martes, 30 de noviembre de 2010

Capítulo XVIII - "Ser independiente no significa independencia"

Dos buenos y viejos amigos tienen en común entradas en su blog sobre la absurda vida del asalariado, de quien pide permisos y de quien los concede sólo cuando se le viene en gana. Son preciosas diatribas de la afanosa vida esclavizada por el salario. Les sugerí leer mi versión, desde la independencia, la relativa independencia que cominezo a vivir. Solo pido que no se tome como un escrito desesperanzador, solo creo que la humanidad no tiene cura, aún así procuro y creo estar más cerca de la felicidad de este rincón de la vida.

Los blogs de mis amigos acá:

http://leccionesdepataleta.wordpress.com/2010/11/29/72/#comment-123
http://in-version.blogspot.com/2009/03/oficiniando.html

El mío aquí:


Empieza el año a mediados de enero y termina a mediados de diciembre. Nadie llega de vacaciones colectivas, son simplemente vacaciones, no hay colectivos, ni ejecutivos, ni toda esta retahíla de palabrillas empresariales que se inventó el mismo creador de conceptos como el DOFA, la Misión, la Visión y estas tonterías que nunca cambiarán el mundo.

Todo transcurre en la misma normalidad de las horas desapacibles. Es febrero y es raro ver que la oficina esté copada al máximo aforo. Acá somos 3, a lo sumo 4. Los horarios no coinciden, cuando unos van, otro vuelve, cuando otros vuelven el uno va y vino. Los meses pasan y cuando ya es marzo se está pensando en cual buen destino visitar durante la semana santa.

Llega abril, no hubo mucho que hacer en Semana Santa, hay que volver a consignar plata para la papelería de la oficina que se ha agotado. Aún no llegan casos, y los que están vigentes y caminando se mueven afanosamente. Generan desgaste y trabajo, pero el cliente aún no ha pagado la cuota que le corresponde: -"Un tratamiento de conductos cuesta 10 millones, usted entenderá doctor"- Yo lo entiendo, pero usted no me entiende a mi. Paso saliva y abro el sobre donde viene el extracto de la tarjeta de crédito. La cuota llega más alta de lo que calculé.

Vamos en junio, ha habido gastos innecesarios, no hay primas ni bonificaciones, el cliente sigue con su tratamiento de conductos y yo corriendo con su caso. Honestamente el semestre ha sido malo. No habrá vacaciones en junio, y si habrá que seguir trabajando, preparando audiencias y recursos. Mamá cumple y mi suegra también, mi hermano llega a su primer aniversario de casado, me propongo ofrecerle una "tregua de no regalo" que se hará valedera el día en que yo me case y dure el primer año bajo el vínculo sagrado del matrimonio. Él accede, pero a mi suegra y a mi mamá no las puedo transar con nada. La tarjeta de crédito volverá a pasar entre la ranura magnética.

Julio 5, es hora de consignar pensiones y cesantías, me sigo preguntando cuándo se darán cuenta de que reporto sobre el mínimo pero no se en verdad ni cuánto gano, ni cuánto devengo, ni cómo devengo, ni siquiera se qué devengo y hasta cuando lo haré. Solo vuelvo a consignar sobre la base de un mínimo y paso de agache un mes más. Mañana veremos, mañana veremos...

Llega un caso nuevo, dios es grande, la plata vuelve a dibujar una sonrisa en las caras largas de esta oficina que parecía de paredes gigantes y deshabitada. Ahora todos coinciden en sus horarios, se reúnen y departen, hacen planes de cómo partir los nuevos honorarios, en qué invertirlos y cómo disfrutarlos. Agosto es nuestro mes favorito.

Odioso y largo septiembre, no hay que lidiar con ningún amigo secreto, somos 3, a lo sumo 4, no hay secretos tampoco amigos, somos socios independientes dueños de nada, dueños de nuestro propio tiempo eterno. Disminuye la carga laboral, se agotan los casos y ha disminuido el trajín del año. También disminuyen los extras, aumentan los costos. La plata que llegó hay que depositarla en otra cuenta, calcular los gastos mensuales, sabrá dios cuánto gasto al mes en promedio, y dividirlos en el número de meses aproximado que tomará recibir otro caso, sabrá dios cuándo pase eso.

