martes, 28 de junio de 2016

Más respeto por los ídolos

Finalmente llegó el día en el que Messi dijo basta y renunció a la selección argentina de fútbol. La conmoción que dejó la noticia se puede comparar tranquilamente con el cubrimiento mediático que se desplegó el jueves pasado cuando el Reino Unido votó por otra renuncia, la de pertenecer a la Unión Europea. El despliegue de cables de prensa, columnas de opinión, y comentarios aficionados, en ambos casos es semejante, aun cuando distan mucho en características y relevancia. Sin embargo, el fútbol, como decía Jorge Valdano, "la más importante de las cosas menos importantes de la vida" se hace sentir con sus enseñanzas cada tanto, porque es un termómetro de lo que somos como sociedad, no es más, no es menos. Un espejo de la humanidad, y al fin Messí renunció.

La actitud de Messi deja un sabor amargo en la boca, seguramente porque como sociedad, demandamos siempre un poco más de los héroes: que no se rindan, que fracasen más, que se paren y vuelvan a pedalear, que tengan temple y contagien de carácter a sus compañeros de equipo, que superen las adversidades y logren sus objetivos. Todo eso es cierto. Pero para mi Messi, al margen de cualquier discusión sobre si es el líder que se merece la selección o no, no es otra cosa que un superdotado que nació con un talento astronómico para jugar al fútbol, pero que no deja de ser humano. Y hoy siento que Messi, se ha bajado del olimpo, para demostrar que la condición humana también hace sensible a las personas, vulnerables, tímidas, introvertidas, temerosas y no se debe ir más allá de eso. Tal vez la opinión pública fantasea con figuras irrompibles que no existen. Tal vez Messi es un líder por resignación, no por convicción, no por elección propia.
 
Y aunque la actitud de Messi deja muchas reflexiones sobre lo que somos como sociedad, y al cabo, no deja de ser un problema foráneo lejano a los conflictos de este país en el que nací y que poco o nada ha ganado en el fútbol, me preocupa lo cerca que está situación de nuestra realidad, futbolística y social, de lo que Colombia como sociedad exige y exprime de esos pocos talentosos que cada tanto nacen, se logran destacar a pesar de que optan por el fútbol como alternativa para escapar al hambre y no como profesión, y aún así, hoy son dignos profesionales capaces de hablar otra lengua apenas con un bachillerato encima, que no salen a despilfarrar las fortunas que reciben por jugar al fútbol, por entretener a millones.

Acá no estamos muy lejos hacia el maltrato a nuestros héroes. Por un lado, hay un sector del periodismo que quiere brillar y para no decir lo obvio, atrapados por sus complejos de autoestima terminan por autodestruir el mejor patrimonio futbolístico que ha dado esta generación apoteósica de futbolistas que dignamente nos representan en donde quiera que juguemos, porque hoy Colombia podrá no ganar nada, pero compite, y compite bien. Y después de la sobresaturación de noticias irrelevantes sobre la vida personal de los futbolistas, sigue el paredón, y entonces a demoler lo conseguido porque nunca es suficiente: a James, palo por tartamudo, porque le pega solo con la izquierda, porque se pone rojo, porque frustrado por la derrota se quitó la medalla, porque le gusta el reggaeton. Y asi se ha repetido el ciclo, pasó con Falcao, pasa con Cuadrado, pasó con Stefan Medina, pasará con Arias. No solo es la prensa. Es mas grave porque también maltrata la propia afición. La irreverencia de la gente sumada al anonimato amplificador de las redes sociales hacen que miles entre millones opinen irresponsabilidades sin sentido, suficientes para hartar a nuestros ídolos, de carne y hueso, que como en Argentina, que como Messi, humanos, se frustran, se cansan y se deciden por disfrutar lo que saben hacer en paz, para que nadie opine nimiedades sobre ellos, para que nadie los juzgue. Para que nadie se sienta con el legítimo derecho de destruirlos porque son "figuras públicas" y bien merecido lo tienen. No se olvide que nuestros futbolistas, en su gran mayoría son personas que se hicieron adultas de forma precoz y ninguno tiene más de 30 años.
 
Y aunque la reciente eliminación de Colombia en la Copa América a manos del campeón enfureció a muchos, unos olvidan que lo más hermoso del deporte es la posibilidad latente que hay de perder, de que el rival gane en franca lid, que sea mejor, que juegue mejor, que gane con la ayuda del arbitro, que un mal rebote de justo en los pies del contrario y haga un gol, o que en pleno partido caiga una tormenta durante dos horas que enfríe el ímpetu con el que tenía arrinconado al rival. Por todas esas cosas, en el fútbol ganar cuesta tanto y sin embargo, perder cuesta poco. Es que al fin y al cabo, el fútbol es sólo un deporte. 

El fútbol, la más importante de las cosas menos importantes de la vida, nos deja como lección que a nuestros ídolos, esos que nos acostumbramos a no ver nacer casi nunca, esos que nos han dado la posibilidad de figurar en un podio, de pertenecer a una elite a la que nunca pertenecimos, hay que cuidarlos, hay que disfrutarlos, hay que dejar que sean como son y no como nos gustaría que fueran. 

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