jueves, 29 de septiembre de 2011

La estupidez y la codicia

(Soundtrack aquí)

A fin de cuentas y después de todos estos años he podido ver que el ser humano es una gran pila. Una batería cargada de energía que se transforma pero que no se agota, y si se agotare, su fuente de recarga es una sola: el dinero o todo lo que implique o represente riqueza. Al concluirlo, sentí la misma decepción que se siente cuando el martillo de la burocracia frustra mis minutos, mis colas de banco, mis intentos fallidos por radicar documentos, cuando el sistema está caído y todo colapsa.

La milagrosa historia de la conquista de Las Américas, es en sí la mas absurda y estúpida aventura que emprendió el hombre europeo continental con el fin de adquirir riqueza, representada en cualquier bien escazo o peculiar, en ese entonces. No podría ser el hierro, que abundaba en la región y en la época, pero si podría ser oro fundido o en forma de candongas, una arroba de tomates, pimienta de colores, o vasijas atiborradas de curry en polvo. Hoy, "superadas" las fases del hombre primitivo, siguen existiendo los mismos deseos afanosos del hombre, por acumular la opulencia, pero a tiempo presente la búsqueda tiene otros nombres, pero todos equivalentes, todo sea por la plata, esté reflejada en lo que esté para los tiempos del siglo XXI: apartamentos, carros, acciones en el Club el Nogal, acumulación de millas por sonarse la nariz, o incluso, la sola potestad de hacer lobby y cabildeo a cambio de recibir un favor, ante cualquier estamento. Eso es riqueza.

La afamada lucha de clases llamada "el motor de la historia" por el marxismo no es más que una discusión económica por como debería ser ejercida la distribución de la riqueza. El dinero, en cualquiera de sus manifestaciones, es el comienzo y el fin del ser humano. Sólo así se explicaría que por culpa del dinero dependa la clínica en la que nacemos y la calidad del ataúd en que se pudren nuestros cuerpos. Baterías de larga vida alimentadas por la codicia.

Algún día, cuando mi papá estaba en lo más avanzado de su enfermedad, todavía se discutía si podía salir adelante. Él era pesimista, siempre me corrigió diciéndome que lo único que sostenía esas historias heroicas de quienes pudieron sobresalir en casos como el suyo, y que yo le traía a colación para motivarlo, era la absurda obsesión por seguir viviendo...para seguir produciendo. La codicia hecha entrañas, sangre, enfisema y cáncer. No se si voy a conocer a alguien que se logre parar en la otra orilla, tan lejos de nuestra motivación avara por seguir respirando, con tal de producir.

La mala fortuna de los que nacimos a este lado del atlántico es que llevamos la codificación genética de las reses que representaron la colonia. Lo más podrido de Europa emprendiendo un viaje experimental que tuvo un golpe de suerte cuando divisaron tierra firme. Hoy somos eso: naciones sumergidas en una fábula, muy parecida a los libros de superación personal, llamada economías emergentes. Y seguimos siendo baterías que acumulan riqueza para no perder nunca la fuente de energía.

"Ríos de sangre...y todo por un sueño que ni siquiera era eso. "El dorado" fue sólo el más notable ejemplo de las innumerables leyendas nacidas en torno del oro y de sus desequilibrados y absurdos perseguidores. ¡Piénsese en el dinero y las vidas sacrificadas al galeón Tobermory, hundido en las proximidades de la isla Mull, que ha resistido los intentos realizados durante tres siglos para recuperar el supuesto tesoro de la Armada! ¡Piénsese en las expediciones a la isla de Cocos, en búsqueda del tesoro de los piratas! Súmese el costo en vidas humanas y en esfuerzo -échese la cuenta en dinero, si se prefiere- y el balance será índice de la estupidez humana, eternamente dispuesta a ganar el premio que la tontería merece siempre" Escribió Paul Tabori.

Solo espero que mi casa no quede hecha pedazos después de la estupidez y la codicia que ha venido a visitarnos.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Algún día me compraré un país

Algún día me compraré un país,
será pequeño y de población corta.
Regimentaré a los ciudadanos
como mi discresión lo ordene,
impondré mis antojos
todo dependerá
del genio con que amanezca.

