lunes, 8 de septiembre de 2014

Homenaje a los huesos fuertes

Soundtrack

Si hago bien las cuentas, tan solo a los 4 años mi padre ya recibía su primera cirugía de corazón abierto. Entiendo que un problema congénito en la formación de las válvulas de su corazón lo hicieron un niño menudito. Su estatura era media pero los brazos eran flacos y raquíticos. En verdad siempre me dio curiosidad su figura de muñeco de trapo, en comparación con las protuberantes barrigas de los papás de mis amigos que podían presumir de globos terráqueos que se suspendían en sus vientres, arropados bajo césped de vello. Esa figura de machote era la silueta genérica que cuando niño, mi cerebro proyectaba sobre la imagen que usualmente tenía un papá: una especie de tipo robusto, de brazos grandotes, bigote espeso y la cabellera tupida. En cambio el mío, mi padre adorado, siempre fue una figurita liviana de brazos largos, joroba en el espinazo y con la cabeza pelada rodeada de una coronita de canas. Supongo que mi papá siempre fue un tipejo exiguo entre sus compañeros. Supe de sus huesos frágiles. Supe que le gustaba el deporte pero por el soplo al corazón nunca tuvo resistencia para practicar con disciplina, para correr después de romper un vidrio, para maliciar con gallardía, para batirse a puños sin ortodoxia en una riña de suburbio, para abrazar vanidoso a una mujer con ese garbo con que actuamos los hombres en la adolescencia. Papá entonces se dedicó a profesar artes intelectuales. Fue docto, cultivó la curiosidad, devoró lecturas y fumó cigarrillos, mientras los compañeros del barrio sudaban, se rodeaban de animales y olían a estiércol al llegar a casa. A decir verdad, a pesar de la figura de pro hombre y la admiración que me generó mi padre durante toda la vida, nada de esto se debía a su contextura física. Siempre fue por su cerebro y por su forma tan natural de ver las cosas, por su sentido común agudo. A papá siempre le pedí consejos, pero nunca lo usé para acusar a los agitadores ni a mis propios fantasmas.

----

Jesús Antonio cruzó la calle con rumbo hacia la cigarrería. Iba a aprovisionarse de 2 bolsas de leche entera, de la misma marca que durante toda su vida había comprado, y una docena de huevos. Cada 10 días la santa rutina se repetía. Como una devoción parasitaria. Los pantalones desajustados por si la panza se le inflaba, los zapatos bien embolados, la camisa con los puños y el cuello apretado, haga o no haga ese calor primaveral que de repente azota a Medellín. Bajar los cuatro pisos del viejo edificio donde vive y cruzar una cuadra hacia el sur, una sola cuadra hacia el sur, para comprar en su devoción, en su rutina de viejo, dos bolsas de leche y una docena de huevos. No tres bolsas de leche y dos docenas. No. Dos bolsas de leche y una docena de huevos, ni más ni menos. Valgan lo que valgan. Lunes o martes. Pasarán diez días y Jesús Antonio irá, de vuelta al depósito para juntar el arsenal.

----

Cuando logré sacudirme del hediondo sabor de la adolescencia problemática y pasé de ser un muchacho calavera repleto de problemas de incomprensión social, para comenzar a actuar más parecido a un tipo común dispuesto a hacer las tareas y avisarle a sus papás cuando salía de casa y a qué horas llegaba, comprendí que mi papá, a pesar de toda su genialidad, no me iba a durar toda la vida. Incluso, comprendí que me iba a durar menos que lo que le duraría su papá a cualquier otro de mis amigos, a cualquier otro de mis conocidos.

----

El pasado viernes, el fatídico veredicto de su propia rutina, de su bendita rutina, condujo a Jesús Antonio a hacer lo mismo que hace cada diez días cuando se acaban los huevos y la leche, como lo ordena la costumbre. Como pasa con los que cagan a las 8 de la mañana. Como pasa con los que se cortan las uñas de los pies el primero de cada mes. Sea el día que sea. El pasado viernes, pasaron diez días desde la última vez, así que Jesús Antonio salió del viejo edificio, bajó cuatro pisos, puso un pie sobre la acera, y caminando cada vez más lento, pero erguido y airoso, cruzó la calle 47 del barrio estadio y en la cigarrería de la esquina se aprovisionó de su bencina, de su combustible, del sacro misterio que confiesa, cada vez que algún desconocido le pregunta cómo le hace para mantenerse tan vital: huevos y leche. Leche para disolver dos pastillas de chocolate. Huevos para revolver e intercalar con bocados de una arepa que él mismo sabrá cocinarse, al desayuno y a la cena. A las siete de la mañana y a las seis de la tarde respectivamente.