Ha sido un mes largo, empieza octubre y en los corredores del edificio se ven las calabazas y las brujas gritando pero acá nada cambia, las mismas puertas en madera y el mismo olor a café en las mañanas. Sería un poco infantil y otro poco corporativo disfrazar el recinto donde vienen los clientes a preguntar cada vez que se les ocurre alguna idea brillante, a consultar sus posibilidades, a proponer ideas con las que uno difiere.

Noviembre. La misma rutina, pensiones y salud los días 5, los servicios de la oficina entre el 10 y el 15, pagarle a la secretaria y recaudar de los otros socios (somos 4 o 3) su correspondiente cuota, pagar la administración no despues de los días 20 para no perder el descuento por pronto pago. Lo único que no es rutina son los fondos y la plata parece que llegara y saliera espantada por donde vino.

Mañana comienza diciembre y no hay plata para hacer planes, solo alcanza para los regalos, depronto tiempo si queda libre, tiempo que sobra y que podría invertir en algo, pero los ahorros son para eso, para el día a día. Hubo gastos desmesurados y no puedo repetir el mismo chiste. ¿Cuáles? yo qué se. Solo se que los hubo, no llevo cuenta de nada. No habrá fiesta de fin de año, intercambiaremos libros antes de la navidad y nos daremos un abrazo, nos veremos en Enero..a mediados de enero empieza el próximo año, nadie llega de vacaciones colectivas, simplemente son vacaciones.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Serie de cuentos cortos - "Romper el hielo"

La lectura injustamente ha carecido de música y fondo. Yo me tomé la licencia para poner un velo musical de paisaje que facilitaría la exploración de los sentimientos mientras se lee. Recomiendo oir estas dos canciones, durante la lectura:

Bebe - "Tu silencio"
Prince - "Purple rain"
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Quedaba un puñado de viajeros en la estación de trenes de Zaragoza. El pavimento ya olía a primavera y era un buen momento para pasar el fin de semana en Madrid, sabrán lo que es Madrid durante la primavera y no me lo perdería este año por nada del mundo.

Un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza. Al frente mío yacía la más delicada figura que haya visto alguna vez. Era una mujer sutil, parecía pintada por un pincel de cerdas finas, milimétricas. Un periódico le tapaba la cara por completo pero lo poco que se asomaba por fuera del diario abierto me dejó la mirada clavada ahí, atornillada, esperando para verle.

Un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza. La impaciencia me estrangulaba cada vez que pasaba la página y su cara detrás de la página de clasificados seguía sin aparecer. Finalmente bajó el diario para concentrarse en algún artículo. Al agachar la mirada apenas pude verle un poco más claro. Era aún más hermosa de lo que me pude imaginar.

Un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza. Entre ellos, ésta mujer, sin duda varios años más que yo, empacada en un traje seductor. Su cara en absoluta armonía, con los rasgos bien marcados, afilados, y sus pestañas eran enormes. Persianas de los ojos profundos y oscuros.

Un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza cuando la gallardía me retó a seguir mirándola, y así lo hice mientras esperaba a que mi tren partiera. Tenía tiempo de sobra, incluso para ir ante el ministerio de cualquier iglesia y casarme con ella para siempre y en nombre de cualquier Dios.

Finalmente ella desatendió el maldito diario. Un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza cuando finalmente alzó la mirada y se fijó en mi. Al cabo, no había mucho más que mirar al rededor, la estación estaba casi vacía.

Su mirada era arrogante. Tan arrogante era, que se quedó mirándome desafiante cuando supo que yo la miraba con tanta atención. No sonreía, solo me miraba y me digería en un duelo de ¡qué se yo! Apenas pude salir del impacto agaché mi cabeza, no pude seguir contemplando la cara más misteriosa que aún 20 años después de esa primavera del 91 haya podido ver. Solo un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza.

Recuperé el aliento y la volví a adorar, ya era hora que supiera que no era un hombre cualquiera. Me dispuse a contener la mirada hasta que ella cediera, no sería yo el derrotado, así que la miré de nuevo y me concentré en sus ojos. Ella seguía haciendo lo mismo, únicamente desfijó la vista para poner el diario en un puesto vacío y volvió a mirarme. Seguro lo hizo para tomar un nuevo impulso. Casi nadie quedaba en la estación de trenes, solo un puñado de viajeros y esto podía tomarnos horas y días enteros.