No habrá tal cosa que llaman patria
ni himnos,
ni escudos,
nos identificarán por algún distintivo
como el silencio
o la falta de interés en los símbolos.

Daré la orden de prohibir los pasaportes
nadie podrá viajar a ningún lado
pero recibiré visitantes despistados,
periodistas
y cascos azules.

En mi país seré un tirano,
el único que allí habite
pero me aclamarán las multitudes.
Estará prohibido celebrar que a otro lo priven de la libertad
y el desprecio por el ser humano
será el pecado capital.

No habrá multinacionales
y las empresas no tendrán departamentos de bienestar
ni esas tonterías
Se trabajará poco
y se ganará mucho,
los horarios de trabajo y de estudio serán cortos
cortísimos
hasta que todo colapse.
La insostenibilidad será mi único lema.
Pero recordarán
lo bien que la pasamos
en esa pequeña cuadra del globo.
En nuestra patria chica.

La comida en los hospitales
será la mejor y la más codiciada,
también la más cara.
Los periódicos serán frívolos
ojalá solo se informe sobre deportes
y tonterías.

Quedarán proscritos los programas radiales
en que solo se habla mierda que a todos y nadie interesa.
Solo habrá música,
la música que me gusta a mi
porque es mi país,
porque soy el dictador
porque seré un tirano.
Es más,
la música la pondré yo
no habrá otro Disc Jockey
solo yo
y quien yo designe.

La arepa será la comida nacional,
la arepa delgada
la que es crujiente.
No habrá derecho a réplicas al respecto.
Tampoco habrá derecho a oir vallenato
y quien lo oiga en público o en privado,
recibirá un pelotazo en la cabeza
y de espaldas
para que todos rían,
y el muy osado resultará humillado.
Que se atreva a repetir su hazaña.
Desvergonzado.

Porque es mi país
porque yo soy el supremo,
"Yo, el supremo",
como lo dijo Roa Bastos,
¡carajo!

Me compraré un país
lo haré frívolo a él y a su población,
será volatil y fútil.
Allí, la gente se preocupará por las maricadas
que le preocupan a las celebridades
y el único estado civil
será el de jubilado,
se adquiere con el nacimiento,
y no se hereda ni se transmite,
es un derecho absoluto,
a mi antojo.

Ni religión,
ni barras bravas.
Únicamente circulará la revista "Hola!",
para las señoras;
y "El Gráfico",
para los señores.
No habrá etiqueta
y se podrá andar descalzo
y desnudo,
se comerá marrano
con la mano
por virtud de un decreto
con fuerza de ley.

Quien se haga llamar 'famoso'
será mi gran enemigo,
y los lustrabotas
serán héroes nacionales,
serán condecorados
mientras la plata alcance,
para sostenerlos
como sostiene un país de verdad
a sus veteranos de guerra.
Solo llegarán a tal honor
los mejores
y ser anciano da puntos extra
que otorgará con capricho
el mejor jugador de parqués
de este país mio.
¿Por qué?
Porque sí

En el país que algún día me compraré
todas las mañanas habrá neblina
y habrá una fábrica gigante,
desproporcionada
que preparará el café,
y de sus chimeneas
ambientará el país entero
a ese olor montañero.
Y se comerá arepa
con quesito antioqueño.

Y a mi no me llamen Presidente,
yo solo soy el dueño
de mi país.

Incendios (Parte II)

(Soundtrack)

...Israel no salió del centro comercial. Con su nueva tarjeta en un bolsillo y su cédula falsa en el otro, ingresó a uno de esos almacenes de venta de objetos para el hogar, para los constructores de profesión, de gusto y de resignación. No escatimó en gastos: en el carrito llevaba tuberías de media pulgada, metros de mecha, y kilos de estopa; fósforos, un tarro de líquido inflamable. Un coctel extraño. El valor de la compra superaba el salario mínimo del país.