-----

El próximo veinticuatro de abril, papá habrá cumplido cuatro años desde que murió. Aquella vez me vi envuelto en un manojo de extrañas circunstancias que me llevaron a enterrar a mi padre adorado en Cartagena, una ciudad a la que no le tengo cariño, ni el más mínimo arraigo, o incluso una remota tía política de donde generar un vínculo, distinto a su muerte. En verdad Cartagena nunca terminó de agradarme. Para mi, Cartagena es como una señora bravucona y altanera, absolutamente desconocida, de esas que se pinta los labios de rojo intenso, escarlata. Una muralla infranqueable. Para mi, Cartagena es esa señora que habla bulliciosa, con un timbre de voz insoportable, pero de esas que a pesar de que son una patada en el culo, un suplicio, una visita al dentista, Cartagena es una señora hermosa, madura, que vive en una casa lujosa, antigua y exuberante. Para mi, la ciudad en la que enterré a mi padre es la envidia de las nobles damas, de las que presumen y de las que babean codicia sin humildad. Ahí me despedí de mi padre. También lo cremaron ahí, en Cartagena. Cuando nos entregaron a mi hermano y a mi los restos en una cajita de roble oscuro, logramos contar con una misa humilde, improvisada y casi en ascuas, pudimos darle un último adiós. Contrario a la soberbia y al tamaño de su grandeza, mi papá se fue como siempre lo quiso: en un modesto silencio, rodeado únicamente del exclusivo círculo de sus afectos, sin despedidas arrogantes, sin noches de gala, sin homenajes ni comparsas. Se fue como lo que fue: menudo y liviano. Sencillo como siempre.

-----

Jesús Antonio se disponía a cruzar la calle mirando con especial cuidado sus pasos, la acera que bajaba y la acera del frente. Clavó con atención su mirada al costado del que provenían los carros para asegurarse dar marcha segura a su destino. Huevos y leche bajo el brazo, fue a dar el primer paso cuando sintió un frío que retumbó desde el núcleo de su fémur y subió como un ventarrón por los nervios hasta la parte de atrás de sus ojos. Se cerraron las cortinas, se encegueció todo a su alrededor. Jesús Antonio sintió como se caía su preciada mercancía al piso, en cámara lenta, al tiempo que se mecía su cuerpo desplomándose hacia el suelo, perdiendo cualquier noción sobre lo que era el equilibrio. Primero estallaron algunos de los huevos que venían aprisionados entre la caja; luego rebotaron contra el pavimento las dos bolsas de leche que llevaba en la mano izquierda; y luego su cúbito derecho se fraccionó en pedazos, desplazándose del lugar anatómico dónde debía estar. El brazo se deformó cediendo a la hinchazón y una necrosis pintó el color pálido de sus muñecas anchas.

Un taxi avanzaba a toda velocidad en reversa, en contravía. El tipo que lo manejaba intentaba retornar por la calle que atravesaba Jesús Antonio los suficientes metros para hacer un giro a la derecha que había olvidado dar. No se percató de que del andén se bajaba mi abuelo, Jesús Antonio Mejía, dispuesto a cruzar la calle como lo hacía cada diez días cuando tenía que aprovisionarse de dos bolsas de leche y una docena de huevos.

----

Las cenizas de mi padre las separamos en tres bolsas distintas. Un puñado de ellas lo utilizamos para sembrar un árbol en el jardín del edificio donde vivíamos mi hermano mi mamá y yo. Otro manojo fue a parar en un recipiente que guarda con orgullo mi tío en su finca. Del último pucho, prometimos hasta el sacio enterrarlo en una casa que papá construyó con su esposa, para que allí creciera un árbol de mango. Sería el más grande de todo el Carmen de Apicalá. Iba a dar frutos pródigos, mangos gigantes, mangos biches, mangos con sabor a limón y aguardiente como él se los habría querido tomar si no se lo hubiera llevado un enfisema pulmonar sin misericordia. Ese árbol iba a dar mangos ácidos, verdes por fuera y amarillo pálido por dentro. De ese árbol iban a caer los mangos más deliciosos que alguien jamás habría podido morder, pero nunca sembramos el árbol. Francamente,  no se dónde podrán estar ese puñado de restos de mi querido padre.

