jueves, 29 de agosto de 2013

Algo está mal

Si se mira como un hecho aislado, la noticia del paro agrario que hoy lleva más de una semana es un persistente eco que va y viene. Los oídos parecen estarse acostumbrando cada mes a que un grupo de la población o un gremio, cualquiera que sea, se encuentra en paro. Pero si se apela a la memoria y se toma la noticia en el contexto que corresponde: algo esta muy mal en Colombia.

Confrontemos la memoria: la región del Catatumbo se sublevó masivamente en julio, y no se había terminado el mes cuando los transportadores de carga ya pensaban en separar agosto para unir sus protestas a las del paro nacional agrario. El de los papicultores fue en mayo. En marzo fueron los maestros y la comunidad educativa que incluyendo los estudiantes protestaban por la calidad de la educación, eso sin olvidar que los cafeteros habían protestado en marzo y en enero no había certeza sobre si la rama judicial seguía o no en huelga. Lo que pasa en Colombia es tan surreal que incluso las FARC se dieron el lujo de hacer un paro armado por febrero. Paneleros, taxistas, transportadores de carga, de pasajeros, jueces y fiscales, presos y presas, aquí o allá.  

Así que mientras alguna agrupación paraliza al país cada mes, los medios de comunicación se limitan a reportar la historia desde el siempre fácil punto de vista de la anécdota. Generalmente queda en evidencia la poca información con la que cuenta la opinión pública para formarse un criterio. Por esa razón son muchos los juicios de valor apresurados y son pocos los puntos de vista sesudos y mesurados. En el punto medio entre quienes exigen y el Gobierno, queda una gran masa, que sino se muestra indiferente, despreocupada o resignada, termina por jugar al revolucionario y protesta por contagio viral o extasiado por las ventajas del vandalismo anónimo.    

Personalmente no me he comprometido con ninguna protesta, pero eso no impide que sienta una liviana simpatía con cada erupción social. La gente de este país ha soportado en silencio demasiados abusos, por lo que se me hace increíble que no haya explotado antes una verdadera revolución ante semejantes injusticias: Según entiendo, en estas nobles tierras se paga el segundo precio más alto del planeta por fertilizantes, una big mac en Colombia es la segunda más cara del mundo; la gasolina, aunque este sea un país productor, es tan cara como si no hubiera un miserable pozo. Las tarifas en telefonía celular, desde que existen teléfonos móviles, están a merced de "Claro", la compañía más ineficiente jamás conocida por la humanidad, como ocurre en la costa, con la prestación de la energía eléctrica. Y como con la gasolina, los fertilizantes y las big macs, en Colombia pasan idioteces semejantes en todos los sectores: ¡se importa café y leche! el cemento es más caro comprarlo acá que traerlo de china, ver jugar a Millonarios puede costar $250.000 en finales, el 2x1000 que se creó para salvar al sistema financiero como medida temporal, va en 4x1000 y ya lleva 13 años vigente. Y cosas menos frívolas: En Bogotá, 500 millones de pesos no alcanzan para vivir en un apartamento del más extravagante lujo, sino en una ratonera de 40 mts2. 

Aunque siempre he dicho que no se puede gobernar al calor de la opinión popular, para ser francos,  en este tipo de asuntos la opinión pública es el reflejo de la verdadera percepción social, la que paga de su bolsillo, la que sufre cuando tres carajadas en Carulla cuestan medio salario mínimo. Algo tiene que estar mal.

Solo por hablar tímidamente del paro agrario, estoy seguro que hay un punto medio entre dos extremos igual de nocivos: la falta de competitividad, la falta de preparación y la falta de profesionalización industrial que nos ha hecho cómodos y poco innovadores, por un lado, y los tratados de libre comercio, impuestos a las patadas por cumplir la cuota de ese colombiano complaciente y servil con los "socios estratégicos". Antes de sentarse a definir la profunidad del conflicto y la necesidad de la solución, sería bueno comenzar con un acuerdo: la culpa no es toda del Presidente Santos, ni el Ex Presidente Uribe es nuestro único redentor.

jueves, 27 de junio de 2013

Un mundo preferencial


Me acuerdo que a los 18 años tomé una de esas decisiones que forman el caracter para toda la vida: abrí mi primera cuenta de ahorros. A partir de ese momento, toda mi información personal se abría de patas al sistema financiero y quedaba expuesta a ese poder invisible que comercializa con los datos de las personas y que crece en la medida en que adquieren más datos, de más personas, por irrelevantes que parezcan.