Diana Manrique se comunicó con Doña Mónica, le dijo que la demanda estaba lista para interponerla ante el juzgado pero que no lo haría hasta quee le cancelara los honorarios restantes. Le hablaba con un mal genio evidente. Un tono prepotente. Mónica se mordía las uñas, los 50 mil pesos que faltaban los tenía, pero no los 100 mil adicionales que exigió la abogada, pues según ella, la demanda se había tornado más compleja y dado el afán y otras arandelas que todavía no logró entender Mónica, el precio había subido, como suben de precio la cebolla junca y el tamarindo en pulpa en la plaza de mercado, igual hay que pagar por ellos, así había que pagarle a la abogada. Dionisio, un vecino, le prestó el dinero. Mónica lo llevó donde su abogada, bebé a cuestas, y saldaron las deudas. Las de antes y las de después. Las pactadas y las leoninas, las justas y las disgustas. Lo que nunca supo es que la demanda se la rechazarían a la abogada por falta de requisitos formales. Se enteraría después.

Ya había perdido el afán, ahora se encontraba más tranquilo, caminaba con parsimonia por los callejones del supermercado tomando lo que necesitaba y depositándolo en el carrito, silbaba bajo, echó un paquete de dulces ácidos para su hijo. Hizo la fila en las cajas, enseñó su tarjeta de crédito con orgullo, olía a plástico recién horneado, seguía silbando mientras salía por la puerta cargado de bolsas de plástico cuando fue abordado por dos agentes de seguridad del centro comercial y dos policías. Le pidieron que les enseñara un documento de identificación y el pobre viejo Israel, con las manos temblorosas, empapadas en sudor, apenas se atrevió a preguntar para qué los documentos. Las autoridades insistieron, escupían impaciencia y mal genio como si ya lo supieran todo. Ante la insistencia, el viejo Israel sacó un documento de identidad: José Vicente Lemus Albornoz, nacido en Yopal Casanare, en el solsticio de invierno de 1945, cuando la segunda guerra se terminaba. Los agentes no sabía que se llamaba Israel, según el documento él era José Vicente Lemus Albornoz, pero él era Israel, en la tarjeta de crédito que recién había utilizado decía que era José Vicente Lemus, pero él era Israel. No pudo importarles menos. Las manos atrás de la nuca, lo encadenaron con las esposas y fue conducido a la Fiscalía para legalizar la captura de José Vicente Lemus Albornoz (Israel) por falsedad en documento público y estafa en grado de tentativa.

Ya habían pasado dos meses. Como no fue liberada la afectación del patrimonio de familia inembargable, la venta se había caído. Ahora el negocio era de otra persona. Doña Mónica lloraba iracunda mientras llamaba 5 y 6 veces al despacho de la abogada Manrique. El teléfono repicaba y repicaba, se hacía infinito el sonido en la bocina, nadie contestaba en la otra orilla, nadie atendería la vocina del otro lado, era un mensaje en una botella que no iría a parar a ningún lado, naufragaría como naufragaban sus intentos desesperados de contactarla. En la recepción ya no aparecía el aviso que acreditaba a Diana Manrique como la abogada de la oficina 813, el espacio estaba vacío. Se había esfumado de la faz de la tierra, un acto de magia, un comportamiento digno de la mala imagen que su gremio se había acreditado durante años. Mónica maldijo en frente del recepcionista, se habían ido los 200 mil pesos que le pagó por los honorarios, se habían ido los sueños de tener una casa de dos pisos, de vivir con su cuñada Tulia y su descendencia, de dar pasos de elefante, de tener un tejado por donde no se filtraba el agua. -Vieja ladrona, la muy hija de puta- dijo en frente de la recepción y se marchó mientras caían las primeras gotas de lluvia de la tarde.



lunes, 12 de septiembre de 2011

Hay públicos

En los conciertos, como en la humanidad se ven demasiados tipos de audiencias, demasiados públicos:

Hay públicos agradecidos que chiflan y rebosan de exaltación y éxtasis. Se ampollan las palmas de tanto chocarlas, una y otra vez. Al tiempo que hay otros públicos demandantes y exigentes, que no se lo piensan mucho, sólo contragolpean, de modo que cuando unos reconocen, ellos restan. Siempre se sentirán vacíos en algún lugar. Sus antagónicos, en cambio, se tatúan recuerdos felices por siempre y para siempre.