----

Era obvio que mi abuelo no se había percatado de mirar si venían carros bajando por la calle en el sentido contrario al que deben circular. No lo habría hecho él, no lo habría hecho yo. No lo habría hecho nadie, por que eso simplemente no es sentido común, que en estas tierras, parece ser un mito o una leyenda de otros tiempos que nunca habitó aquí. El carro alcanzó a detenerse intempestivamente cuando ya había golpeado con furia la cintura de mi abuelo. Al chocar contra su cuerpo, la inercia del carro alcanzó a avanzar unos centímetros más, lo suficiente como aprisionar su pie entre el pavimento y la llanta trasera. El cuerpo de mi abuelo quedó anclado al piso mientras su cuerpo se derrumbaba cuadro por cuadro, se abalanzaba en su inmensidad hacia el fatídico destino que nos acompaña a los mortales: morir. Morir de un tajo, en un suspiro, o caminar toda una vida con la sentencia de muerte a cuestas. Da igual.
----

Lo sorprendente del caso es que mi abuelo es un grueso y macizo hombre que nació hoy, hace exactamente noventa y cinco años, seis meses y veintinueve días. Fue atropellado el pasado viernes por un imbécil montado en un objeto capaz de desarrollar la inercia, la energía y la reacción física suficiente como para alterar el curso de la vida y simplemente decidir quien está en derecho de continuar viviendo o de detener el paso del tiempo sobre el mundo que conocemos. Aún así, con todo y la estolidez supina de los chimpancés que por estas tierras viajan a velocidades intergalácticas en reversa, mi abuelo, Jesús Antonio Mejía sigue en pie, con un brazo enyesado, y un morado en su pie izquierdo. Tiene 95 años, un poco menos del doble de los años que alcanzó a vivir mi padre y el suceso me tiene dando vueltas entre la simbología, la fe y otras contradicciones humanísticas que todavía no logro procesar.

Ante la fugaz imagen de mi padre que se desvanece con el tiempo, cuya forma humana se esfuma y pasa a transformarse en algo más parecido a lo divino, al rol que guía mis conductas, a la ambición por ser alguien mejor, me queda la celestial y humana forma de mi abuelo. Hecho carne, hueso y tiempo presente, así haya nacido el mismo año en que estalló la primera guerra mundial y pueda estar vivo y cuerdo para recordarlo. Recuerda eso, como recuerda las lecciones de francés que memorizó antes de que mataran a Jorge Eliecer Gaitán, o sea, antes de que se fundara las Fuerzas Armadas Revolucionaras de Colombia y otras mierdas de tenor semejante como el Frente Nacional, el Bogotazo, la guerra con Corea y el envío de tropas a Paraguay.                                                                               

Mi abuelo, es la representación carnal de esa sentencia mortal que reza que “uno está en este mundo hasta que Dios decide” o que “uno se muere el día que le toca morirse”, y otros consuelos entrañables, todos ciertos como un bolero. Mi abuelo es la fiel raíz de mi padre, su tronco y sus ramas. Mi abuelo es la longevidad que siempre deseé para la frágil salud y el cuerpo de muñeco de trapo de mi papá. Mi abuelo es la vida hecha disciplina. Mi abuelo es la constancia por la suerte con que se cuenta y la resignación a vivir con lo que se tiene. Mi abuelo es el olor a la colonia Roger & Gallet que perfuma las mañanas cuando amanecía en su cuarto. Mi abuelo es un homenaje a la abundancia de calcio. Un homenaje a los huesos fuertes.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Diagnóstico apresurado

Recientemente, en el Foro "Privación injusta de la libertad: ¿Resultado de la política criminal o de la aplicación de la medida por los operadores" organizado por Publicaciones Semana, expertos de la Rama Judicial coincidieron en la importancia de que el Estado revise la política criminal en relación con la imposición de medidas cautelares que afectan la libertad del procesado dentro del proceso penal, con el fin de detener el perjuicio fiscal que se viene generando al erario, habida cuenta de la interposición masiva de demandas de reparación directa que buscan obtener la declaración de responsabilidad patrimonial del Estado derivada de la privación de la libertad de procesados que posteriormente resultaron exonerados por estos cargos.

Por parte de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado, su Directora Adriana Guillén dirigió el debate hacia la necesidad de revisar la política criminal del país. Según la funcionaria "debemos replantear la medida cautelar de detención preventiva, su necesidad y el procedimiento para operarla sin que genere riesgo al Estado y al ciudadano". Por su parte, el Vicefiscal General de la Nación Jorge Perdomo aseguró que Colombia es un país carcelero lo cual conlleva a los operadores jurídicos a dictar medidas de aseguramiento sin los fundamentos y pruebas necesarias.

