lunes, 8 de septiembre de 2014

Homenaje a los huesos fuertes

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Si hago bien las cuentas, tan solo a los 4 años mi padre ya recibía su primera cirugía de corazón abierto. Entiendo que un problema congénito en la formación de las válvulas de su corazón lo hicieron un niño menudito. Su estatura era media pero los brazos eran flacos y raquíticos. En verdad siempre me dio curiosidad su figura de muñeco de trapo, en comparación con las protuberantes barrigas de los papás de mis amigos que podían presumir de globos terráqueos que se suspendían en sus vientres, arropados bajo césped de vello. Esa figura de machote era la silueta genérica que cuando niño, mi cerebro proyectaba sobre la imagen que usualmente tenía un papá: una especie de tipo robusto, de brazos grandotes, bigote espeso y la cabellera tupida. En cambio el mío, mi padre adorado, siempre fue una figurita liviana de brazos largos, joroba en el espinazo y con la cabeza pelada rodeada de una coronita de canas. Supongo que mi papá siempre fue un tipejo exiguo entre sus compañeros. Supe de sus huesos frágiles. Supe que le gustaba el deporte pero por el soplo al corazón nunca tuvo resistencia para practicar con disciplina, para correr después de romper un vidrio, para maliciar con gallardía, para batirse a puños sin ortodoxia en una riña de suburbio, para abrazar vanidoso a una mujer con ese garbo con que actuamos los hombres en la adolescencia. Papá entonces se dedicó a profesar artes intelectuales. Fue docto, cultivó la curiosidad, devoró lecturas y fumó cigarrillos, mientras los compañeros del barrio sudaban, se rodeaban de animales y olían a estiércol al llegar a casa. A decir verdad, a pesar de la figura de pro hombre y la admiración que me generó mi padre durante toda la vida, nada de esto se debía a su contextura física. Siempre fue por su cerebro y por su forma tan natural de ver las cosas, por su sentido común agudo. A papá siempre le pedí consejos, pero nunca lo usé para acusar a los agitadores ni a mis propios fantasmas.

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Jesús Antonio cruzó la calle con rumbo hacia la cigarrería. Iba a aprovisionarse de 2 bolsas de leche entera, de la misma marca que durante toda su vida había comprado, y una docena de huevos. Cada 10 días la santa rutina se repetía. Como una devoción parasitaria. Los pantalones desajustados por si la panza se le inflaba, los zapatos bien embolados, la camisa con los puños y el cuello apretado, haga o no haga ese calor primaveral que de repente azota a Medellín. Bajar los cuatro pisos del viejo edificio donde vive y cruzar una cuadra hacia el sur, una sola cuadra hacia el sur, para comprar en su devoción, en su rutina de viejo, dos bolsas de leche y una docena de huevos. No tres bolsas de leche y dos docenas. No. Dos bolsas de leche y una docena de huevos, ni más ni menos. Valgan lo que valgan. Lunes o martes. Pasarán diez días y Jesús Antonio irá, de vuelta al depósito para juntar el arsenal.

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Cuando logré sacudirme del hediondo sabor de la adolescencia problemática y pasé de ser un muchacho calavera repleto de problemas de incomprensión social, para comenzar a actuar más parecido a un tipo común dispuesto a hacer las tareas y avisarle a sus papás cuando salía de casa y a qué horas llegaba, comprendí que mi papá, a pesar de toda su genialidad, no me iba a durar toda la vida. Incluso, comprendí que me iba a durar menos que lo que le duraría su papá a cualquier otro de mis amigos, a cualquier otro de mis conocidos.

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El pasado viernes, el fatídico veredicto de su propia rutina, de su bendita rutina, condujo a Jesús Antonio a hacer lo mismo que hace cada diez días cuando se acaban los huevos y la leche, como lo ordena la costumbre. Como pasa con los que cagan a las 8 de la mañana. Como pasa con los que se cortan las uñas de los pies el primero de cada mes. Sea el día que sea. El pasado viernes, pasaron diez días desde la última vez, así que Jesús Antonio salió del viejo edificio, bajó cuatro pisos, puso un pie sobre la acera, y caminando cada vez más lento, pero erguido y airoso, cruzó la calle 47 del barrio estadio y en la cigarrería de la esquina se aprovisionó de su bencina, de su combustible, del sacro misterio que confiesa, cada vez que algún desconocido le pregunta cómo le hace para mantenerse tan vital: huevos y leche. Leche para disolver dos pastillas de chocolate. Huevos para revolver e intercalar con bocados de una arepa que él mismo sabrá cocinarse, al desayuno y a la cena. A las siete de la mañana y a las seis de la tarde respectivamente.

