Soundtrack
Si hago bien las cuentas, tan solo a los 4 años mi padre ya recibía su primera cirugía de corazón abierto. Entiendo que un problema congénito en la formación de las válvulas de su corazón lo hicieron un niño menudito. Su estatura era media pero los brazos eran flacos y raquíticos. En verdad siempre me dio curiosidad su figura de muñeco de trapo, en comparación con las protuberantes barrigas de los papás de mis amigos que podían presumir de globos terráqueos que se suspendían en sus vientres, arropados bajo césped de vello. Esa figura de machote era la silueta genérica que cuando niño, mi cerebro proyectaba sobre la imagen que usualmente tenía un papá: una especie de tipo robusto, de brazos grandotes, bigote espeso y la cabellera tupida. En cambio el mío, mi padre adorado, siempre fue una figurita liviana de brazos largos, joroba en el espinazo y con la cabeza pelada rodeada de una coronita de canas. Supongo que mi papá siempre fue un tipejo exiguo entre sus compañeros. Supe de sus huesos frágiles. Supe que le gustaba el deporte pero por el soplo al corazón nunca tuvo resistencia para practicar con disciplina, para correr después de romper un vidrio, para maliciar con gallardía, para batirse a puños sin ortodoxia en una riña de suburbio, para abrazar vanidoso a una mujer con ese garbo con que actuamos los hombres en la adolescencia. Papá entonces se dedicó a profesar artes intelectuales. Fue docto, cultivó la curiosidad, devoró lecturas y fumó cigarrillos, mientras los compañeros del barrio sudaban, se rodeaban de animales y olían a estiércol al llegar a casa. A decir verdad, a pesar de la figura de pro hombre y la admiración que me generó mi padre durante toda la vida, nada de esto se debía a su contextura física. Siempre fue por su cerebro y por su forma tan natural de ver las cosas, por su sentido común agudo. A papá siempre le pedí consejos, pero nunca lo usé para acusar a los agitadores ni a mis propios fantasmas.
Si hago bien las cuentas, tan solo a los 4 años mi padre ya recibía su primera cirugía de corazón abierto. Entiendo que un problema congénito en la formación de las válvulas de su corazón lo hicieron un niño menudito. Su estatura era media pero los brazos eran flacos y raquíticos. En verdad siempre me dio curiosidad su figura de muñeco de trapo, en comparación con las protuberantes barrigas de los papás de mis amigos que podían presumir de globos terráqueos que se suspendían en sus vientres, arropados bajo césped de vello. Esa figura de machote era la silueta genérica que cuando niño, mi cerebro proyectaba sobre la imagen que usualmente tenía un papá: una especie de tipo robusto, de brazos grandotes, bigote espeso y la cabellera tupida. En cambio el mío, mi padre adorado, siempre fue una figurita liviana de brazos largos, joroba en el espinazo y con la cabeza pelada rodeada de una coronita de canas. Supongo que mi papá siempre fue un tipejo exiguo entre sus compañeros. Supe de sus huesos frágiles. Supe que le gustaba el deporte pero por el soplo al corazón nunca tuvo resistencia para practicar con disciplina, para correr después de romper un vidrio, para maliciar con gallardía, para batirse a puños sin ortodoxia en una riña de suburbio, para abrazar vanidoso a una mujer con ese garbo con que actuamos los hombres en la adolescencia. Papá entonces se dedicó a profesar artes intelectuales. Fue docto, cultivó la curiosidad, devoró lecturas y fumó cigarrillos, mientras los compañeros del barrio sudaban, se rodeaban de animales y olían a estiércol al llegar a casa. A decir verdad, a pesar de la figura de pro hombre y la admiración que me generó mi padre durante toda la vida, nada de esto se debía a su contextura física. Siempre fue por su cerebro y por su forma tan natural de ver las cosas, por su sentido común agudo. A papá siempre le pedí consejos, pero nunca lo usé para acusar a los agitadores ni a mis propios fantasmas.
----
Jesús
Antonio cruzó la calle con rumbo hacia la cigarrería. Iba a aprovisionarse de 2
bolsas de leche entera, de la misma marca que durante toda su vida había
comprado, y una docena de huevos. Cada 10 días la santa rutina se repetía. Como
una devoción parasitaria. Los pantalones desajustados por si la panza se le
inflaba, los zapatos bien embolados, la camisa con los puños y el cuello
apretado, haga o no haga ese calor primaveral que de repente azota a Medellín.
Bajar los cuatro pisos del viejo edificio donde vive y cruzar una cuadra hacia
el sur, una sola cuadra hacia el sur, para comprar en su devoción, en su rutina
de viejo, dos bolsas de leche y una docena de huevos. No tres bolsas de leche y
dos docenas. No. Dos bolsas de leche y una docena de huevos, ni más ni menos.
Valgan lo que valgan. Lunes o martes. Pasarán diez días y Jesús Antonio irá, de
vuelta al depósito para juntar el arsenal.