La imposición de la detención preventiva como instrumento cautelar dentro del proceso penal, es una medida que viene precedida de una serie de comprobaciones que de por sí exigen una profunda verificación de condiciones fácticas y jurídicas, por lo que su implementación en teoría, acarrea consigo un ponderado juicio de legalidad en cada caso concreto. Por ello, a mi juicio, tanto la Directora de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado, como el Vicefiscal se equivocan en el diagnóstico de lo que supone que hoy el Estado tenga que responder por 18.565 procesos judiciales en donde se invoca la privación injusta de la libertad como el fundamento jurídico de la reparación, pues el problema no sólo proviene por la aplicación de estas medidas. Se trata de un fenómeno bastante más complejo.

El ámbito responsabilidad patrimonial del estado por la detención preventiva de personas que resultan absueltas dentro del proceso penal ha sido ampliamente debatido por la jurisdicción contencioso administrativa, y particularmente el Consejo de Estado ha presentado una evolución jurisprudencial desde hace décadas sobre este punto, lo que no convierte el tema en un debate nuevo. Más allá de si existe o no un régimen de responsabilidad generado por el hecho del juez, el problema de la responsabilidad patrimonial del Estado se ha agudizado pues las demandas de reparación por esta causa han encontrado eco en los fallos judiciales y en la orientación de la jurisprudencia contenciosa, la cual viene planteando que la responsabilidad del Estado por la detención preventiva de personas que resultan absueltas dentro de un proceso penal comporta un régimen objetivo. Hemos pasado de un régimen prácticamente objetivo, a uno, ciertamente objetivo.

Cualquier margen de duda sobre el particular quedó zanjado en el más reciente fallo de unificación que emitió esta corporación (Sentencia de 17 de octubre de 2013. Radicación 52001-23-31-000-1996-745901. Consejero Ponente: Mauricio Fajardo Gómez) en donde la Sala reiteró que el fundamento jurídico que desarrollaba el régimen de responsabilidad del Estado, por la privación injusta de la libertad, responde a la categoría del daño especial (régimen objetivo) y no a la categoría de la falla del servicio (régimen subjetivo) tal como se consideró anteriormente.

Entonces, la novedad que trae consigo el fallo aludido, es que al evaluar si hay lugar o no a determinar la responsabilidad del Estado por los daños y perjuicios causados a quien ha sido privado de la libertad de manera preventiva para ser posteriormente absuelto, no tiene ninguna consideración la legalidad en que se dictó la medida, los fundamentos fácticos o jurídicos que le sirvieron de respaldo, y mucho menos las pruebas que la sustentan. Así, quien ha soportado una medida de detención preventiva y resulta absuelto en el proceso, esta igual de legitimado para demandar al estado, si su detención se dictó bajo el más estricto apego a la ley, o si se hizo ante la más absurda arbitrariedad.

Por lo anterior, vale la pena cuestionarse si como lo afirma el Vicefiscal, ¿El problema de las condenas contra la Nación por privación injusta de la libertad se debe a que en los procesos penales se vienen dictando medidas de aseguramiento sin fundamentos o sin las pruebas necesarias? En un régimen objetivo de responsabilidad, aún habiendo sustento probatorio y normativo para dictar las medidas cautelares, la responsabilidad patrimonial del Estado se genera con la absolución del procesado. A la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado y a la Fiscalía General de la Nación, les conviene estudiar con detenimiento las implicaciones que trae consigo el fallo del Consejo de Estado con el fin de buscar un soluciones más operativas y menos rendundantes, llenas de obviedades y lugares comunes como proponer revisar intangibles como la política criminal

A propósito de soluciones prácticas, vale la pena ahondar el debate analizando el rol del Estado en las etapas de conciliación prejudicial en materia administrativa. Esta fase que se ha erigido como requisito obligatorio de procedibilidad y cuyo único resultado palpable ha sido la generación de obstáculos a la expectativa general de la ciudadanía de obtener justicia pronta, ha pasado inadvertida en el estudio de las posibles soluciones que se encuentran a la mano. Modificar esta tendencia, bien podría ser la clave en todo este asunto. 

Según las cifras presentadas por la ANDJE, si los 18.565 procesos judiciales que se adelantan contra la administración por este concepto, podrían costarle al Estado 22,9 billones de pesos. Bueno sería replantear el rol de la defensa jurídica de la nación en las audiencias de conciliación que se tramitan por estos mismos hechos ya que el fundamento normativo del derecho en cuestión es puramente objetivo. Una cuestión de simple aritmética: si se conciliara al 50% de las pretensiones, en el 50% de los procesos judiciales, el ahorro por ese sólo hecho podría alcanzar una suma cercana a los 6 billones de pesos. Si se tiene en cuenta que, de acuerdo con el Consejo Superior de la Judicatura, se requiere una suma cercana a 1 billón de pesos para inyectarle a la renovación de personal de la Rama Judicial para hacer frente al nuevo paro judicial que se parece avenir, hacer un uso efectivo de la conciliación como instrumento genera sin duda, un impacto altamente positivo en las finanzas públicas como en los indicadores de congestión judicial.