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El próximo veinticuatro de abril, papá habrá cumplido cuatro años desde que murió. Aquella vez me vi envuelto en un manojo de extrañas circunstancias que me llevaron a enterrar a mi padre adorado en Cartagena, una ciudad a la que no le tengo cariño, ni el más mínimo arraigo, o incluso una remota tía política de donde generar un vínculo, distinto a su muerte. En verdad Cartagena nunca terminó de agradarme. Para mi, Cartagena es como una señora bravucona y altanera, absolutamente desconocida, de esas que se pinta los labios de rojo intenso, escarlata. Una muralla infranqueable. Para mi, Cartagena es esa señora que habla bulliciosa, con un timbre de voz insoportable, pero de esas que a pesar de que son una patada en el culo, un suplicio, una visita al dentista, Cartagena es una señora hermosa, madura, que vive en una casa lujosa, antigua y exuberante. Para mi, la ciudad en la que enterré a mi padre es la envidia de las nobles damas, de las que presumen y de las que babean codicia sin humildad. Ahí me despedí de mi padre. También lo cremaron ahí, en Cartagena. Cuando nos entregaron a mi hermano y a mi los restos en una cajita de roble oscuro, logramos contar con una misa humilde, improvisada y casi en ascuas, pudimos darle un último adiós. Contrario a la soberbia y al tamaño de su grandeza, mi papá se fue como siempre lo quiso: en un modesto silencio, rodeado únicamente del exclusivo círculo de sus afectos, sin despedidas arrogantes, sin noches de gala, sin homenajes ni comparsas. Se fue como lo que fue: menudo y liviano. Sencillo como siempre.

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Jesús Antonio se disponía a cruzar la calle mirando con especial cuidado sus pasos, la acera que bajaba y la acera del frente. Clavó con atención su mirada al costado del que provenían los carros para asegurarse dar marcha segura a su destino. Huevos y leche bajo el brazo, fue a dar el primer paso cuando sintió un frío que retumbó desde el núcleo de su fémur y subió como un ventarrón por los nervios hasta la parte de atrás de sus ojos. Se cerraron las cortinas, se encegueció todo a su alrededor. Jesús Antonio sintió como se caía su preciada mercancía al piso, en cámara lenta, al tiempo que se mecía su cuerpo desplomándose hacia el suelo, perdiendo cualquier noción sobre lo que era el equilibrio. Primero estallaron algunos de los huevos que venían aprisionados entre la caja; luego rebotaron contra el pavimento las dos bolsas de leche que llevaba en la mano izquierda; y luego su cúbito derecho se fraccionó en pedazos, desplazándose del lugar anatómico dónde debía estar. El brazo se deformó cediendo a la hinchazón y una necrosis pintó el color pálido de sus muñecas anchas.

Un taxi avanzaba a toda velocidad en reversa, en contravía. El tipo que lo manejaba intentaba retornar por la calle que atravesaba Jesús Antonio los suficientes metros para hacer un giro a la derecha que había olvidado dar. No se percató de que del andén se bajaba mi abuelo, Jesús Antonio Mejía, dispuesto a cruzar la calle como lo hacía cada diez días cuando tenía que aprovisionarse de dos bolsas de leche y una docena de huevos.