Hay públicos sensatos que logran interpretar los pros y los contras. Procuran ubicarse en un llano distante de la vara de la perfección. Con el lápiz rojo en mano, intentan ser moderados al poner la nota. Los calificativos no desbordan como cascada, son solo cautos y críticos. Retribución justa para quien merece lo que merece. Van y vienen del 3.5 al 4.5. No más lejos, no más cerca.

Hay públicos desmesurados que haga lo que haga su ídolo, lo apoyarán como un fiel escudero. Le toleran las excentricidades más irracionales. Hablen el idioma que hablen, le aplauden. No es cuestión de entenderlo, es cuestión de oirlo. Públicos que, si el silencio se lo permite, aúllan y braman con fuerza para que el artista les oiga, como quien cumple con la contraprestación firmada: tu cantas para mi, yo rompo mis cuerdas vocales para ti.

Todos tienen derecho a rebuznar o a chiflar en delirio hipnótico. Todos tienen derecho a ser el público y la audiencia que les convenga o con la que se sientan cómodos. Yo francamente, no he podido ubicarme en uno solo de aquellos especímenes, los definidos y los que queda por definir. Supongo que sólo me corresponde pararme del lado del biotipo que se entrega en alma al concierto, al que se desvive en el físico, puro y duro tributo a la música: cantarla y bailarla a viva voz.

Lo que no soporto es que haya públicos que todo lo dan por hecho sin detenerse, con la morbosa y deliciosa manía de pensar de dónde proviene cada detalle de un producto que ya está fabricado para su consumo. Para ellos no tiene relevancia que el sonido sea impecable y que incluso la vibración de un platillo insignificante, en un foro de 40 mil espectadores al aire libre, suene como ha de sonar en un cuarto cerrado. Para ellos no tiene relevancia que las pantallas destilen efectos esquizofrénicos que ayudan al soporte audiovisual del espectáculo, videoclips, implosión, multimedia, la representación visual del contenido de una canción, hecho arte. Poco les importa que la banda esté afinada hasta en el paraje más remoto del pentagrama. Filuda, como el engranaje de un reloj. Qué les importa que el hombre haya descubierto la rueda, que haya viajado al espacio y que 100 pares de manos hayan trabajado antes en el producto final, en el pan del desayuno que se come automáticamente, por que para ellos desayunar es una cuestión de hábitos, no por que represente el goce pagano que tiene mojar la harina y levadura hecha pan en el café que humea caliente.

Solo puedo sentir compasión de los que salieron decepcionados del concierto de los Red Hot Chili Peppers en el que lograron poner en un marco, en esta geografía nuestra, tan autóctona, un pedazo del rock and roll de los años 90 en tiempo presente, en una escena que se congeló en el tiempo, anacrónica, inmortal y para siempre.

Arte hecho música y música hecha arte.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Incendios (Parte I)

(Soundtrack)

Parte I

Israel se presentó con una cédula falsa a tramitar una tarjeta de crédito. Era tan plástico el documento que el agente sonrió, se paró del escritorio e inmediatamente avisó al departamento de seguridad para que hicieran la investigación según lo ordena el protocolo. Israel lo miraba y el banquero aún sonreía, la boca corta, hipócrita. En medio del disimulo, a Israel se le dijo que se acercara al día siguiente para recoger la tarjeta de crédito. El funcionario de nuevo sacó a relucir la mueca mojigata. Enseguida, una vez se marchó el hombre, el departamento de seguridad del banco coordinaba con los celadores del super mercado donde se encuentra la sucursal del banco la estrategia para avisar a la policía y capturarlo al día siguiente por falsedad en documento público. Una última risa diplomática, como un conejo que deja ver los dientes frontales. Israel salió del lugar con el diafragma expandido, la barriga a sus anchas.

La abogada Diana Manrique atendió en su despacho a doña Mónica, una mujer dedicada al hogar y a dos hijas, una apenas gateaba, la otra tenía la edad en que se comen los mocos que burbujean y asoman por la nariz. Doña Mónica necesitaba que su casa de tejas de eternit, la que compró con su marido con el esfuerzo con que compra la clase media-baja colombiana, fuera desafectada de una medida jurídica que la hacía inermbagable. El trámite se debía a que tenían una oportunidad única de, por fín, comprar la casa de dos pisos con la que soñaron siempre, lo que obligaba a levantar el llamado "patrimonio de familia inembargable" para proceder a la compra. Cosa de abogados. -Bendita sea mi madre Lucrecia- rezaba Mónica cuando se enteró de la ganga -Bendita sea mi madre misericordiosa- repetía.

