En
la medida en que se apaciguan los tiempos de efervescencia, se termina de
diluir la euforia y se desvanece la precaria cobertura que pudieron hacer los
medios de comunicación –locales e internacionales- sobre las protestas sociales
en Venezuela, la democracia Colombiana se enfrenta a una oportunidad
inmejorable para tomar algunos apuntes sobre el desenlace que parecen tener los
gobiernos de izquierda extrema en la región.
La
suerte que tiene Colombia no puede ser mejor, al menos en términos cronológicos.
Es que mientras desde este lado de la región vemos estupefactos la profundidad
de la crisis social que estalla en el país vecino, el nuestro está a semanas de
abrir tres debates de trascendencia enorme: las elecciones para el Congreso,
las elecciones presidenciales, y si el andar cansino de la justicia, o, la
lealtad procesal del más interesado lo permiten, la revocatoria del mandato al
Alcalde de Bogotá Gustavo Petro.
Cuando
afirmo que Colombia tiene suerte, lo digo por el hecho de que nuestra democracia
puede aprender e informarse sobre el camino que tarde o temprano terminan
recorriendo los modelos pseudo bolivarianos, sin necesidad de vivirlo en carne
propia. Sin tener las vísceras en la mano, con hambre, llorando muertos propios
y ajenos, o inmersos en la confusión de si existe tal cosa como la propiedad
privada, como viene ocurriendo en la anarquía que reina en Venezuela.
Ahora
que se avecinan tiempos de elecciones, sería
imperdonable subestimar el hecho de que la capital de este país fue
funestamente gobernada durante 12 años –o tres gobiernos, que es peor- por funcionarios
que esbozaron, desde lo moderado hasta lo más radical, ideas de izquierda con
sus correspondientes discursos populistas, prometiendo subsidios para los más
necesitados, llamando a las masas exacerbadas a la plaza pública y siguiendo un
libreto de inclusión social bastante eufórico y muy poco eficiente.
Cuando
afirmo que Colombia tiene suerte, lo digo por el hecho de que en este país, lo
más parecido a un caudillo aún encuentra contrapeso en instituciones serias que
imponen la ley por encima del auto martirio, así el “Patriarca” insista en
enrostrar la muerte de Pizarro, el cuerpo de Navarro, y su destitución para
justificar los remaches que taladra con tal de amarrarse al balcón del Palacio
Liévano.
Colombia
es un país con mucha suerte, no duerme bajo una tiranía pero no debe despreocuparse:
“Demócratas” como el Alcalde de Bogotá, insisten en proclamar la versión
progresista del Estado de opinión para atornillarse al poder justificados en la
hipotética voluntad popular. O sea, la masa aglomerada, por encima del Estado
de derecho. Ese es el evangelio, según nuestra izquierda.
No
se trata de entrar en cólera contra un modelo de gobierno, de cultura o de
convicciones personales: es momento de que la democracia colombiana avance
hacia un discurso de centro, que saque lo mejor de los modelos de izquierda y de
derecha, y no lo peor de cada uno, como viene ocurriendo.
Para
las próximas elecciones es necesario elegir gobernantes que propongan seriamente salir de la indiferencia vergonzosa con
que muchos sectores de la clase alta y política se han comportado con la
población más vulnerable de este país. Es necesario un cambio fundamental en
las políticas públicas con que se viene comportando la administración de
justicia, que no para de arrojar fallas dramáticas y que se toma lapsos de tiempo escandalosos para
la resolución de un proceso. Es necesario cortar de un tajo la vertiginosa
corrupción que mantiene en vilo cualquier proyecto: desde el más complejo plan
de infraestructura hasta el más miserable contrato.
Colombia
tiene más que la suerte, la oportunidad de que su pueblo aprenda de los vecinos
y de sus propias experiencias. Por una buena vez, es hora de dejar de lado la
retórica y los exabruptos verbales que proponen algunos dirigentes como Petro.
Es el momento ideal para pasar a una democracia sensata que elige tecnócratas
preparados y no charlatanes anacrónicos que a 2014 siguen hablando de lucha de
clases.
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