lunes, 14 de febrero de 2011

Borbollón en el área

Bastante se ha dicho y se ha escrito sobre la poca calidad del fútbol colombiano. Sin duda, la expansión de los medios de comunicación nos han puesto sobre el televisor la transmisión de las hedonistas ligas europeas cada fin de semana, para atender el deleite de nuestro apetito de fútbol mendigo que viene mal acostumbrado de ver los goles más excéntricos de nuestra liga local, anotados con la pelvis, los riñones, la rodilla y lugares de la anatomía que incluso desconocía. Cada ocho días, en los estadios nacionales se repite el rito máximo del fútbol, el gol, personificado en un tributo extraño que mezcla la desvergüenza y la perseverancia del mediocre operario colombiano del deporte más popular del mundo.

La prensa local repite la expresión "borbollón en el área" como un accidentado episodio en el que entre ires y venires de piernas, zapateos, chuteos, rasguños y aruñazos, finalmente el balón entra a la red. Ese accidentado episodio puede resumir la máxima del fútbol nacional. En esta ocasión el análisis del lisiado futbol colombiano lo haré desde una perspectiva que en sí nada tiene que ver con el juego pero que en cantidades alarmantes contribuye a la mediocridad del mismo.

1. Los uniformes. Cada semestre el dolor de ojos se repite. Los jugadores salen vestidos con monstruosidades en tela, capaces de combinar colores incombinables. Una exótica predominancia del color amarillo y el verde fluorescente traída de una etapa freudiana no resuelta. Ninguna liga de fútbol de otro país tiene tantos amarillos y verdes como la colombiana. Real Cartagena, Bucaramanga, Huila, sumados a la atroz mezcla de naranja y verde del Envigado, y otro par de gemelos de rojo y amarillo: Pereira y Tolima. He ahí la abundancia cromática. Por sanidad mental preferí no escarbar los uniformes y colores de la B, pero con facilidad recuerdo Centauros de Villavicencio y su color azul bebé, de pies a cabeza.

2. Los patrocinadores. Como una solución química, a la antiestética mezcla de colores se suman los patrocinadores: deportivos y comerciales. Pocos clubes han logrado atraer la mirada de un sponsor internacional de prestigio. De ahí para abajo, empresas con nombres impronunciables, dueños del absoluto anonimato visten los equipos nacionales, lo cual aumenta exponencialmente el potencial de fealdad del uniforme. Se suma a la horrorosa combinación, el odioso hábito de colonizar cada centímetro cuadrado de la prenda con una estampa de alguna empresa local. Cada una con su color llamativo propio, lo que le da picante extra al frenesí cromático. Lo mas grave es que los patrocinadores ya no discriminan únicamente la camiseta, la publicidad figura por doquier, cola o gónadas da lo mismo, como corredores de bolsa: venda, venda, venda.

3. Las transmisiones. Las transmisiones de los partidos hacen una mayúscula contribución a la poca nobleza del fútbol colombiano. Camarógrafos perdidos que apenas logran enfocar un plano amplio de donde acontece la acción, enviando su señal a través de un formato amateur, como del extinto video 8, condensados en una imagen con el verde acentuado, como cuando los televisores de nuestros abuelos se les graduaba el 'tinte'. Pero además de que todos los jugadores parecen extraterrestres por el entorno verde de la transmisión, narrador y comentarista se fajan faenas que dejan sordo el oído. Comentaristas improvisados, dueños de la sabiduría de la obviedad, utilizando tonos paternalistas y llamando "mijo" al jugador, apodándolos como les viene en gana, como si no bastaran sus nombres de antaño, ahora, hacen un uso indiscriminado y en ráfaga del diminutivo como sufijo del apellido, siempre que el jugador sea menor de 26 años.

4. Los estadios. Moles de hormigón, todas parecidas a un polideportivo de un penitenciario. Llevan el nombre de un prócer o un libertador local, y en su vientre, donde se supone va el césped, viene un 'paño' conquistado por los topos y las fallas geológicas. Agrietado de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro. Reúne en sus gradas tres tipos de población: los malandrines que se toman tan en serio el deporte que se hacen acuchillar como si no hubiera otro motivo por qué morir; los que van sin clemencia a ver un espectáculo de entretenimiento y a disfrutar en tranquilidad; y la fealdad regional, siempre escotada que es enfocada, mientras enseña sus fauces comiendo perro caliente, por el camarógrafo morboso durante el medio tiempo. Obvio, antecede la imagen un comentario viríl y picaresco de algún integrante de la transmisión

5. Las celebraciones. La nueva enfermedad que padecen nuestros clubes es que sus jugadores se están dedicando a ensayar coreografías patéticas en vez de revisar conceptos tácticos o a practicar en la definición que no tenemos. El día en que el jugador colombiano tenga el arco al frente y defina con un sombrerito exquisito a cambio del riendazo emulador de home-run, me sentaré en paz a verlos celebrar como les venga en gana. Pero nuestras nuevas generaciones cambiaron la gloriosa celebración de antaño del puño cerrado y el salto desgarrador del desahogo, por el baile de moda en coreografía y con pirámide humana. Bochornoso.

Ajustes de tuercas pequeñas, para no ir a las complejidades de la discusión que nos pueden llevar a concluir que el problema de nuestro fútbol mediocre radica en una configuración genética de ADN primitivo para el gol, prefiero que se tomen estas puntuales críticas. De golpe, los cambios pequeños generan los significativos. Al menos así podríamos ver nuestro fútbol mezquino en Alta definición, eso ya sería un avance.

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