioso, él, rubio y crespo, era sabio y no presumía.

Luego los fuertes: Pad Thai de fideos acompañados con pollo y camarón, dulce y ácido al tiempo. Mis sentidos confundidos otra vez. Lomo en salsa de curry rojo, "ligeramente picante" decía el menú. Servido en una vasija para compartir, acompañado de arroz jazmín y una baguette pequeña. Esta vez, seguro se tomaron una licencia de más y mezclaron el tradicional sabor de Camboya con un ícono francés por excelencia.

Tantos sabores dominantes eran dignos de un vino con más cuerpo, esta vez un tinto de carácter, como el hijo varón de una familia numerosa. Esta vez si son mis palabras, alguna enseñanza en mi percepción dejó el señor Concha. Primero un Syrah bastante astringente y seco pero lo salpicaban sabores que recuerdan frutos maduros. Luego un Cabernet Merlot, más terso, caprichoso pero menos imponente, apenas acompaña y cede el protagonismo al lomo fino que se deja fraccionar por el tenedor.

Culminan las horas y para el final, Osaki echa mano de un clásico, un brownie pero aclaro, no cualquier brownie, no, un señor brownie, un brownie que merece el respeto que merecen los más ancianos. Lo rodea un borde crujiente y en las entrañas es cremoso, 'efervesce' dentro de la boca. El helado de vainilla que se derrite en su lomo apenas está adobado por una hoja de menta. No necesité de un vino, quien me acompañaba, al frente mío, era lo suficientemente dulce...


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Sólo me queda agradecer al gestor de esta invitación...Gracias!

1 comentario:

  1. me parece que esta velada fue muy importante para el escritor y solo con esta pequeña descricion me hizo saborear cada pedazo de comida servida y cada sorbo de vino degustado, estas descripciones son dignas de un muy buen critico o un chef de alta cocina por lo que me queda decir que este señor a dado una muy buena reseña de este restaurante.

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