Me acuerdo que a los 18 años tomé una de esas decisiones que forman el caracter para toda la vida: abrí mi primera cuenta de ahorros. A partir de ese momento, toda mi información personal se abría de patas al sistema financiero y quedaba expuesta a ese poder invisible que comercializa con los datos de las personas y que crece en la medida en que adquieren más datos, de más personas, por irrelevantes que parezcan.
Al principio fue la cuenta de ahorros que fue abierta para recibir la mesada y no pasar las vergüenzas y desvergüenzas de ser un universitario pidiéndole plata a los papás. Si de pudonor se trataba, con el acné juvenil era suficiente. Después fue un contrato con una empresa de telefonía móvil. Más adelante, un plan pospago. Con el primer sueldo, empecé a cotizar para pensiones y salud. Así fue que mis datos personales empezaron a desfilar a través de las corrientes de información personal en bases de datos en fila india. Terminé haciendo parte de una especie de promiscuidad informática involuntaria donde se comercializa con todo aquello que se pueda saber acerca de un sujeto. Alejandro Mejía o Fulano de Tal, da igual. Para esa masa amorfa que algunos llaman 'El Establecimiento' uno es un activo, un signo peso, un número de talla, una fecha de cumpleaños, una estadística consolidada, un valor determinado.
Algún día recibí correspondencia de una organización llamada "Los Caballeros de la Virgen" en mi propia casa. Hasta ese momento dejé de sentirme orgulloso por tener sobres a mi nombre en los casilleros de la portería. Ya no solo llegaban mes a mes los extractos del banco al que le informé la dirección de mi residencia. Rifas, balotas, planes 'time share', lanzamientos, y cualquier cantidad de información sin sentido empezó a llegar y yo era el destinatario: ese es el costo de figurar en los sistemas de bases de datos.
Con el tiempo entendí que no todo es malo e intentar lo contrario es nadar contra la corriente. Se puede ser un sujeto sin privacidad pagando el precio de que los datos personales sean accesibles y como contraprestación se puede ser VIP, por que primero se figura en una tabla de excel, pero con el tiempo se puede llegar a ser 'un cliente muy especial para la empresa'. Y es que se puede ser VIP básicamente en todo y para todo. Incluso la organización con el objeto social más abyecto tiene el moderno vicio de segregar y subdividir sus miembros entre ocasionales, habituales y VIP. Posiblemente en la Asociación de Caballeros de la Virgen no tengan idea qué traducen las siglas VIP, pero con seguridad tienen un portafolio de caballeros con trato preferencial y para eso está el idioma: Se puede ser VIP, preferencial o cliente express. Incluso encima de ese añorado status hay otros tantos por los cuáles aspirar: Black, Silver, Gold, incluso hay uno, sólo para alquimistas: ¡Platinum!
Con la espeluznante muerte del agente de la DEA presuntamente a manos de una bandola dedicada a realizar paseos millonarios se confirma la regla: se puede ser VIP, incluso muerto. La celeridad con que la policía judicial y la Fiscalía hallaron los culpables del delito es digna de un servicio para miembros de un club elite pero pocos colombianos tienen ese privilegio. Como ocurre en los cines, los supermercados, los bancos o las discotecas, la justicia también tiene usuarios estelares. Ocurrió cuando pusieron a disposición de la investigación al mismísimo FBI para agarrar a Nicolás Castro, el ingenuo vegetariano que creó un grupo en facebook comprometiéndose a matar al hijo del entonces Presidente de Colombia y volvió a ocurrir con el hacker que infiltró las cuentas personales de Daniel Samper Ospina, quien casualmente escribía una columna semanal burlándose de los beneficios de los que gozaba el Presidente Uribe. Fue a parar a la cárcel el muy osado y en cuestión de horas.
Lamento sinceramente la muerte del agente Watson, por él y por su familia, pero es inevitable llegar a la conclusión de que en este mundo enfermo se adquire un status de persona muy importante, siempre que medie el poder, el apellido, los fondos de la cuenta o el valor mensual del extracto. Tal vez, lo único en lo que no tiene ningún valor agregado ser VIP es en Avianca, en donde las salas especiales para este tipo de clientes son aún más concurridas que aquellas dispuestas para los corrientes y ordinarios usuarios que portan la modesta tarjeta roja.