Ahora
que sé que te vas
aprendí
a disfrutar la rutina
Te
la llevas.
La
santa devoción por la repetición
de
poder ver tus ojos grandes y tus pestañas largas.
Maravillado.
Idiotizado.
Como
si nunca los hubiera visto antes
de lunes
a lunes,
porque
no puedo dejar fijarme en cómo parpadeas,
y no
me quedan recuerdos de cómo lo haces.
No
basta el millón de veces que te he mirado.
Tengo
que volver a repetirlo
de
lunes a lunes.
Por
que mi placer es verte hacer cualquier cosa.
Mi
bendito placer.
Y
ahora que sé que te vas
tendré
que aprender a disfrutar la rutina antes de que te montes en un avión
la
nuestra,
la construída,
la
que aprendí a disfrutar.
Y te
vas,
sin
que nadie me certifique si es un ‘para siempre’
o si
es un ‘hasta pronto’,
sin
garantías
ni
cheques en blanco.
En
blanco solo me queda la mente.
Vacía
de
solo pensar que te vas
por
que ahora que sé que te vas
solo
queda esperar.
Reloj
y calendario en mano
Y un
manojo de nervios
entre
los dientes apretados.
Aterrorizado.
Y
detesto las sorpresas
Y esta
maldita sorpresa
de no
saber cómo irá a ser cuando te vayas.
Mi
cordura al azar
y jugar
al plan de no tener un plan.
Para
perder mis lunes contigo.
Mi
santa devoción por la rutina de ocupar el mismo espacio en el universo contigo
e
intercambiar los lados de la cama,
un día a la izquierda,
otro a la derecha
por que es mi lado
así sea tu cama.
Inventar
apodos cursis
porque
solo así mi vida tiene sentido
si
no es contándote los lunares
lo
más diminutos
no
creo tener otra idea
de
qué es la vida
Sino
es así. Contigo.