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Las cenizas de mi padre las separamos en tres bolsas distintas. Un puñado de ellas lo utilizamos para sembrar un árbol en el jardín del edificio donde vivíamos mi hermano mi mamá y yo. Otro manojo fue a parar en un recipiente que guarda con orgullo mi tío en su finca. Del último pucho, prometimos hasta el sacio enterrarlo en una casa que papá construyó con su esposa, para que allí creciera un árbol de mango. Sería el más grande de todo el Carmen de Apicalá. Iba a dar frutos pródigos, mangos gigantes, mangos biches, mangos con sabor a limón y aguardiente como él se los habría querido tomar si no se lo hubiera llevado un enfisema pulmonar sin misericordia. Ese árbol iba a dar mangos ácidos, verdes por fuera y amarillo pálido por dentro. De ese árbol iban a caer los mangos más deliciosos que alguien jamás habría podido morder, pero nunca sembramos el árbol. Francamente,  no se dónde podrán estar ese puñado de restos de mi querido padre.

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Era obvio que mi abuelo no se había percatado de mirar si venían carros bajando por la calle en el sentido contrario al que deben circular. No lo habría hecho él, no lo habría hecho yo. No lo habría hecho nadie, por que eso simplemente no es sentido común, que en estas tierras, parece ser un mito o una leyenda de otros tiempos que nunca habitó aquí. El carro alcanzó a detenerse intempestivamente cuando ya había golpeado con furia la cintura de mi abuelo. Al chocar contra su cuerpo, la inercia del carro alcanzó a avanzar unos centímetros más, lo suficiente como aprisionar su pie entre el pavimento y la llanta trasera. El cuerpo de mi abuelo quedó anclado al piso mientras su cuerpo se derrumbaba cuadro por cuadro, se abalanzaba en su inmensidad hacia el fatídico destino que nos acompaña a los mortales: morir. Morir de un tajo, en un suspiro, o caminar toda una vida con la sentencia de muerte a cuestas. Da igual.
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Lo sorprendente del caso es que mi abuelo es un grueso y macizo hombre que nació hoy, hace exactamente noventa y cinco años, seis meses y veintinueve días. Fue atropellado el pasado viernes por un imbécil montado en un objeto capaz de desarrollar la inercia, la energía y la reacción física suficiente como para alterar el curso de la vida y simplemente decidir quien está en derecho de continuar viviendo o de detener el paso del tiempo sobre el mundo que conocemos. Aún así, con todo y la estolidez supina de los chimpancés que por estas tierras viajan a velocidades intergalácticas en reversa, mi abuelo, Jesús Antonio Mejía sigue en pie, con un brazo enyesado, y un morado en su pie izquierdo. Tiene 95 años, un poco menos del doble de los años que alcanzó a vivir mi padre y el suceso me tiene dando vueltas entre la simbología, la fe y otras contradicciones humanísticas que todavía no logro procesar.

Ante la fugaz imagen de mi padre que se desvanece con el tiempo, cuya forma humana se esfuma y pasa a transformarse en algo más parecido a lo divino, al rol que guía mis conductas, a la ambición por ser alguien mejor, me queda la celestial y humana forma de mi abuelo. Hecho carne, hueso y tiempo presente, así haya nacido el mismo año en que estalló la primera guerra mundial y pueda estar vivo y cuerdo para recordarlo. Recuerda eso, como recuerda las lecciones de francés que memorizó antes de que mataran a Jorge Eliecer Gaitán, o sea, antes de que se fundara las Fuerzas Armadas Revolucionaras de Colombia y otras mierdas de tenor semejante como el Frente Nacional, el Bogotazo, la guerra con Corea y el envío de tropas a Paraguay.                                                                               

Mi abuelo, es la representación carnal de esa sentencia mortal que reza que “uno está en este mundo hasta que Dios decide” o que “uno se muere el día que le toca morirse”, y otros consuelos entrañables, todos ciertos como un bolero. Mi abuelo es la fiel raíz de mi padre, su tronco y sus ramas. Mi abuelo es la longevidad que siempre deseé para la frágil salud y el cuerpo de muñeco de trapo de mi papá. Mi abuelo es la vida hecha disciplina. Mi abuelo es la constancia por la suerte con que se cuenta y la resignación a vivir con lo que se tiene. Mi abuelo es el olor a la colonia Roger & Gallet que perfuma las mañanas cuando amanecía en su cuarto. Mi abuelo es un homenaje a la abundancia de calcio. Un homenaje a los huesos fuertes.

1 comentario:

  1. Aplaudo de pie a esta entrada tan maravillosa.
    Esta frase la adoptaré: "...todos ciertos como un bolero."
    Saludos.

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