Al principio fue la cuenta de ahorros que fue abierta para recibir la mesada y no pasar las vergüenzas y desvergüenzas de ser un universitario pidiéndole plata a los papás. Si de pudonor se trataba, con el acné juvenil era suficiente. Después fue un contrato con una empresa de telefonía móvil. Más adelante, un plan pospago. Con el primer sueldo, empecé a cotizar para pensiones y salud. Así fue que mis datos personales empezaron a desfilar a través de las corrientes de información personal en bases de datos en fila india. Terminé haciendo parte de una especie de promiscuidad informática involuntaria donde se comercializa con todo aquello que se pueda saber acerca de un sujeto. Alejandro Mejía o Fulano de Tal, da igual. Para esa masa amorfa que algunos llaman 'El Establecimiento' uno es un activo, un signo peso, un número de talla, una fecha de cumpleaños, una estadística consolidada, un valor determinado.

Algún día recibí correspondencia de una organización llamada "Los Caballeros de la Virgen" en mi propia casa. Hasta ese momento dejé de sentirme orgulloso por tener sobres a mi nombre en los casilleros de la portería. Ya no solo llegaban mes a mes los extractos del banco al que le informé la dirección de mi residencia. Rifas, balotas, planes 'time share', lanzamientos, y cualquier cantidad de información sin sentido empezó a llegar y yo era el destinatario: ese es el costo de figurar en los sistemas de bases de datos.

Con el tiempo entendí que no todo es malo e intentar lo contrario es nadar contra la corriente. Se puede ser un sujeto sin privacidad pagando el precio de que los datos personales sean accesibles y como contraprestación se puede ser VIP, por que primero se figura en una tabla de excel, pero con el tiempo se puede llegar a ser 'un cliente muy especial para la empresa'. Y es que se puede ser VIP básicamente en todo y para todo. Incluso la organización con el objeto social más abyecto tiene el moderno vicio de segregar y subdividir sus miembros entre ocasionales, habituales y VIP. Posiblemente en la Asociación de Caballeros de la Virgen no tengan idea qué traducen las siglas VIP, pero con seguridad tienen un portafolio de caballeros con trato preferencial y para eso está el idioma: Se puede ser VIP, preferencial o cliente express. Incluso encima de ese añorado status hay otros tantos por los cuáles aspirar: Black, Silver, Gold, incluso hay uno, sólo para alquimistas: ¡Platinum!

Con la espeluznante muerte del agente de la DEA presuntamente a manos de una bandola dedicada a realizar paseos millonarios se confirma la regla: se puede ser VIP, incluso muerto. La celeridad con que la policía judicial y la Fiscalía hallaron los culpables del delito es digna de un servicio para miembros de un club elite pero pocos colombianos tienen ese privilegio. Como ocurre en los cines, los supermercados, los bancos o las discotecas, la justicia también tiene usuarios estelares. Ocurrió cuando pusieron a disposición de la investigación al mismísimo FBI para agarrar a Nicolás Castro, el ingenuo vegetariano que creó un grupo en facebook comprometiéndose a matar al hijo del entonces Presidente de Colombia y volvió a ocurrir con el hacker que infiltró las cuentas personales de Daniel Samper Ospina, quien casualmente escribía una columna semanal burlándose de los beneficios de los que gozaba el Presidente Uribe. Fue a parar a la cárcel el muy osado y en cuestión de horas.

