Cuando recibí el diploma de abogado cerré los ojos y me ví, antes que todo, como un abogado con un futuro promisorio, con un ímpetu más grande que el suspiro de fe con el que salí a hacer las cosas, lleno de ilusiones, armado de principios y franqueza, comprometido a cambiar al mundo. El paso del tiempo, al cabo, termina por apretar su cuña y se lleva todos esos bonitos anhelos al inodoro, luego descarga.
Los abogados, parece que estamos hechos de la misma extraña materia gris, a pesar de la enorme biodiversidad reptil que nos rodea. Hablamos y escribimos llenos de adornos, cada intervención es un viaje sin regreso al purgatorio, cada palabra tiene a su lado un séquito de adjetivos que la acompañan. Para su comprensión: somos creadores del arte de no hacernos entender.
Esa descripción es la estampa de aquél que se conoce en las calles como el 'leguleyo'. Es otro ser abominable, viste corbatas color bocadillo y vestidos color oliva, operador del derecho, hace todo lo posible por confundir a pesar de que su único objeto es argumentar para hacer clara una postura. Al contrario, en medio del galimatías* (ya ven por qué lo digo) de sus argumentos, simula hacerse entender y no lo consigue. Solo lo entienden sus colegas enrazados, hijos de la misma rareza lingüística que a todos despista...La mayoría de las veces los entiendo, y cuando lo hago me compadezco. Llevo su ADN.
Desde aquel momento en que recibí el título, hasta hoy que tengo la posibilidad real de representar los intereses de quien generalmente no entiende las oscuras artes del derecho, han cambiado mis anhelos. Gracias al contagiaoso pesimismo propio de la profesión, mis ilusiones tienen menor dimensión: hoy en día aspiro a cosas más modestas pero más edificantes. Eso es seguro. Hoy quiero ser un abogado distinto, que escriba y hable corto, que sea claro, que no aderece inutilmente las palabras. Prefiero pasar por insulso y desaliñado que por meticuloso, palabrero y enredador.
Y con el tiempo, he visto que estos sobrios anhelos en verdad representan un cambio significante. Si los abogados dejaran las artimañas de aprovecharse del monopolio de las leyes y comenzaran a hacerse entender, seguro las sentencias, los memoriales y las audiencias no necesitarían intérpretes. Las declaraciones de los políticos serían comprendidas por los ciudadanos, y cuando la respuesta es desconocida, probablemente ese leguleyo diría: "no lo se"
Para cambiar el mundo se necesita sumar granos de arena, para la desesperanza se necesitan ideas simples, para ejercer el derecho se necesita contenido y no esta falsa elocuencia que me aturde. Este es un buen momento para que las generaciones de abogados que vienen, erradiquen del repertorio estas espantosas costumbres que tienen los abogados de hoy.
Ya mismo comenzó mi cambio, termino esta entrada con una última precisión: La próxima vez que me pregunten por mi profesión aclararé: Abogado...no leguleyo.
______
*m. coloq. Lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas.
Los abogados, parece que estamos hechos de la misma extraña materia gris, a pesar de la enorme biodiversidad reptil que nos rodea. Hablamos y escribimos llenos de adornos, cada intervención es un viaje sin regreso al purgatorio, cada palabra tiene a su lado un séquito de adjetivos que la acompañan. Para su comprensión: somos creadores del arte de no hacernos entender.
Esa descripción es la estampa de aquél que se conoce en las calles como el 'leguleyo'. Es otro ser abominable, viste corbatas color bocadillo y vestidos color oliva, operador del derecho, hace todo lo posible por confundir a pesar de que su único objeto es argumentar para hacer clara una postura. Al contrario, en medio del galimatías* (ya ven por qué lo digo) de sus argumentos, simula hacerse entender y no lo consigue. Solo lo entienden sus colegas enrazados, hijos de la misma rareza lingüística que a todos despista...La mayoría de las veces los entiendo, y cuando lo hago me compadezco. Llevo su ADN.
Desde aquel momento en que recibí el título, hasta hoy que tengo la posibilidad real de representar los intereses de quien generalmente no entiende las oscuras artes del derecho, han cambiado mis anhelos. Gracias al contagiaoso pesimismo propio de la profesión, mis ilusiones tienen menor dimensión: hoy en día aspiro a cosas más modestas pero más edificantes. Eso es seguro. Hoy quiero ser un abogado distinto, que escriba y hable corto, que sea claro, que no aderece inutilmente las palabras. Prefiero pasar por insulso y desaliñado que por meticuloso, palabrero y enredador.
Y con el tiempo, he visto que estos sobrios anhelos en verdad representan un cambio significante. Si los abogados dejaran las artimañas de aprovecharse del monopolio de las leyes y comenzaran a hacerse entender, seguro las sentencias, los memoriales y las audiencias no necesitarían intérpretes. Las declaraciones de los políticos serían comprendidas por los ciudadanos, y cuando la respuesta es desconocida, probablemente ese leguleyo diría: "no lo se"
Para cambiar el mundo se necesita sumar granos de arena, para la desesperanza se necesitan ideas simples, para ejercer el derecho se necesita contenido y no esta falsa elocuencia que me aturde. Este es un buen momento para que las generaciones de abogados que vienen, erradiquen del repertorio estas espantosas costumbres que tienen los abogados de hoy.
Ya mismo comenzó mi cambio, termino esta entrada con una última precisión: La próxima vez que me pregunten por mi profesión aclararé: Abogado...no leguleyo.
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*m. coloq. Lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas.
Le creo si toma trabajo social al menos 4 horas por semana. Defienda a alguien que no le pague un peso, es el verdadero lenguaje que deben difundir los abogados.Me cuenta.
ResponderEliminarEl comentario de "Anónimo" es un tanto desajustado: hacer trabajo sin que te paguen siendo abogado es bastante común. Desafortunadamente los gastos legales parecen estar en un número importante de casos, en la cola de la lista de prioridades de los clientes.
ResponderEliminarPor lo demás, interesante tu entrada. Lamento considerar que cuando trabajas con leyes como las nuestras, tratar de acercarse con entendimiento a quien te consulta y no con leguleyadas es un tanto difícil. Como cuando tratas de explicar que un paramilitar pueda ser juzgado por 2.500 homicidios confesados y condenado a cuatro años en un centro social de rehabilitación pero un hurto puede darte mucho más. O cuando un proceso ejecutivo, diseñado para ser evacuado en seis meses, lleva once años atrancado porque el juzgado está esperando una "actuación de parte" para continuar.
Difícil... muy difícil veo el éxito de tu propósito de apartarte de los leguleyos. Buena suerte con eso.
Somos dos en esa causa http://twitter.com/#!/Asmodeo_/status/1719573514555392
ResponderEliminarPero advierto que el camino es duro, largo y complicado, ya he recibido comentarios desafortunados porque el Sr Secretario o Juez, se extrañan de la falta de rimbombancia de mis memoriales.