Juro que podía sentir cómo me sudaban las manos, ya estaba dispuesto a dar el salto final, me iba a parar para hablarle cualquier tontería. No me importaba ya a dónde viajase ella, allá iría yo. Iba a pararme dispuesto a besarla, el plan estaba firmado por mi cabeza y mi cuerpo, solo faltaba ponerlo en marcha. Total, solo un puñado de viajeros quedaban en la estación de trenes de Zaragoza. Nos seguíamos mirando...

El parlante pegó un grito, rompió el silencio y llamó a abordar a los pasajeros con destino a Barcelona. Lo ignoré, yo iba a Madrid y ella iría conmigo o yo con ella, daba lo mismo. Me paré, ella se paró, me acerqué, ella se acercó. Quedaba un puñado de personas en la estación de trenes de Zaragoza, yo abrí la boca cuando la tenía justo en frente para decirle algo, cuando ella me interrumpió:

-"De lo que te perdiste chaval..."-

Suspiró y subió al tren que iba a Barcelona. Yo permanecí petrificado un rato más...Solo quedaba un puñado de viajeros en la estación de trenes de Zaragoza.

martes, 9 de noviembre de 2010

Capítulo XVII - "Abogado...no leguleyo"

Cuando recibí el diploma de abogado cerré los ojos y me ví, antes que todo, como un abogado con un futuro promisorio, con un ímpetu más grande que el suspiro de fe con el que salí a hacer las cosas, lleno de ilusiones, armado de principios y franqueza, comprometido a cambiar al mundo. El paso del tiempo, al cabo, termina por apretar su cuña y se lleva todos esos bonitos anhelos al inodoro, luego descarga.

Los abogados, parece que estamos hechos de la misma extraña materia gris, a pesar de la enorme biodiversidad reptil que nos rodea. Hablamos y escribimos llenos de adornos, cada intervención es un viaje sin regreso al purgatorio, cada palabra tiene a su lado un séquito de adjetivos que la acompañan. Para su comprensión: somos creadores del arte de no hacernos entender.

Esa descripción es la estampa de aquél que se conoce en las calles como el 'leguleyo'. Es otro ser abominable, viste corbatas color bocadillo y vestidos color oliva, operador del derecho, hace todo lo posible por confundir a pesar de que su único objeto es argumentar para hacer clara una postura. Al contrario, en medio del galimatías* (ya ven por qué lo digo) de sus argumentos, simula hacerse entender y no lo consigue. Solo lo entienden sus colegas enrazados, hijos de la misma rareza lingüística que a todos despista...La mayoría de las veces los entiendo, y cuando lo hago me compadezco. Llevo su ADN.

Desde aquel momento en que recibí el título, hasta hoy que tengo la posibilidad real de representar los intereses de quien generalmente no entiende las oscuras artes del derecho, han cambiado mis anhelos. Gracias al contagiaoso pesimismo propio de la profesión, mis ilusiones tienen menor dimensión: hoy en día aspiro a cosas más modestas pero más edificantes. Eso es seguro. Hoy quiero ser un abogado distinto, que escriba y hable corto, que sea claro, que no aderece inutilmente las palabras. Prefiero pasar por insulso y desaliñado que por meticuloso, palabrero y enredador.

Y con el tiempo, he visto que estos sobrios anhelos en verdad representan un cambio significante. Si los abogados dejaran las artimañas de aprovecharse del monopolio de las leyes y comenzaran a hacerse entender, seguro las sentencias, los memoriales y las audiencias no necesitarían intérpretes. Las declaraciones de los políticos serían comprendidas por los ciudadanos, y cuando la respuesta es desconocida, probablemente ese leguleyo diría: "no lo se"

Para cambiar el mundo se necesita sumar granos de arena, para la desesperanza se necesitan ideas simples, para ejercer el derecho se necesita contenido y no esta falsa elocuencia que me aturde. Este es un buen momento para que las generaciones de abogados que vienen, erradiquen del repertorio estas espantosas costumbres que tienen los abogados de hoy.

Ya mismo comenzó mi cambio, termino esta entrada con una última precisión: La próxima vez que me pregunten por mi profesión aclararé: Abogado...no leguleyo.

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*m. coloq. Lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas.