Ser adulto es la culminación de un horrible estado dentro del proceso de crecimiento del ser humano al que se accede de forma paulatina en fases progresivas, de modo tal que la llegada a cada una de estas etapas, es más dolorosa y miserable que la anterior.
Así,
a los 18 años se es jurídicamente adulto, lo que abarca entre otras, el acceso
a los casinos y el consumo libre de bebidas alcohólicas, pero detrás, trae
consigo consecuencias horrendas como la imputabilidad penal, la emancipación y
otros castigos terrenales. Es decir, el hombre contemporáneo al ser adulto, no solo
se puede dedicar a beber y a despilfarrar la plata en un frenesí de apuestas,
sino que también debe responder penalmente por sus hechos en una prisión común
y silvestre, y ya que también está en edad legal de independizarse de sus
padres, lo está en la obligación de tener que sudar con el lomo la plata que ha
de dilapidar en las cantinas, prenderías y peñas de apuestas. Si es que le da
por irse de la casa. Las reglas de ser adulto
Semejante
golpe a la inmadurez innata con la que nace y se reproduce el ser humano (por
que reproducirse es el acto de inmadurez por excelencia), es sólo el más tierno
de los porrazos. Luego van y vienen, de manera progresiva, otros cambios
habituales por ser adulto. El consumo de medicamentos, la aparición de canas,
la decoloración de los dientes, leer a Paulo Coelho, la intolerancia a la
lactosa, la acidez estomacal… todos por ser adulto
Al fin y al cabo, todos son sopetones de alguna forma tolerables. Inconscientemente
se busca en la esposa, la extensión de la figura de la madre, y a los hijos
y a los sobrinos se los malcriará como habría gustado ser malcriado, cosa que ya no se
puede por ostentar la condición de adulto. Y ya que madurar no es una opción,
sino una condena, con la adultez viene la mesura de ese hombre mundano, que
adquiere bienes y servicios, paga sus cuentas, aspira a tener un carro y ya
piensa en el nombre de sus hijos varones. La cosa es llevadera…
…hasta
que llega la DIAN y te cobra impuesto de renta.
Ese
día, marca un antes y un después del hombre contemporáneo. Ese día, se abre la
temporada hacia la intolerancia a los bebés, la alopecia y uno se convierte en un
ser repulsivo y cascarrabias. Ese día que la DIAN te cobra el impuesto de
renta, ese día ver las noticias sobre corrupción equivalen a un examen de próstata,
por que ahí sí, es la plata de uno, por la que uno se ha sabido quebrar el
culo, como adulto, la que el hampa se está pasando por la baranda.
La
parte perversa es que la DIAN interpreta el papel de Robin Hood hecho
institución, recoge la riqueza para redistribuirla entre todos con la
diferencia de que este remake hace parte de un engranaje institucional donde
todo sale mal: las calles se hunden y los edificios aledaños se inclinan; la
salud es una aspiración y las pensiones son una utopía; hay nueva troncal de
Transmilenio por la avenida el dorado, pero no llega hasta el aeropuerto sino
que la estación quedó 1km atrás. Y así…
El
próximo 30 de septiembre tendré que pagar sin excusa, el 10% de lo que tengo
ahorrado en mi cuenta de ahorros, por que soy adulto. Mientras junto la plata,
pienso en qué pude haber hecho con ella, ahora que se gastará subsidiando la
gasolina de algún Congresista, o en el próximo desfalco pensional. Pero como
soy adulto, y sé que no tengo alternativa, también tendré que trabajar más para
compensar el costo de ser ciudadano, únicamente con la siguiente
duda: si trabajo más, para ganar más, para pagar más, por ganar más. ¿Para qué
ganar más?
Ya
que hablaba del impuesto a la renta, ser adulto no es rentable.