Cargo un prejuicio conmigo: no me generan credibilidad los periodistas deportivos gordos. Esos que no tienen ninguna contextura atlética. Los que no han sudado el alma, los que no se han parado en la inmensidad de un campo de fútbol, los que no han practicado un deporte con disciplina, los que no han jugado en equipo y han tenido que apagar el incendio que dejan sus compañeros, los que no han tenido que pedir el cambio porque los calambres de aficionado no los dejan caminar. Esos periodistas que no han tenido el placer de realizar alguna de esas gestas y brincaron de la facultad al micrófono, no se merecen la superioridad moral que realmente se requiere para ser periodistas deportivos, porque pueden opinar, sí; pero para hacerlo sobre algo tan absolutamente subjetivo como el deporte, se necesita un mínimo de experiencia en primera persona que no ofrecen las horas en cabina, ni el número de columnas escritas. Podrán haber cubierto 10 mundiales, pero si no se han puesto los cortos, su opinión no tiene credibilidad porque no saben lo que es la competencia.
Al terminar la fecha 15 de las eliminatorias al mundial de Rusia, la Selección Colombia ocupa la segunda posición. Arriba sólo está la inmarcesible Brasil: abajo, no muy lejos, estan Uruguay, Chile y Argentina que usualmente veíamos encima; y más atrás, Perú y Paraguay que se conectaron en la disputa; todos atrás de Colombia, y sin embargo, en el periodismo deportivo nacional reina la visión histérica que raya con una especie de pararealidad. Que estamos eliminados. Que cómo no le ganamos al último de la tabla. Que comprometimos la clasificación al mundial, y sobre todo esta: que no jugamos bien.
¿Y qué es jugar bien? la pregunta es una red de anzuelos porque para mi jugar bien, no necesariamente depende del resultado: se puede ganar 5-0 y no haber jugado bien. Se puede perder 5-0 y no necesariamente haber jugado mal. Es cierto, Colombia empató 0-0 con Venezuela. Es cierto, es el último de la tabla. Todo eso es cierto, pero a mi me sigue pareciendo que Colombia no juega mal y no jugó mal. Sostuvo el arco en cero, jugó de visitante en una cancha digna del torneo del Olaya Copa Amistad del Sur, la mayoría de nuestros jugadores se cargaron encima un viacrucis de Barranquilla a Cucuta y por tierra cruzar la frontera hasta el estadio Pueblo Nuevo, sin sumar las 10 y 12 horas que recorren en un avión con los músculos todavía tensionados por el último partido jugado en sus clubes y el jet-lag al hombro 72 horas antes del partido: sumamos un punto más hacia Rusia, seguimos segundos y la mesa está servida. No son excusas, son explicaciones que se suman a la razón de un resultado, pero realmente la más importante es que el rival también juega.
Comenzaba por la credibilidad de los periodistas gordos, porque esos generalmente son los más radicales en sus conceptos. Ellos ignoran una realidad elocuente y es que en las eliminatorias de Suramérica todos los equipos son competitivos, no me atrevo si quiera a excluir a Bolivia, que con gallardía casi nos saca el cero en Barranquilla, como lo hizo en Santiago contra Chile. Todos los equipos se juegan algo, y todos van a muerte contra el que se pare en frente. Por eso sólo hay dos eliminados matemáticamente faltando sólo 3 fechas para terminar la eliminatoria y por eso cualquiera puede ganarle a cualquiera, incluido Venezuela. Y sin embargo, Colombia compite y compite bien.
Eso para mi, es jugar bien: competir, o ser competitivo. Ser un rival duro, no bajar los brazos. Correr, meter, morder y sudar. Disputar las pelotas, reventar las que van al arco, tirar una pared y quedar frente al arco. Puedo decir que sólo dos veces en esta eliminatoria hemos jugado mal: contra Argentina y Uruguay de visitantes, donde francamente nos metieron la mano y no competimos, nos desmoronamos cagados del susto ante el rival y sus hinchadas. Hemos podido jugar mejor, sin duda. Hemos podido jugar más lindo, siempre se puede. Pero en el fútbol que es la cosa más importante de las menos importantes, la estética es un adorno y los resultados son lo único que alimenta. Títulos, objetivos, victorias y goles.
Esos periodistas gordos ignoran que en frente se para un rival que también se quiere comer la cancha, venden fatalidades e hipérboles a sus lectores. Esos periodistas que nunca han alzado un trofeo de 10 cms en oro golfy, siguen diciendo que tal o cual equipo debería ganar por historia. La historia es el hijo bastardo del fútbol porque no juega partidos, se queda en los libros. El Ajax que supo dominar Europa en una época no lejana, no disputa mayor cosa últimamente. Pregúntenle al AC Milan, al Nottingham Forest, o al América de Cali, si su historia le sirve para alimentar en algo su presente. Esos periodistas todavía creen que jugar de visitante es un salvoconducto por si se pierde el partido, como si los hinchas jugaran. Lo repiten y se lo creen.
Colombia está un punto más cerca de Rusia y el martes enfrenta a Brasil, a quien perfectamente le podemos ganar porque esta Colombia de Pekerman sabe competir, porque Brasil lleva 9 de 9 desde que la dirige Tite, porque los records están para romperse, porque Barranquilla va a hervir, porque tenemos una banda que mete miedo y porque este Brasil es de cagarse en los pantalones.
A Gabriel Meluk, Carlos Antonio Velez, Ivan Mejía, y especialmente el calvo Bermúdez. A esos periodistas histriónicos que son un libreto sin autenticidad, que no han pateado el último penalty, que no saben lo que es ponerse unas canilleras, que no han hecho un relevo al medio que se quedó sin aire, les digo que el martes Colombia va a jugar bien otra vez, tal vez no lindo, tal vez si, pero va a jugar bien porque sabe competir, porque esta Colombia juega bien.
No se si vamos a ganar, solo sé que entre más bravo el toro, mejor es la corrida.