----
Cuando
logré sacudirme del hediondo sabor de la adolescencia problemática y pasé de
ser un muchacho calavera repleto de problemas de incomprensión social, para
comenzar a actuar más parecido a un tipo común dispuesto a hacer las tareas y
avisarle a sus papás cuando salía de casa y a qué horas llegaba, comprendí que
mi papá, a pesar de toda su genialidad, no me iba a durar toda la vida.
Incluso, comprendí que me iba a durar menos que lo que le duraría su papá a
cualquier otro de mis amigos, a cualquier otro de mis conocidos.
----
El
pasado viernes, el fatídico veredicto de su propia rutina, de su bendita
rutina, condujo a Jesús Antonio a hacer lo mismo que hace cada diez días cuando se acaban
los huevos y la leche, como lo ordena la costumbre. Como pasa con los que cagan
a las 8 de la mañana. Como pasa con los que se cortan las uñas de los pies el
primero de cada mes. Sea el día que sea. El pasado viernes, pasaron diez días
desde la última vez, así que Jesús Antonio salió del viejo edificio, bajó
cuatro pisos, puso un pie sobre la acera, y caminando cada vez más lento, pero
erguido y airoso, cruzó la calle 47 del barrio estadio y en la cigarrería de la
esquina se aprovisionó de su bencina, de su combustible, del sacro misterio que
confiesa, cada vez que algún desconocido le pregunta cómo le hace para
mantenerse tan vital: huevos y leche. Leche para disolver dos pastillas de
chocolate. Huevos para revolver e intercalar con bocados de una arepa que él
mismo sabrá cocinarse, al desayuno y a la cena. A las siete de la mañana y a
las seis de la tarde respectivamente.
-----
El
próximo veinticuatro de abril, papá habrá cumplido cuatro años desde que murió.
Aquella vez me vi envuelto en un manojo de extrañas circunstancias que me
llevaron a enterrar a mi padre adorado en Cartagena, una ciudad a la que no le
tengo cariño, ni el más mínimo arraigo, o incluso una remota tía política de
donde generar un vínculo, distinto a su muerte. En verdad Cartagena nunca
terminó de agradarme. Para mi, Cartagena es como una señora bravucona y
altanera, absolutamente desconocida, de esas que se pinta los labios de rojo
intenso, escarlata. Una muralla infranqueable. Para mi, Cartagena es esa señora
que habla bulliciosa, con un timbre de voz insoportable, pero de esas que a
pesar de que son una patada en el culo, un suplicio, una visita al dentista,
Cartagena es una señora hermosa, madura, que vive en una casa lujosa, antigua y
exuberante. Para mi, la ciudad en la que enterré a mi padre es la envidia de
las nobles damas, de las que presumen y de las que babean codicia sin humildad.
Ahí me despedí de mi padre. También lo cremaron ahí, en Cartagena. Cuando nos
entregaron a mi hermano y a mi los restos en una cajita de roble oscuro,
logramos contar con una misa humilde, improvisada y casi en ascuas, pudimos
darle un último adiós. Contrario a la soberbia y al tamaño de su grandeza, mi
papá se fue como siempre lo quiso: en un modesto silencio, rodeado únicamente
del exclusivo círculo de sus afectos, sin despedidas arrogantes, sin noches de
gala, sin homenajes ni comparsas. Se fue como lo que fue: menudo y liviano.
Sencillo como siempre.
-----
Jesús
Antonio se disponía a cruzar la calle mirando con especial cuidado sus pasos,
la acera que bajaba y la acera del frente. Clavó con atención su mirada al
costado del que provenían los carros para asegurarse dar marcha segura a su
destino. Huevos y leche bajo el brazo, fue a dar el primer paso cuando sintió
un frío que retumbó desde el núcleo de su fémur y subió como un ventarrón por
los nervios hasta la parte de atrás de sus ojos. Se cerraron las cortinas, se
encegueció todo a su alrededor. Jesús Antonio sintió como se caía su preciada
mercancía al piso, en cámara lenta, al tiempo que se mecía su cuerpo
desplomándose hacia el suelo, perdiendo cualquier noción sobre lo que era el
equilibrio. Primero estallaron algunos de los huevos que venían aprisionados
entre la caja; luego rebotaron contra el pavimento las dos bolsas de leche que
llevaba en la mano izquierda; y luego su cúbito derecho se fraccionó en
pedazos, desplazándose del lugar anatómico dónde debía estar. El brazo se
deformó cediendo a la hinchazón y una necrosis pintó el color pálido de sus
muñecas anchas.
Un
taxi avanzaba a toda velocidad en reversa, en contravía. El tipo que lo manejaba intentaba
retornar por la calle que atravesaba Jesús Antonio los suficientes metros para
hacer un giro a la derecha que había olvidado dar. No se percató de que del
andén se bajaba mi abuelo, Jesús Antonio Mejía, dispuesto a cruzar la calle
como lo hacía cada diez días cuando tenía que aprovisionarse de dos bolsas de
leche y una docena de huevos.