Lamento sinceramente la muerte del agente Watson, por él y por su familia, pero es inevitable llegar a la conclusión de que en este mundo enfermo se adquire un status de persona muy importante, siempre que medie el poder, el apellido, los fondos de la cuenta o el valor mensual del extracto. Tal vez, lo único en lo que no tiene ningún valor agregado ser VIP es en Avianca, en donde las salas especiales para este tipo de clientes son aún más concurridas que aquellas dispuestas para los corrientes y ordinarios usuarios que portan la modesta tarjeta roja.


martes, 9 de abril de 2013

Diatriba

Advierto una cosa: no me gusta España. No me gustan los españoles; no me gusta su música, ni el rock, ni el pop, ni las nuevas promesas, ni las viejas glorias. Es que no me gusta su música, ni Julio Iglesias, ni Enrique, ni ninguno de sus 104 hijos. Me gustó Melendi, pero ya no me gusta. Joaquín Sabina está por encima del bien y el mal, tan encima, que sus devotos no lo deben catalogar como español. No me gusta como hablan, no me gusta su acento, no me gustan las palabras que sólo los españoles utilizan; no me gusta que digan "enhorabuena" ¿qué clase de mierda es esa?. Tampoco me gustan sus verbos, ni cómo los conjugan, ni como los pronuncian. No me gusta que digan "aúpa" ni me gusta que digan coche. No me gusta su aerolínea, ni Iberia ni ninguna otra de bajo costo, todas están hechas del mismo aserrín. No me gustan sus políticas, ni me gusta ver la TVE.  No me gusta que sea un país-rompecabezas roto y dividido en comunidades autónomas cada una con un idioma incomprensible, distinto al español, al español del que se jactan haber creado y unificado con su virreinato y su colonización mediocre. No me gustan sus juventudes, laxas, proliferándose y teniendo hijos como conejos mientras duermen la siesta, por que eso es lo que mejor saben hacer: la siesta. Cuando el resto del universo está trabajando. ¿Ya dije que no me gusta su colonización? pues no me gusta!, ni me gusta la colonización de los capitales emergentes con sus bancos cretinos con políticas irresponsables, ni me gusta la de hace 580 años en la que se dedicó desgarrar carnalmente a tanto indígena y a cristianizar al nuevo mundo. No me gusta que hagan siesta; no me gustan sus turrones, ni los de alicante ni los de ningún rincón de España. No me gustan los colores de su bandera, no soporto su liga de fútbol. Es un bostezo. No me aguanto su periodismo deportivo -Toda salvedad para el señor Rubén Uría- engendrado en Marca y parido en As. La cadena ser, el grupo Prisa, cualquiera sirve para ejemplificar a ese abominable basilisco de 7 cabezas y 8 brazos. No me gusta su suerte, la suerte que tienen de estar en el mejor barrio del planeta tierra, al rededor de vecinos ricos. No me gusta Zara. No me gusta su ropa super ajustada para que el individuo quede empacado al vacío dentro de una prenda cuya duración se mide en horas y no en posturas. No me gusta Joan Miró. Cretino con suerte pero sin ninguna sustancia. Como se atreven a llamarlo pintor. No me gusta el jamón serrano, cada vez me gusta más el prosciutto San Danielle. No me gusta la paella. No me gusta el Real Madrid, me gusta el Barcelona, pero sólo por que es tan Catalán, que no es español. No me gustan sus políticos, no me gusta el gordo pedazo de mierda que un día me acusó en un teatro. No me gusta que todas las películas que pasan en España sean dobladas y no tengan subtítulos. No me gusta que todo les suene con acento nasal, como si el lenguaje estuviera lleno de zetas. Me gustaba el Atlético de Madrid hasta que viví en persona la hinchada de mierda que se faja un equipo de mierda. Tan exigentes, como si hubieran sido un equipo de fútbol importante alguna vez.

Hay muchas excepciones, Rubén Uría, la comida vasca y la gallega, Joaquín Sabina, Alma y Noelia. Los más viejos, el señor Ventura que me llevó al aeropuerto y su buen humor, algunas calles, el mobiliario urbano de Madrid. Barcelona, todo Barcelona y San Sebastían. Me moría de risa viendo un programa que se llamaba "El Grand Prix del Verano".