Es cierto que el fenómeno de la imposición de detenciones preventivas sin suficiente asidero no debe quedar a un lado del contexto, pues en realidad esta conducta irresponsable contribuye con la tormenta que se viene formando. Pero al menos convengamos en que éste no es el único epicentro de las demandas por privación injusta que se vienen incoando. Un diagnóstico sensato que estudie de fondo el problema de la repercusión fiscal de las condenas al Estado por privación injusta de la libertad, debe conducir a la identificación de problemas y proposición de soluciones a corto y a largo plazo para no cometer los errores de siempre. 

En el largo plazo, se requieren soluciones de mayor impacto que ameritan una intervención interdisciplinaria, que en cualquier caso benefician no solo la salud fiscal del país, sino la correcta administración de justicia. Entre ellos están: i) Mejorar la evidente integración y sinergia que existe entre la Fiscalía General de la Nación y las entidades que cumplen función de policía judicial, que se constituye en el hecho generador de que ante los jueces penales se presenten juicios sin sustento probatorio suficiente para presentar la teoría del caso, con el agravante de que el procesado se encuentra privado de la libertad, lo que trae como consecuencia las posteriores absoluciones. ii) Atender a través de la carrera judicial de la Fiscalía General de la Nación, la notoria falta de profesionalización y competencia de los operadores jurídicos en quienes recae la titularidad de la acción penal que es lo que en buena medida supone la emisión de fallos absolutorios, detonante que configura la responsabilidad del estado, y iii) emitir directrices desde las más altas esferas de la Rama e invertir en proceso de formación de los funcionarios judiciales para que racionalicen el uso de las medidas de aseguramiento.

Sin embargo, en el corto plazo, debe plantearse un debate nacional sobre el uso racional y efectivo que debe hacer el Estado en la etapa conciliatoria prejudicial de los procesos administrativos surtidos por este tipo de hecho generador, teniendo en consideración que se trata de procesos de responsabilidad objetiva en donde las posibilidades de vencer en juicio son francamente menores. Para esto se requiere voluntad política, el diseño de una estrategia concreta que permita al representante de la entidad demandada llegar a un acuerdo conciliatorio sin temor a ser llamado a responder penal y/o administrativamente por ese hecho más adelante, y un verdadero trabajo de evaluación de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado, que permita identificar del universo de demandas, cuáles tienen un asidero razonable para calificar estos asuntos como conciliables, pues no se trata de pagar dinero inoperativamente por deshacerse del peso estadístico.  

martes, 6 de mayo de 2014

Carta a Silvia

Hola Silvi.

Cuando supe que su mamá cumplió con su vida en este mundo que conocemos, y el único que nuestros sentidos y la comprensión sensorial de nuestros cerebros primitivos parecen entender, pensé en llamarla a desearle mucho ánimo, mucha paz y muchísima fuerza.

Naturalmente, ahora que está viendo estas palabras, sabrá que el problema estuvo en la elección del verbo, ya que que preferí escribirle algo en vez de llamarla. Sin entrar en mayores discusiones -que no las hay-, pensé que llamarla podía ser inapropiado. Como remitente del mensaje, nunca sabré si el momento en que la llame es el oportuno. En cambio, la vieja usanza de las palabras no me enfrenta al predicamento de la pertinencia, por que esencialmente usted leerá esto cuando sienta que está dispuesta a leerlo. Mientras tanto, la oportunidad del mensaje no me distrae del contenido, que es lo que realmente me importa.

No se cuantos consejos buscó durante estos meses en que su mamá venía mal de salud y que finalmente la enfrentaron, a usted, a la posibilidad de vivir sin ella en este mundo. No lo se. Pero me sentí muy orgulloso de saber que buscó mi opinión sobre el tema. Así todo esto se deba a algo que no proviene de méritos personales, sino de una triste coincidencia ya que yo había pasado por esto, me alegra poder estar en una situación preferente respecto a muchos de los que pertenecemos a "esta" generación, por que enterado de la partida de su mamá, siento muchas cosas que quiero decirle y siento que la experiencia en estas lides me acreditan:

La primera, es que quiero darle un abrazo muy profundo y muy sentido. Un abrazo como lo dan las personas de verdad, cuando sienten de verdad, y cuando expresan sus sentimientos en verdad. Y así lo haré, ya habrá momentos oportunos para hacerlo. Pero nunca va a sobrar la promesa incondicional de un amigo que prefiere decirle que quiere abrazarla antes de hacerlo.

Lo segundo que quiero decirle, es que la vida es una maquinaria misteriosa que hace las cosas de una forma muy particular y generalmente muy lejana al raciocinio nuestro. Generalmente la vida no deja las cosas libradas al azar y con el paso del tiempo es que uno logra entender lo que parece caprichoso; uno comprende que son justamente las formas más obvias en que las cosas deben suceder, por inexplicable que parezca esto de perder a alguien. Por eso mismo, supongo que estos últimos meses, a raíz de los quebrantos de salud de su mamá, usted tuvo la posibilidad de acercarse a ella y reivindicar su lado más humano, el más cercano, el más gratificado. Estoy seguro que su mamá seguramente merecía esas manifestaciones que terminaron por sanar los lazos y por ordenar las cosas para que cada objeto, cada afecto y cada culpa quedara en el lugar en el que pertenece. Los bienes a la vista, el afecto dentro del corazón, y la culpa en un viejo baúl con llave y candado.

Cumplida la redención, queda el goce. No me quedan dudas que tuvo también el tiempo para vivir con su mamá unas semanas gratificantes, apenas necesarias para dejar los sentimientos amargos atrás y para consumirse en lo que las madres deberían sentir por las hijas, y las hijas por sus madres. Amores perpetuos. Dedicatorias infinitas. Modelos de vida para seguir adelante. Alimentar el espíritu. Desdoblarse de este mundo tan palpalble y tan corriente para creer en un más allá, para hacer una oración, para encomendarse a algo cercano.

Y ahora queda usted, sola en este mundo pero acompañada de la gran contradicción del significado del ciclo de la vida, con un ángel de la guarda en su bolsillo, y con la satisfacción del deber cumplido, de haberle dejado a su mamá cada una de sus fuerzas, en vida; a cambio de un pacto que a partir de hoy se firma para no romperse: ella la va a cuidar y no va a dejar que nada le pase. Hasta que se consuman sus días en este planeta, hasta que sea usted la que se vaya de este lugar de la tierra, se convierta abono de un cultivo, sus cenizas se hagan polvo, el polvo se haga árbol, el árbol florezca, la flor se haga polen y como polen, vuele por los cielos tiñiendo de colores el paisaje en alguna primavera, en algún lugar lejano, para cumplir otra vez su pacto con sus hijos, su esposo, su novio, sus seres queridos, yo que sé. Con algo, con alguien. Por que nadie en este mundo es una isla, y hoy, más que nunca en su vida, usted no divagará sola por ahí. En adelante, tendrá dos sombras.

Ojalá encuentre las fuerzas para romper ese caparazón mezquino con el que nacemos los que tenemos la condición humana. Ojalá logre comprender que lo que entendemos por vida trasciende más allá de las fronteras de lo palpable y lo tangible. Ojalá reconozca los caminos que la llevan a disfrutar de las personas que no son más personas. Estoy seguro que su cerebro proyectará imágenes a color, y disfrutará de los momentos, felices y tristes con su mamá, con un simple guiño que solo ustedes dos sabrán tener, como una clave de sol, como una mirada al cielo, como un cerrar de párpados acompañado de un suspiro.

Y después vendrán otras alegrías Silvi. La vida se hace llevadera, por esa misma bendita condición humana que tenemos. Los afanes, los novios, los proyectos, las preocupaciones. Todas las nociones mundanas se terminan de encargar de ir tapando el vacío que nos deja el que se ha ido, como si fueran ladrillos sobre la memoria. Y la memoria y el recuerdo por su madre, se sabrán hacer un camino y se filtrarán entre el muro de la cotidianidad cada rato, cada día, cada mes. Como el agua que se cola entre las superficies por robustas que parezcan. Yo a mi papá lo recuerdo cuando me como un gajo de limón y cuando le echo sal a las frutas como él me lo enseñó. Y me hincha la panza ir por una carretera y abrir la ventana, para asomar la cabeza y aspirar el olor de la tierra caliente como él lo hacía, por que en eso se convierte uno: en los recuerdos, en las memorias, en las mañas de nuestros padres. El infinito ciclo de la vida...