Don Israel llegó a la hora y fecha acordada con el agente del banco. Llevaba puesto un saco de lana azul percudido, unos pantalones cafés a los que le escurrían gotas de pintura seca y blanca que olían a una mezcla entre formol y taller de carpintería, como al acerrín árido. Estaba convencido de que el crédito era suyo. Su cabeza estaba adornada por un mar de pelos cortos, blancos, atornillados a ésta, como luce cepillo para lustrar botas. Cepillo que supo utilizar durante los primeros años de la década de los 80 cuando la situación estuvo dura. Culpó al Presidente Belisario, culpó a los comunistas. Culpó a la decendencia de los Kennedy y al Movimiento 19 de abril. Le sudaban las manos, no solo estaba nervioso, lo parecía. Israel era un tipo de varios oficios, tenía 62 años y ya conocía la minucia y el arte de los oficios varios. El crédito era suyo. Israel ha sido independiente desde que su padre lo abandonó a él y a sus 14 hermanos, la mayoría de ellos con nombres irrepetibles, como Viruelo, Fulgencia y Agripina, la mayor. Frotaba la palma de las manos, mientras aguardaba paciente.

La doctora Diana Manrique aceptó llevar el trámite que necesitaba la señora Mónica. El asunto era realmente sencillo: demanda ante la jurisdicción voluntaria, admisión, sentencia y honorarios. Pan comido. El pan estaba servido en la mesa, Mónica vació la olla de ague'panela en los pocillos, dejó a su hija mayor en la escuela y a cuestas llevó a su hija menor, la que gateaba, no la que se los comía mocos. La cita con la abogada Manrique era a las 8:30. En Bogotá, para no ser ajenos a la rutina, llovían agujas de agua, las que más mojan. El Bus Restrepo-Germania estaba a punto de desbordarse de cuerpos y cabezas humanas que escurrían agua a cántaros, como cascadas de carne húmeda que olían a un collage de verduras, tierra, café y campo. Como al olor de la patria chica que entra por las ventanillas del carro cuando se huye de la capital. Como a ese tufo que expele el campo recién duchado, el que ingresa al carro cuando los chicos bajan los vidrios para sacar sus cabezas y escabullir sus melenas, rompiendo contra el viento. El bebé que aprendía a gatear estaba estampado contra los pechos de su madre, la mano izquierda de ella estaba aferrada al paral superior de la cabina del bus y Mónica, entre tanto, memorizando un discurso sobre como pedir misericordia en caso de que los honorarios fueran más de lo que podía pagar.

Don Israel tomó asiento. Firmó dos formatos que hacían falta y se saboreaba cada vez que el agente se paraba de su lugar para regresar con más formatos, más fotocopias y más trámites. Lamentó su suerte. Después la bendijo. Recibió copia de la solicitud, la cédula falsa que creía había pasado desapercibida, un folleto sobre el uso adecuado de las tarjetas de crédito, y plástico en mano se paró del asiento estrechando la mano del agente y siguió, conforme el plan. No hubo sospechas -pensó-

Mónica no tuvo que dar mayores explicaciones. La abogada Manrique comprendió que la situación era apremiante: los comunistas, el M-19, la familia Kennedy, Belisario. Se fijaron cien mil pesos de honorarios y un anticipo de cincuenta mil para comenzar. Se firmó el poder. Doña Mónica agradeció la benevolencia de su nueva abogada. Le rezó a su madre bendita Lucrecia. Preguntó por cuánto podía durar el trámite ya que los tiempos eran estrechos, si no levantaba el patrimonio de familia inembargable se exponía a que el vendedor de su casita añorada de dos pisos, donde cabrían Tulia, su cuñada, y su descendencia, arreglara con otro cristiano. La doctora Manrique sonrío con prepotencia y habló de dos semanas, un mes a lo sumo. -Bendito sea el niño jesús y mi mamacita Lucrecia- la emoción la embargaba, ¡quien lo creyera...!