Son muchas cosas que me gustan de los españoles, pero esta es una diatriba: un escrito generalmente injurioso, y soy consciente, injusto.

lunes, 21 de enero de 2013

La congestión y los seguros

Columna publicada en el Diario La República.
Viernes 20 de Enero 2013. 

La dinámica es la siguiente: Piénsese en un conductor que por una falta de atención atropella a un peatón, y este sufre unas lesiones de consideración. La ley penal ordena la apertura de un proceso contra el conductor del vehículo debido a la existencia de lesiones personales. En la mayoría de los casos, el conductor está amparado por una póliza de seguro de automóviles que ofrece cobertura por daños a terceros y asesoría jurídica para atender el proceso correspondiente. Esta representación del conductor, como ocurre en realidad, será asumida por un abogado externo de la aseguradora y no uno de su confianza.

Abierta la investigación, de nuevo por mandato de la ley, el proceso penal pasa por una fase conciliatoria previa que acerca a las partes a discutir el resarcimiento de los perjuicios causados. En caso de producirse la indemnización integral de la víctima, el proceso penal culminaría, quedando el conductor liberado del tormento que implica atender un proceso de este tipo y la víctima, compensada en los perjuicios que le fueron causados con el accidente. Solución rápida, eficiente y justa.

El principal obstáculo que se opone a este panorama armónico en que podrían terminar la gran mayoría de los procesos penales que se adelantan por homicidio o lesiones personales culposas ocasionadas en accidentes de tránsito, surge de las condiciones que las aseguradoras imponen al tomador de la póliza y que desnaturaliza el rol de los sujetos procesales. No es una muletilla accidental que para hacer efectivo el amparo por responsabilidad civil extracontractual, la aseguradora exija una sentencia condenatoria ejecutoriada en contra del conductor asegurado.

Esta imposición, que puede aparentar la defensa de los intereses del conductor procesado, verdaderamente se opone a sus aspiraciones, y algo aún peor: se enfrenta al sentido para el que el sistema penal acusatorio fue concebido, pues buena parte de la salud de éste, depende de que al menos una tercera parte de los procesos ahí ventilados finalicen a través de alguna de las figuras de terminación anticipada que faculta la ley, como es la conciliación. Así es que la administración de justicia, como el conductor asegurado, e incluso, como la víctima del accidente, aspiran a la conciliación. La aseguradora, en cambio, supedita el desembolso del valor del amparo a lo opuesto: una sentencia condenatoria.

La experiencia ha demostrado que aunque no en todos los casos las aseguradoras rechazan el interés de conciliar, su estudio hace todo más engorroso: un comité analiza las circunstancias en que aconteció el accidente, mientras se suspende la audiencia de conciliación. Hecho el estudio, la aseguradora se pronunciará sobre si ofrece o no una suma de dinero, que en ningún caso equivale al tope del amparo de responsabilidad civil extracontractual, pues se está en fase conciliatoria. En este caso el obstáculo es que el que asiste a la audiencia de conciliación es solo un emisario y no un con potestad o vocación conciliatoria. Esto aplaza la audiencia, retrasa los términos, congela la continuación del proceso y distancia las aspiraciones de una justicia pronta, gracias al poder económico de una industria que se puede dar esa clase de lujos. Así, en una extraña desnaturalización de las cosas, víctima y victimario terminan suplicando por el mismo interés jurídico: el pago de la aseguradora.

Esta es solo una muy breve exposición de un panorama que aún pasa inadvertido por quienes tienen interlocución en el asunto y que amerita una franca discusión entre ellos, con miras a diseñar cambios estructurales, al menos en relación con el rol que los sujetos procesales cumplen dentro del proceso penal de este tipo. Su evidencia queda al descubierto pues hablamos del tercer delito más frecuente en los despachos judiciales y una de las fuentes de mortalidad más alta de los colombianos.

La mesa está servida