lunes, 2 de mayo de 2011

In memoriam

A la memoria de Carlos Eduardo Mejía (1954-2011)


Cuando me encontré con la mediocridad de las palabras y ya era demasiado tarde para renunciar al mandato de preparar este discurso, fue cuando acaté que también mi papá me echaría una mano con semejante reto. Fue cuando acudí a un poema que él nos escribió a Camilo y a mi para desatar la inspiración porque el fin de estas palabras no es otro que preordenar su recuerdo en la memoria y guardarle a él y a sus enseñanzas un campo que jamás envejece, al que no le pasa el tiempo.


Y él nos escribió esa vez:


“Cajita de música

cofre de sorpresas
globo, serpentina

loqueto que sudás a mares

que pateas balones en las noches y en el día

Sonrisa de cielo

Inocencia maliciosa,

Ojos color café clarito, caprichoso y consentido


Niño metido a grande

Que detestás las ridículas ideas de los mayores

Porque simplemente te parecen infantiles
"


Yo les diré, sin pretender siquiera producir una sola gota de júbilo como despertaban en uno sus palabras, que mi papá es la más parecida aparición de una sabiduría inagotable, él representará por los siglos el valor inmenso de la sencillez y la pausa. Cuando pienso en él se me viene a la mente un hombre sin enemigos y sin rivales, cuyos conocimientos eran un libro abierto que nunca se guardó, era un libro abierto que compartió, sin cobrar por las consultas, sin recelo a monopolizarlas, sin arrogancia para imponerlos. Conocimientos sobre la profesión, la humanidad, sobre la vida misma.


Y no solo aprendí yo, aprendimos todos los que lo rodeamos. Un profesor honorario de las tonterías de la vida, las más trascendentales y las más banales. Me enseñó la canción de John F. Kennedy, me enseñó a tomar un pousse café al final de las cenas, a no manejar carros ajenos, me enseñó quien era Jacques Brel y me enseñó a apreciar las letras de Joaquín Sabina. A respetar mayores, a escribir corto y a referirme a los jueces con sublime respeto. A mirar siempre a los ojos a quien se habla, a ser hermano fiel, a ser buen hijo y a dedicar serenatas.


Volvió a escribirnos en aquél poema:


Porque tú, con tu mayoría de edad de 9 añosen eso parecés la fotocopia de tu hermano;

preferís las ciclas y las muchachas de pantalla

gozás con el humor de los señores:

sabés adivinanzas y echás cuentos vulgares
y andás parejo con tu guía y tu modelo

ese, el mayor, tu héroe admirado

amigo del alma y enemigo en brusquedad,

ese mismo, al que siempre perdonás

ese, tu afecto, por quien siempre abogarás

tu llave y tu compa, casi púber

joven ya, si no fuese por su corta edad


Y pa, cuando me preguntes con tu voz pausada ¿Por quien doblan las campanas? Ya debes saber que suenan por ti. Y cuando veas ese destello de luz tibia que enceguece tu mirar, ya sabrás que partes a un mundo mejor al que pertenecen tu y tus ansias por hacer de los que te rodeamos algo mejor.


Y en adelante, al conjugarte serás tiempo presente perpetuo, y serás primera, segunda y tercera persona. Serás un verbo de inspiración, serás las ansias de perseguir la excelencia, serás un suspiro por la disciplina de ser un hombre mejor.


Y te recordaremos por eternidades incontables, y pensaré en ti en imágenes a color, y te extrañaré como la historia sólo ha extrañado a los grandes hombres por que solo supiste ser grande. Fuiste una idea, fuiste promesa, te convertiste en realidad y hoy eres mi mejor modelo.

Terminó escribiéndonos en ese papel:


Uno y otro

papeleta y ojos de mar

resorte y reflexión

estallido y creación

martillo y plastilina, cueva, nave, arquitectura

par de criaturas necesarias

sigan su tarea, persistan como sea

que vamos a copar el tiempo y los afectos

a base de risas, saltos y reyertas

inventando ideas, música y maquetas

sintiéndonos soldados, misioneros, presidentes

o personas simples, del común y del corriente

vamos a llenar las alcobas de alegría
y vamos a aprender que cuando llegue el día

de morir muramos

pero sin dejar de joder un solo instante

y haciendo de este asunto que llamamos vida

una perpetua y soberana algarabía"


Pa: serás para siempre un susurro del viento y te llevaremos por siempre, acá adentro, donde calaron tus besos sencillos. Como nos decías siempre, como me lo dirías una vez más, para este viaje que has emprendido: te mando un beso, el mío es un beso de hijo y de amigo fraterno. El beso tan grande y renovado, el beso de siempre. Tan grande que con solo uno basta.