----
Las
cenizas de mi padre las separamos en tres bolsas distintas. Un puñado de ellas
lo utilizamos para sembrar un árbol en el jardín del edificio donde vivíamos mi
hermano mi mamá y yo. Otro manojo fue a parar en un recipiente que guarda con
orgullo mi tío en su finca. Del último pucho, prometimos hasta el sacio
enterrarlo en una casa que papá construyó con su esposa, para que allí creciera
un árbol de mango. Sería el más grande de todo el Carmen de Apicalá. Iba a dar
frutos pródigos, mangos gigantes, mangos biches, mangos con sabor a limón y
aguardiente como él se los habría querido tomar si no se lo hubiera llevado un
enfisema pulmonar sin misericordia. Ese árbol iba a dar mangos ácidos, verdes
por fuera y amarillo pálido por dentro. De ese árbol iban a caer los mangos más
deliciosos que alguien jamás habría podido morder, pero nunca sembramos el
árbol. Francamente, no se dónde podrán
estar ese puñado de restos de mi querido padre.
----
Era
obvio que mi abuelo no se había percatado de mirar si venían carros bajando por
la calle en el sentido contrario al que deben circular. No lo habría hecho él,
no lo habría hecho yo. No lo habría hecho nadie, por que eso simplemente no es
sentido común, que en estas tierras, parece ser un mito o una leyenda de otros
tiempos que nunca habitó aquí. El carro alcanzó a detenerse intempestivamente
cuando ya había golpeado con furia la cintura de mi abuelo. Al chocar contra su
cuerpo, la inercia del carro alcanzó a avanzar unos centímetros más, lo
suficiente como aprisionar su pie entre el pavimento y la llanta trasera. El
cuerpo de mi abuelo quedó anclado al piso mientras su cuerpo se derrumbaba
cuadro por cuadro, se abalanzaba en su inmensidad hacia el fatídico destino que
nos acompaña a los mortales: morir. Morir de un tajo, en un suspiro, o caminar
toda una vida con la sentencia de muerte a cuestas. Da igual.
----
Lo
sorprendente del caso es que mi abuelo es un grueso y macizo hombre que nació
hoy, hace exactamente noventa y cinco años, seis meses y veintinueve días. Fue
atropellado el pasado viernes por un imbécil montado en un objeto capaz de
desarrollar la inercia, la energía y la reacción física suficiente como para
alterar el curso de la vida y simplemente decidir quien está en derecho de
continuar viviendo o de detener el paso del tiempo sobre el mundo que
conocemos. Aún así, con todo y la estolidez supina de los chimpancés que por
estas tierras viajan a velocidades intergalácticas en reversa, mi abuelo, Jesús
Antonio Mejía sigue en pie, con un brazo enyesado, y un morado en su pie
izquierdo. Tiene 95 años, un poco menos del doble de los años que alcanzó a
vivir mi padre y el suceso me tiene dando vueltas entre la simbología, la fe y
otras contradicciones humanísticas que todavía no logro procesar.
Ante
la fugaz imagen de mi padre que se desvanece con el tiempo, cuya forma humana
se esfuma y pasa a transformarse en algo más parecido a lo divino, al rol
que guía mis conductas, a la ambición por ser alguien mejor, me queda la
celestial y humana forma de mi abuelo. Hecho carne, hueso y tiempo presente,
así haya nacido el mismo año en que estalló la primera guerra mundial y pueda
estar vivo y cuerdo para recordarlo. Recuerda eso, como recuerda las lecciones
de francés que memorizó antes de que mataran a Jorge Eliecer Gaitán, o sea, antes
de que se fundara las Fuerzas Armadas Revolucionaras de Colombia y otras
mierdas de tenor semejante como el Frente Nacional, el Bogotazo, la guerra con
Corea y el envío de tropas a Paraguay.
Mi
abuelo, es la representación carnal de esa sentencia mortal que reza que “uno está en este mundo hasta que Dios decide”
o que “uno se muere el día que le toca
morirse”, y otros consuelos entrañables, todos ciertos como un bolero. Mi abuelo es la fiel raíz de mi padre, su tronco y
sus ramas. Mi abuelo es la longevidad que siempre deseé para la frágil salud y
el cuerpo de muñeco de trapo de mi papá. Mi abuelo es la vida hecha disciplina.
Mi abuelo es la constancia por la suerte con que se cuenta y la resignación a
vivir con lo que se tiene. Mi abuelo es el olor a la colonia Roger & Gallet
que perfuma las mañanas cuando amanecía en su cuarto. Mi abuelo es un homenaje
a la abundancia de calcio. Un homenaje a los huesos fuertes.
Aplaudo de pie a esta entrada tan maravillosa.
ResponderEliminarEsta frase la adoptaré: "...todos ciertos como un bolero."
Saludos.