En el último programa radial "Cinema W", Mario Alcalá, conductor del programa, entrevistó a Rubén Mendoza, director de la película "La sociedad del semáforo" buscando una aparente discusión e intercambio de opiniones sobre la más reciente obra del invitado. Lejos de una amigable controversia, Alcalá terminó enseñando su escarapela de periodista de W Radio y confrontó altanero y con grosería los pormenores de la película. Los oyentes terminaron atónitos y las críticas no se hicieron esperar.
Si bien el objetivo de esta columna no es cuestionar los pergaminos que reúne el señor Alcalá para reprochar la patanería que mostró a lo largo de la 'entrevista', lo cierto es que el programa que conduce no es precisamente un referente en materia de cine, y su nombre tampoco encarna verdaderas autoridades de la crítica especializada como ocurre por ejemplo con Mauricio Laurens -a quien respetuosamente le hicimos comentarios en "De críticas, broncas y caldos, en este espacio-
La ordinaria forma en que el señor Alcalá entrevistó a Rubén Mendoza, en el fondo descubre un problema crónico que viene cocinándose en los medios radiales colombianos. Parecería que en los programas de opinión como en el que trabaja Alcalá, se gesta una nueva escuela de periodismo que confunde la confrontación del entrevistado con fines investigativos, con un arrinconamiento en vivo, en el que el 'invitado' no tiene derecho a réplica y que cada vez que quiere infirmar algo, es bruscamente interrumpido.
La audiencia espera que estos medios informen, investiguen y pongan al descubierto ciertas evidencias que han pasado por alto las autoridades, en aquellos casos de investigación periodística y generen opinión a conciencia en casos menos trascendentales. Pero lo anterior no exime al periodista del respeto y las buenas maneras con el entrevistado, bien sea el gestor de una política de gobierno corrupta disfrazada en subsidios agrónomos para los pobres, bien sea el director de cine de una película abucheada, bien sea Carlos Calero, bien sea Ingrid Betancourt y su libro.
No podría ser otro el desenlace, si finalmente quienes están detrás del micrófono, son jóvenes autócratas, acomplejados, sin trayectoria, abrumados por la popularidad y el poder que concentran los medios de comunicación con credibilidad, que a diferencia de los poderes públicos, no están sometidos a contrapesos ni controles efectivos. Según parece su única regulación yace en el raiting.
De ahí que los oyentes deberíamos cuestionarnos más el contenido de estos programas, que parecen cantar verdades absolutas, lapidando al 'invitado' ante la exposición al público sin que haya igualdad de armas. Es bueno mencionar que no todas las confrontaciones de la investigación periodística han sido exitosas o tienen buen recaudo. Recordemos muchos inocentes que también han sido descabezados, sin derecho a la réplica o al silencio. Los medios de comunicación también persiguen provechos particulares y son sociedades con ánimo de lucro, sujetas al vaivén de los intereses, políticos, económicos y sociales. O ¿quien niega que los juicios paralelos que aquí se adelantan no han justificando alguna vez un provecho individual que desvía el fin de informar veraz e imparcialmente?
Prácticas como ésta de adelantar juicios paralelos en los medios y el oficio de las oficinas de cobro al servicio del narcotráfico o el paramilitarismo, a pesar de las infinitas diferencias, cargan una peligrosa herencia común: son formas de hacer justicia por propia cuenta y como siempre pasa, el método termina pecando por cuenta de los excesos.
Si bien el objetivo de esta columna no es cuestionar los pergaminos que reúne el señor Alcalá para reprochar la patanería que mostró a lo largo de la 'entrevista', lo cierto es que el programa que conduce no es precisamente un referente en materia de cine, y su nombre tampoco encarna verdaderas autoridades de la crítica especializada como ocurre por ejemplo con Mauricio Laurens -a quien respetuosamente le hicimos comentarios en "De críticas, broncas y caldos, en este espacio-
La ordinaria forma en que el señor Alcalá entrevistó a Rubén Mendoza, en el fondo descubre un problema crónico que viene cocinándose en los medios radiales colombianos. Parecería que en los programas de opinión como en el que trabaja Alcalá, se gesta una nueva escuela de periodismo que confunde la confrontación del entrevistado con fines investigativos, con un arrinconamiento en vivo, en el que el 'invitado' no tiene derecho a réplica y que cada vez que quiere infirmar algo, es bruscamente interrumpido.
La audiencia espera que estos medios informen, investiguen y pongan al descubierto ciertas evidencias que han pasado por alto las autoridades, en aquellos casos de investigación periodística y generen opinión a conciencia en casos menos trascendentales. Pero lo anterior no exime al periodista del respeto y las buenas maneras con el entrevistado, bien sea el gestor de una política de gobierno corrupta disfrazada en subsidios agrónomos para los pobres, bien sea el director de cine de una película abucheada, bien sea Carlos Calero, bien sea Ingrid Betancourt y su libro.
No podría ser otro el desenlace, si finalmente quienes están detrás del micrófono, son jóvenes autócratas, acomplejados, sin trayectoria, abrumados por la popularidad y el poder que concentran los medios de comunicación con credibilidad, que a diferencia de los poderes públicos, no están sometidos a contrapesos ni controles efectivos. Según parece su única regulación yace en el raiting.
De ahí que los oyentes deberíamos cuestionarnos más el contenido de estos programas, que parecen cantar verdades absolutas, lapidando al 'invitado' ante la exposición al público sin que haya igualdad de armas. Es bueno mencionar que no todas las confrontaciones de la investigación periodística han sido exitosas o tienen buen recaudo. Recordemos muchos inocentes que también han sido descabezados, sin derecho a la réplica o al silencio. Los medios de comunicación también persiguen provechos particulares y son sociedades con ánimo de lucro, sujetas al vaivén de los intereses, políticos, económicos y sociales. O ¿quien niega que los juicios paralelos que aquí se adelantan no han justificando alguna vez un provecho individual que desvía el fin de informar veraz e imparcialmente?
Prácticas como ésta de adelantar juicios paralelos en los medios y el oficio de las oficinas de cobro al servicio del narcotráfico o el paramilitarismo, a pesar de las infinitas diferencias, cargan una peligrosa herencia común: son formas de hacer justicia por propia cuenta y como siempre pasa, el método termina pecando por cuenta de los excesos.