...La vida, que no premia, ni castiga. Que no le quita cuando le ponen. Que no te da cuando te han robado. Sino que simplemente hace las cosas de una forma tan extraña, que pareciera aleatoria, hasta que aprendemos a comprender sus usos, sus costumbres, sus peculiaridades hasta el punto que a cambio de la vida de su madre, usted recibe el confortable abrazo de sus amigos, y a cambio de un porrazo en la cara, recibe una cicatriz en la cara con la que años más tarde va a conquistar al amor de su vida; y a cambio de las lágrimas derramadas esta noche, usted redime sus culpas y las convierte en satisfacciones encontrando algo que llaman paz interior.

No preciso un manual para sobrevivir a una pérdida. Una cosa es recordar con regocijo a alguien tan especial y otra cosa es negar el dolor por su partida. Y no le pido que no haga lo último. Pero no renuncie a lo primero viviendo en armonía. No le van a hacer falta momentos sola para llorar como cuando nació. Pero tenga la seguridad que en ese proceso la van a acompañar otros ignorantes que no sabrán como explicarle el arte de vivir, por que quiéralo o no, se aprende por sus propios medios, que no es lo mismo que sola. Mientras lo hace, no me quedan dudas, sabrá estar acompañada. Muy bien acompañada, y su mamá será la primera que lo haga.

Lo tercero que quiero decirle es que la pensaré, que la estoy pensando -naturalmente- y que me siento orgulloso de ver la evolución de sus sentimientos y de la madurez que fue consolidando mientras la vida le ponía estas horribles pruebas. Ahora deje a su mamá descansando en paz, ella lo merece. No tenga la menor duda de que se fue, cuando estaba preparada para irse, y cuando supo que usted estaba preparada para dejarla ir.

Para que no pierda la capacidad de asombro, mire que la gran contradicción es que ahora, justo ahora que ella no está con usted, es cuando usted dejará de estar sola en este mundo...

Como se lo dije al comienzo de esta carta, le deseo mucho ánimo, mucha paz y muchísima fuerza Silvi.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Golpes de suerte


En la medida en que se apaciguan los tiempos de efervescencia, se termina de diluir la euforia y se desvanece la precaria cobertura que pudieron hacer los medios de comunicación –locales e internacionales- sobre las protestas sociales en Venezuela, la democracia Colombiana se enfrenta a una oportunidad inmejorable para tomar algunos apuntes sobre el desenlace que parecen tener los gobiernos de izquierda extrema en la región.

La suerte que tiene Colombia no puede ser mejor, al menos en términos cronológicos. Es que mientras desde este lado de la región vemos estupefactos la profundidad de la crisis social que estalla en el país vecino, el nuestro está a semanas de abrir tres debates de trascendencia enorme: las elecciones para el Congreso, las elecciones presidenciales, y si el andar cansino de la justicia, o, la lealtad procesal del más interesado lo permiten, la revocatoria del mandato al Alcalde de Bogotá Gustavo Petro.

Cuando afirmo que Colombia tiene suerte, lo digo por el hecho de que nuestra democracia puede aprender e informarse sobre el camino que tarde o temprano terminan recorriendo los modelos pseudo bolivarianos, sin necesidad de vivirlo en carne propia. Sin tener las vísceras en la mano, con hambre, llorando muertos propios y ajenos, o inmersos en la confusión de si existe tal cosa como la propiedad privada, como viene ocurriendo en la anarquía que reina en Venezuela.

Ahora que se avecinan tiempos de elecciones, serue la capital del país fuea sidodical, ones, ue comulgan con ideas izquierdas Venezuelara los fines pertinenteste y radicar un mía imperdonable subestimar el hecho de que la capital de este país fue funestamente gobernada durante 12 años –o tres gobiernos, que es peor- por funcionarios que esbozaron, desde lo moderado hasta lo más radical, ideas de izquierda con sus correspondientes discursos populistas, prometiendo subsidios para los más necesitados, llamando a las masas exacerbadas a la plaza pública y siguiendo un libreto de inclusión social bastante eufórico y muy poco eficiente. 

Cuando afirmo que Colombia tiene suerte, lo digo por el hecho de que en este país, lo más parecido a un caudillo aún encuentra contrapeso en instituciones serias que imponen la ley por encima del auto martirio, así el “Patriarca” insista en enrostrar la muerte de Pizarro, el cuerpo de Navarro, y su destitución para justificar los remaches que taladra con tal de amarrarse al balcón del Palacio Liévano.

Colombia es un país con mucha suerte, no duerme bajo una tiranía pero no debe despreocuparse: “Demócratas” como el Alcalde de Bogotá, insisten en proclamar la versión progresista del Estado de opinión para atornillarse al poder justificados en la hipotética voluntad popular. O sea, la masa aglomerada, por encima del Estado de derecho. Ese es el evangelio, según nuestra izquierda.

