Han pasado 8 días desde que Falcao García se rompió el ligamento cruzado de la rodilla derecha pero la euforia al rededor del tema no para. Al principio fueron los medios de comunicación, después fueron los mensajes de aliento en las redes sociales, los comentarios en los pasillos. No fue suficiente: campañas publicitarias, los socios estratégicos, las alianzas, los viejos patrocinadores, los que están por llegar. #FuerzaTigre, conmovidos, viudas, lamento, lloriqueo. Todos en la cadena de consumo suman un ladrillo. No es que el tema sea recurrente: es que zumba, exaspera y se repite, hasta el sacío.
Y Falcao no es otra cosa que un buen jugador de fútbol. No tiene la culpa, él solo es eso: un jugador de fútbol. Común y corriente, como Leonard Vásquez que por la misma época quedó en coma tras un accidente de tránsito o como Belmer Aguilar que ahora es técnico de un equipo de la B. La única diferencia es que Falcao está sometido al delirante afán de estos tiempos en que todo es noticia de última hora y no tiene otra alternativa que ofrecer una rueda de prensa para dar la misma respuesta de 30 formas distintas. Falcao además es mercadeo, es empresa, es patrono, le paga a un manager y a un asesor de moda.
Y la verdad no tengo interés en discutir si Falcao realmente representa esa virtuosa grandeza, tan sensible como para mover las masas de la forma en que se han movido aclamando su regreso a las canchas y cantándole odas por su recuperación. Nada de esto es su culpa. Sólo pienso que la notoriedad y el drama generado al rededor de una lesión, demuestra que en estos tiempos la falta de liderazgo es la verdadera causa de esa creación masiva y absurda de celebridades.
Desde que tengo noción de estos asuntos -y en verdad desconozco si todo tiempo pasado fue mejor- me parece que me tocó nacer en una época de cultos. En una sociedad dispuesta a magnificar lo corriente y en olvidar lo épico. Sólo en un mundo así de enfermo se explica que una cabeza hueca como Justin Bieber reciba 100 veces más prensa y más seguimiento, que la inminente desaparición de una verdadera leyenda como Michael Schumacher, quien posiblemente muera o se alimente a través de una sonda por el resto de sus días.
Y como en la vida deportiva, en la otra vida, que no es otra cosa que la vida misma, pasa lo mismo: como cuando miles de indignados sin entender muy bien por qué, reclaman por la continuidad de un alcalde brozno, chabacano, improvisador, pésimo administrador, autoritario, arbitrario y manipulador al que le quedó fácil hacerse mártir. Todo, por la falta de ídolos de verdad.
Al mundo le sobran divinidades como Petro, como Falcao o Justin Bieber. Todos tipos corrientes pero sobrevalorados. Tal vez se necesiten más personas como el Papa cuya gran virtud es tener sentido común sin quererselo imponer a nadie, sin necedidad de ungir o de polarizar a los extremos.
Y no es que los primeros no tengan méritos, sino que me sorprenden más las mamás y papás que logran educar -y bien educados- 3 y 4 hijos con un salario mínimo en este país, sin que nadie les rinda el culto que en verdad se merecen por semejante proeza.
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