No se trata de entrar en cólera contra un modelo de gobierno, de cultura o de convicciones personales: es momento de que la democracia colombiana avance hacia un discurso de centro, que saque lo mejor de los modelos de izquierda y de derecha, y no lo peor de cada uno, como viene ocurriendo.

Para las próximas elecciones es necesario elegir gobernantes que propongan seriamente salir de la indiferencia vergonzosa con que muchos sectores de la clase alta y política se han comportado con la población más vulnerable de este país. Es necesario un cambio fundamental en las políticas públicas con que se viene comportando la administración de justicia, que no para de arrojar fallas dramáticas y que se toma lapsos de tiempo escandalosos para la resolución de un proceso. Es necesario cortar de un tajo la vertiginosa corrupción que mantiene en vilo cualquier proyecto: desde el más complejo plan de infraestructura hasta el más miserable contrato.

Colombia tiene más que la suerte, la oportunidad de que su pueblo aprenda de los vecinos y de sus propias experiencias. Por una buena vez, es hora de dejar de lado la retórica y los exabruptos verbales que proponen algunos dirigentes como Petro. Es el momento ideal para pasar a una democracia sensata que elige tecnócratas preparados y no charlatanes anacrónicos que a 2014 siguen hablando de lucha de clases.

viernes, 31 de enero de 2014

Se buscan ídolos



Han pasado 8 días desde que Falcao García se rompió el ligamento cruzado de la rodilla derecha pero la euforia al rededor del tema no para. Al principio fueron los medios de comunicación, después fueron los mensajes de aliento en las redes sociales, los comentarios en los pasillos. No fue suficiente: campañas publicitarias, los socios estratégicos, las alianzas, los viejos patrocinadores, los que están por llegar. #FuerzaTigre, conmovidos, viudas, lamento, lloriqueo. Todos en la cadena de consumo suman un ladrillo. No es que el tema sea recurrente: es que zumba, exaspera y se repite, hasta el sacío. 

Y Falcao no es otra cosa que un buen jugador de fútbol. No tiene la culpa, él solo es eso: un jugador de fútbol. Común y corriente, como Leonard Vásquez que por la misma época quedó en coma tras un accidente de tránsito o como Belmer Aguilar que ahora es técnico de un equipo de la B. La única diferencia es que Falcao está sometido al delirante afán de estos tiempos en que todo es noticia de última hora y no tiene otra alternativa que ofrecer una rueda de prensa para dar la misma respuesta de 30 formas distintas. Falcao además es mercadeo, es empresa, es patrono, le paga a un manager y a un asesor de moda.

Y la verdad no tengo interés en discutir si Falcao realmente representa esa virtuosa grandeza, tan sensible como para mover las masas de la forma en que se han movido aclamando su regreso a las canchas y cantándole odas por su recuperación. Nada de esto es su culpa. Sólo pienso que la notoriedad y el drama generado al rededor de una lesión, demuestra que en estos tiempos la falta de liderazgo es la verdadera causa de esa creación masiva y absurda de celebridades. 

Desde que tengo noción de estos asuntos -y en verdad desconozco si todo tiempo pasado fue mejor- me parece que me tocó nacer en una época de cultos. En una sociedad dispuesta a magnificar lo corriente y en olvidar lo épico. Sólo en un mundo así de enfermo se explica que una cabeza hueca como Justin Bieber reciba 100 veces más prensa y más seguimiento, que la inminente desaparición de una verdadera leyenda como Michael Schumacher, quien posiblemente muera o se alimente a través de una sonda por el resto de sus días.

Y como en la vida deportiva, en la otra vida, que no es otra cosa que la vida misma, pasa lo mismo: como cuando miles de indignados sin entender muy bien por qué, reclaman por la continuidad de un alcalde brozno, chabacano, improvisador, pésimo administrador, autoritario, arbitrario y manipulador al que le quedó fácil hacerse mártir. Todo, por la falta de ídolos de verdad. 

Al mundo le sobran divinidades como Petro, como Falcao o Justin Bieber. Todos tipos corrientes pero sobrevalorados. Tal vez se necesiten más personas como el Papa cuya gran virtud es tener sentido común sin quererselo imponer a nadie, sin necedidad de ungir o de polarizar a los extremos.

Y no es que los primeros no tengan méritos, sino que me sorprenden más las mamás y papás que logran educar -y bien educados- 3 y 4 hijos con un salario mínimo en este país, sin que nadie les rinda el culto que en verdad se merecen por semejante proeza.